“9”, de Marc Godayol

Bajo el lema “aprender a percibir es deformar tu realidad” (de hecho consta como antesala del libro propiamente dicho junto a la sentida dedicatoria “para mi padre que nunca me abandonará” amén del índice de rigor con las titulaciones individuales), el autor (a quien un humilde servidor conoció a raíz de su anterior obra de carácter futurista con tintes distópicos Naisiak también reseñada en Cementerio de Noticias merced a su enorme generosidad al enviar un ejemplar a tal efecto) invita a adentrarse en la historia que reside tras los lúgubres e intensos párrafos facilitando ciertas herramientas para consumar tan loable e impopular cometido; en el prólogo se advierte sobre la importancia de disfrutar la experiencia como un conjunto paulatinamente desvelado en detrimento de la exención de las clásicas connotaciones conformistas que limitan las siempre atractivas dobles lecturas a base de cruento detallismo e inmersiva sugestión, resultando una especie de rompecabezas en el que cada pieza brindada en el truculento e inaudito viaje propuesto cobra sentido solamente cuando se dispone del resto implorando un pensamiento lateral que desde luego no todo el mundo es capaz de asumir habitualmente a causa del mayúsculo desgaste mental que implica dicho descenso hacia lo más perturbador.




Los títulos de los relatos (“El desvanecer de Alan Krein”, “Cuando se pudra”, “Un alimento extrañamente familiar”, “La caja de música”, “Mi obra, mi esposa”, “¡Rasque, doctor!”, “Joya dorada”, “Donde no queda esperanza” y “9”) sirven de premeditados spoilers adelantando las temáticas, con un cierre (por tildarlo de manera costumbrista) que rinde tributo al thriller porn grotesque noir body horror (género multidisciplinar que merece patentarse); las frases célebres de Edgar Allan Poe (“todo lo que vemos o perecemos no es sino un sueño dentro de un sueño”), Stephen King (“los monstruos son reales y los fantasmas también... viven dentro de nosotros y a veces ganan”), Yasutaka Tsutsui (“cuando el mundo cambia de reglas la locura deja de ser opcional”), Ango Sakaguchi (“el ser humano es más honesto cuando está roto”), Emil Cioran (“el hombre es un animal que se acostumbró al sufrimiento”), Joan Perucho (“la transformación es solo una forma educada de desaparecer”), Herberto Helder (“el cuerpo aprende a ser devorado cuando ya no sabe alimentarse”), Osvaldo Lamborghini (“toda ceremonia es una forma de guerra contenida”) y Adolfo Bioy Casares (“toda experiencia es una forma de construcción artificial del mundo”) acompañan a cada uno, presentándolos con sumo tino e inteligencia.




La maldición (o justicia divina) de un aclamado empresario caído en el olvido critica ferozmente el interés social, la esclavitud (en esencia autoimpuesta) de una influencer a la deriva se postula como valioso análisis privativo, la dieta (no precisamente elegida) de dos hermanos enfatizando la importancia de los nutrientes se convierte en una sátira sobre el cambio climático, la monotonía (entendida como complaciente felicidad) de un economista denota la aceptada negación al paso del tiempo en virtud de la comodidad, la mudanza (leyenda mediante) de un clan pondera el sentimiento de pertenencia del folklore rural, una negligencia (o trastorno mal diagnosticado) de un paciente caricaturiza el descuido clínico mundial, la tienda (los souvenirs jamás tuvieron tanto poder simbólico) de una dependienta con grandes cargas familiares evidencia el regreso del trato hacia el prójimo, la boda (repleta de casticismos) de una pareja oculta la turbia misión de un mad doctor como paradoja de redención y una cuenta progresiva (o regresión inversa) de un científico en proceso de transformación genética pone de manifiesto el peligro de los (des)vínculos emocionales; así versan (resumiéndolos al máximo) el abanico de tramas, similares a cortometrajes antológicos de alto valor argumental.




Careciendo de cortes reales (pese a parecer lo contrario) que impidan reorganizar el cúmulo de ideas expuestas declinando imponer cómo con un eje recurrente e insinuante (por supuesto se omiten aquí para evitar prematuras e indeseables revelaciones), la densidad textual (el número de palabras es directamente proporcional a la contundencia que albergan) se torna liviana por el lenguaje empleado (con decenas de mensajes existenciales intrínsecos) tan provocador como estremecedor alejándose de correccionalismos típicos en este tipo de trabajos literarios al circunscribirse en un ámbito poco comercial dirigido al público que anhela nuevas emociones; la estructura subyacente que se oculta tras la volátil e impredecible narrativa obedece al firme objetivo de mantener la tensión en prácticamente la totalidad de la travesía a partir de crónicas de escueta extensión pero grandilocuente profundidad, con identidades perfectamente diferenciables entre sí aunque idéntica aura de misterio ávida de descubrirse plenamente a medida que se avanza hasta desembocar en un selectivo desenlace que no dejará indiferente a nadie llegando a dejar secuelas psicológicas en aquellos osados que por desgracia pequen de estómago sensible al remover mucho más que conciencias.




Con una acentuada filia (o fobia) hacia los contextos desagradables (las recreaciones de descomposiciones corporales son tan recurrentes que llegan a ser redundantes), la escenografía internacional repartida por el globo terráqueo (los territorios argentino, catalán, nipón, portugués, rumano e inglés restan maravillosamente plasmados con sutiles referencias a sus costumbres regionales) consiguen la universalidad flirteando con la censura (los menos permisivos en este aspecto colapsarán al comprobar cuán perversa es la prosa aquí predominante); la sensación después de terminar los segmentos (se antoja muy recomendable sino obligatorio proceder varias veces en aras de captar cuantos matices sea posible) es la de avistar que casi con seguridad existe un nexo común invisible entre todos ellos que ejerce de maestro de ceremonias contemplando con ansia desde el anonimato, una especie de hilo conductor que actúa como omnipresente mandato imperante obviando la necesidad de aludirse explícitamente extrayendo cada cual sus propias conclusiones sobre el mismo aplicando los conceptos vertidos desde prismas complementarios congratulando soberanamente a la postre aconsejando la adquisición para deleitarse hasta alcanzar el éxtasis.




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Daniel Espinosa, a fecha 28 de junio del 2026