- Apocalipsis porcina 19-01-2026 13:00 (UTC)
   
 

              “Apocalipsis porcina”, de Alejandro Álvarez Espiño



Muchos (sin duda demasiados) han sido l@s autor@s que han tratado (o más aprovechado de él) el tema del apocalipsis zombie (oséase en torno a una infección humana) como premisa o eje central, pero nunca (o al menos un servidor no es consciente de ello) desde el prisma porcino declinando héroes de perfil común (en realidad de cualquier clase al rehuir de canónicas consignas al respecto); ha sido A.A.Espiño (al que el equipo de Cementerio de Noticias agradece infinitamente su generosidad brindado un ejemplar para elaborar la presente reseña) quien lo ha hecho, dotando a la obra de un frenetismo tal que es imposible detenerse a lo largo de los veinte capítulos (más el escueto pero excelso epílogo en virtud de la autoconclusión deseada) que la forman en aras de saber cómo continúa hasta terminarla en gran medida por las grotescas e intencionadas descripciones (amén de las propias tesituras) alejadas de correctismos populares que invitan a concebirlas mentalmente cual imágenes netas gráficamente ilustradas.

                                  
Cabe destacar de antemano el detallismo a la hora de proporcionar la citada copia a esta humilde web al no tener parangón (llavero, marcapáginas, pegatinas, posavasos... todo ello en un sobre de papel asimismo customizado para la ocasión advirtiendo del peligro que contiene con una la típica señal de Biohazard), denotando desde ese aspecto el entusiasmo con el que afronta tamaño proyecto; que nadie caiga en el equívoco de pensar que el carácter independiente perjudica un ápice la novela (cuya esencia alberga la suficiente entidad propia como para expandir el lore con más títulos), pues de hecho se traduce en lo contrario al abundar las lindezas de cosecha (vocablo nunca mejor traído a colación atendiendo al tono rupestre que rezuma cada hoja) propia distanciadas de los aborrecibles e inertes directrices preestablecidas normalizando controversias los prejuicios hacia quienes padecen Síndrome de Down u otras afectaciones de equiparable diagnóstico para eliminar tabúes con emotividad e ingenio.
                                  
La historia sigue la odisea de un hombre conquense (concretamente de un pequeño pueblo que representa la denominada España vaciada mencionándose expresamente además de Castilla La-Mancha otras zonas como Bilbao, Extremadura o Torrejón en la funesta marcha hacia una ciudad creída segura) que de la noche a la mañana (casi literalmente) se ve inmerso en un horrible panorama de decadencia e inmundicia a causa de unos cerdombis (épico término insignia que se acuña como si estuviera patentado oficialmente al igual que el de humanívoros) que asolan la faz de la Tierra, una especie de marranos coléricos a causa de una peste (o parásito cerebral) creada cómo no a propósito para sembrar el caos; en el arduo camino hacia la salvación (tipo road movie) conocerá a multitud de enemigos (incluido un final boss que hiela la sangre) dispuestos a impedírselo pero también con fieles aliados, comprobando cómo hasta en situaciones límite que flirtean con la anarquía la bondad aflora entre los corazones más puros.
                                  
Los segmentos (siempre bajo la perspectiva del testimonio clave que los justifica con reflexivas e idóneas lagunas espacio-temporales) dividen la ultracomprimida e intensa acción (apenas se conceden momentos de respiro para contextualizar debidamente lo narrado) para tornarla fácilmente digerible, manteniendo los bandos políticos e idealistas que tanta problemática suscitan como telón de fondo; cabe comentar como puntos negativos (adoptando una postura severa e indolente) la reiteración de varios recursos (conjugaciones erróneas, expresiones malsonantes, paralelismos metafóricos...), derivando no obstante de la ansiosa convicción (o devoción) del artífice para plasmar su loable particular visión del fin del mundo con un protagonista que se vale de su cuchillo filetero como única e indiscutible arma mortal (obviando las secundarias como destornilladores de estrella, hachuelas de caza, llaves inglesas o revólveres de defensa que son pasajeras) junto a un cuaderno en el que ir anotando (sin filtros) lo que le sucede.
                                  
El abanico de caricaturescos personajes (el matarife Juan, el cuñado Paco, el primo Manolo, el reponedor Pablo, la veterinaria Adela, los policías Bigotes y Fernández, la alcaldesa Teresa, el concejal Martínez, el friki Iker, el anciano José, el can Caramelo, el guiri Rasta, la líder Luna, la intermediaria Maite, el maleante Marcos el Pelao... e inidentificados como el presentador, la madre, la hermana, el padre, el jefe, los moteros, los vecinos, los funcionarios, los hippies, los vigilantes, el ministro, los antropófagos... en sendas secuencias de aparición) logra que el consumidor se sienta empatía, tal vez no textualmente pero sí metafóricamente al conocer de buen seguro a alguien que se asemeja perfecta e inquietantemente a ellos; urdiendo una feroz crítica social (en especial en el ámbito medioambiental con los animales cobrándose su merecida venganza tras milenios de ejercer inocentes víctimas habituales), el encubrimiento de mero entretenimiento sutil e inteligentemente funciona a las mil maravillas.
                                  
Los múltiples lugares (como aeródromos, aldeas, almacenes, ayuntamientos, azoteas, bares, bodegas, bosques, cabañas, calabozos, calles, campamentos, campos, carnicerías, carreteas, catedrales, chabolas, chalés, cobertizos, comisarias, consistorios, corrales, edificios, embalses, embarcaderos, explotaciones, frutales, garajes, gasolineras, huertos, islotes, laboratorios, mataderos, mercados, montes, platós, plazas, portales, refugios, ríos, sótanos, supermercados, tabernas, talleres, terrazas, tiendas, transbordadores... en riguroso orden alfabético) glorifican la velada, dinamizándola pese a su de por sí ágil e interesante estructuración; la retahíla de soluciones a las circunstancias expuestas en ellos (como el antídoto modificado genéticamente que no se indicará para preservar el factor sorpresa) despierta tanta admiración como sonrisas, abanderando un provecho mercantil que dinamita el ecologista (como por desgracia acontece asiduamente en la vida) con macabros positivismos para el respetable.
                                  
Prima el humor absurdo (negro como el carbón valga añadir) casando con el drama existencial (predomina más allá del obvio que es el suspense con pinceladas de gore), unión de la cual nacen hilarantes ocurrencias (“hasta en el apocalipsis buscaban la forma de entregar el paquete tarde” al encontrar un furgón de Seur bloqueando un cruce, “eres como John Wick pero en bruto” al desatarse cierta furia irracional, “la economía no tenía mucho sentido en un mundo donde la moneda de cambio eran las latas de hacendado” al referenciar la comida de marca blanca Mercadona en tan hostil escenario...); también tienen cabida las frases concienciadoras (“esto es un suicidio nacional” al valorar el sacrificio total de gorrinos en relación al negocio del jamón, “la solidaridad exige sacrificio” al atisbar una nueva esperanza, “es una pena que tuviera que venir hasta el fin del mundo para serle útil a alguien” al tributar a gente con discapacidades intelectuales...), completando así este justo homenaje al derroche de sarcasmo e ironía.
                                  
Por último es menester ensalzar la figura del responsable (con un confeso gusto por los relatos que hacen temer a aquello que puede aguardar debajo de la cama cultivando el género del terror así como el de ciencia ficción), quien decidió publicar su producción literaria merced al apoyo de sus lectores en las plataformas eligiendo a tal efecto la editorial Bubok Publishing; el resultado se antoja genial para una carta de presentación (no lo parece en absoluto por la determinación latente en cuantiosos fragmentos abordados con maestría siendo dignos de alabar hasta la saciedad) a modo de thriller con poderosos e infrecuentes tintes rurales con reminiscencias a Mad Max, conviniendo (además de por supuesto adquirir el libro) seguirlo (muy) de cerca para disfrutar de sus próximos trabajos (desde luego se le augura un futuro próspero como pocos) después de sobrevivir (o no... ¡oink oink!... o como se onomatopeya aquí... ¡skrieeh!) al ansia caníbal de los amenazadores puercos  (bastante diferentes a los de ahora) forjados.

                                  

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Daniel Espinosa, a fecha 07 de enero del 2026

 
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