- Tierras futuras I: Anagénesis 20-08-2018 04:31 (UTC)
   
 

              “Tierras futuras I: Anagénesis”, de Fermín Moreno



                                   



Como bien se especifica en el prólogo (el primero de Juan Laguna, pues poco después se encuentra un segundo de Enrique Anaya) el tomo que ocupa supone, con la intención de hacer volar la imaginación de los lectores, la inauguración de la Colección Ícaro de la editorial Tusitala (sujeta a la dificultad de dar a conocer iniciativas a principios de siglo y al riesgo de naufragio por sobreinformación a día de hoy) a través de un breve y exitoso mecenazgo (financiación consistente en microaportaciones dispares de particulares y empresas en un tiempo determinado) correspondido por los nada menos que treinta nueve inversores (no dejan de ser eso) figurantes en el apartado de agradecimientos (como reconocimiento y gratitud); el objetivo supuso una recaudación total de cuatrocientos setenta y siete euros al tiempo que contribuir a que, según palabras textuales, “después de haber plantado la semilla el árbol no solo sea grande y venerable sino que guarde en su sabia la magia necesaria para seguir alumbrando nuevas ramas que, sin duda, cuajarán en frutos”, consecuentes declaraciones.

La mente pensante (y la mano ejecutora) no es otra que la de Fermín Moreno, cuya escritura denota un gran conocimiento de la lengua, un envidiable sentido del ritmo y una capacidad de condensación particularmente loable (aquí escuetas ciento nueve secciones, que no hojas, convenientemente numeradas para firmar un trabajo tan trepidante en su desarrollo como exquisito en su prosa); su proceder resulta vívido cuando aborda la fantasía e implacable cuando se dedica al terror como demostrara, por ejemplificar su buen hacer, en la atracción “Circo de los monstruos” realizada para “En la feria tenebrosa” que acabó publicándose bajo el sello de Saco de huesos.

Tras la dedicatoria de rigor (“a mi abuelo Fermín, de quien he heredado el nombre y al mejor padre, y a mi tía Aurora, que quería salir en un libro mío y es lo menos que le debo”) y una introducción en la que se pone de manifiesto la pretensión del responsable de plantear un entorno primario próximo a obras como “El planeta de los simios” o “La máquina del tiempo”, sin concesiones ni dilaciones, comienza el incierto devenir de una fábula en la que se pueden llegar a encarnar hasta tres protagonistas (un njare, un siervo y una humana, cada uno con sus propias creencias y metas); durante los capítulos que abarca la autodidacta odisea se podrá descubrir qué destino depara el lector (al fin y al cabo así es) a cada cual en un planeta que ha vuelto casi por completo al estadio anterior a la civilización para que extrañas bestias ronden al acecho de las varias especies en las que se ha escindido el homo sapiens para no solo discutir sino arrebatar la posesión del planeta al bando terrícola en virtud de ancestrales razas alienígenas.

Cabe destacar de entre tanta novedad dialéctica el fascinante glosario adjuntado poco antes de concluir el volumen, contenedor de términos tan originales como “bilan-batang”, “cnegho”, “durián”, “fahmorg”, “hombrego”, “laghombrego”, “mihr-yeolt”, “n’garai”, “naryhama”, “nu-oaminj”, “omnjare”, “razmaa’t”, “saa’nsat”, “uluwa”, “urquat”, “xiotl”, “yermu”, “yethlireón”, “zargoz” y “zarotl”, posibles de hallar a lo largo de esta formidable ficción interactiva; con tintes postapocalípticos e infinidad de reminiscencias, tanto literarias (las ya citadas y muchas más) como cinéfilas (las respectivas adaptaciones de las anteriores, sin ir más lejos), se ofrece un abanico de conceptos doctrinales que, de hacerse justicia, pasarán a la posteridad (al menos para quienes sean lo suficientemente afortunados como para poder conocer su comercio).

Para algunos el librojuego se traducirá en un nostálgico viaje al pasado (según la edad de cada cual se remontará a más o menos años) y para todos, amén de ofrecer una aventura tremendamente adictiva, recordará en su puesta en escena a aquellas tardes de novelas tornadas distintas según las elecciones que se fueran efectuando, cambiando radicalmente el devenir por mínima que fuera la alteración decisoria (aquí se retoma tan didáctico progreso y se eleva a la enésima potencia); por aquel entonces un servidor afrontaba los poco exigentes (o cuanto menos asó los concebía) estudios previos a la educación secundaria obligatoria compaginándolos con muy clandestinas (la etapa no permitía según qué cosas) reuniones de índole puramente lúdica (las tardes de vicio extremo traveseando con la clásica Play station junto a un amigo superando al villano final del mítico Resident evil 3 previo consejo de un tercero) y el presente transporte ha suscitado tanto interés prematuro como alegría posterior.

Tal vez el análisis se haya tornado en anterior párrafo en poco menos que un ejercicio introspectivo, pero la objetividad que la ocasión implora no invita a catalogaciones ni críticas más allá de las vertidas (que no son pocas) porque, de hecho, no las hay (o, al menos, desde una vertiente negativa), debiendo aconsejar la adquisición de un ejemplar para disfrutar como, de buen seguro, no se logra hace tiempo, posibilitando los múltiples e inesperados desenlaces (treinta y ocho para ser exactos) muchas horas de regocijo (que nadie se desespere si la muerte le encuentra prontamente porque es lo más previsible e incluso aconsejable en aras de profundizar en las intrahistorias); poco más cabe añadir salvo enfatizar la eterna gratitud a Fermín Moreno, la enésima muestra de afecto en sintonía con la enorme gentileza mostrada hacia este espacio, Cementerio de noticias (www.cementeriodenoticias.es.tl), al haber sido él el encargado de hacer llegar una copia del compendio que ocupa a estas aficionadas pero hábiles manos que han repasado la lápida que se cavara a propósito de la imperdible propuesta titulada “Nivahnvyr: Arcanos y leyendas” (el análisis se puede consultar en la oportuna sección el blog) para asegurar su intacta integridad y mantener en las mejores condiciones (a base de actualizaciones colaborativas) la parcela del cementerio desde el que se ha vuelto ha escribir la presente crónica.

Daniel Espinosa

 
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