“Sabor a sangre”, de Lorena Kotokino
Con la tenaz e inquietante advertencia (aunque se indica expresamente que no existe ninguna ni tampoco refugios seguros) “puede que creas que vas a leer simples relatos... no lo son...”, empieza la sinopsis oficial de Sabor a sangre, siguiendo con una síntesis aquí omitida para no revelar excesivos detalles prematuramente al desarrollarse más profundamente a continuación; a lo largo de diez relatos oscuros de Japón y Corea (en cursiva las palabras que acompañan al título para completarlo) en una extensión de noventa hojas a doble cara, Lorena Kotokino capta la esencia de otras tantas vertientes del terror (en última instancia es el hilo conductor) para remover algo más que conciencias.
La minimalista portada (aunando magistralmente en una única imagen la narrativa coral propuesta) contrarresta con la compleja (por no sentenciar censurable para quienes tengas el estómago tan sensible como la mentalidad) intríngulis de los autoconclusivos segmentos, los cuales invitan a reflexionar sobre la aplicación subjetiva de las mismas (“tal vez reconozcas algo de ti en quienes cruzan estas historias”); tras el elegante (tanto como el envoltorio de envío del paquete recibido junto a un útil marcapáginas con el espeluznante lema “este ojo parpadea sólo cuando tú no miras” así como una customizada tarjeta de presentación de autoría) índice, las tramas empiezan sin dilaciones.
En Sabor a sangre el pequeño Soajin posee el don (o maldición) de asomarse a ventanas al pasado cuando practica la geofagia (término técnico atribuido a la acción de comer tierra o sustancias arcillosas) percibiendo las sensaciones acumuladas del lugar en cuestión, pero ve cómo todo muta radicalmente al mudarse a un nuevo hogar en el que las visiones cobran más vida que nunca; los recuerdos enterrados (literalmente) como eje angular surte el efecto deseado contundente e instantemente, pese a que el giro de guión próximo al desenlace confunde la dualidad posesión - venganza al precipitarse de manera injustificada contra inocentes reprimiendo las vías e ideologías lógicas.
En Regalo de cumpleaños la joven Minami (o Haruka) solo encuentra alegría ante la desidia que la carcome evadiéndose tecnológicamente en una futurista simulación (con una equivalencia de un año por cada minuto de conexión), pero al sufrir el cero coma dos por ciento de probabilidades negativas del rutinario ejercicio al que se somete lejos de hallar tranquilidad genera desesperación e impotencia en el entorno que la rodea; el tono distópico al estilo Black mirror consigue encandilar, con un neurovisor (asumiéndose como la evolución natural de las gafas VR) que simboliza la obsesión cibernética que impera cual (in)comprendida enfermedad sin cura en la sociedad contemporánea.
En ¿Te gustan los puzles? la afable Yumi acude a una tercera cita con la esperanza de consumar el amor (o al menos compañía de alcoba) accediendo a ir a casa ajena que esconde a buen recaudo un perturbador secreto, revelándose en un entorno en el que el quinto arte (la pintura) de tétrico género abunda al suscitar un recelo que se fundamenta con un sádico e improvisado examen de anatomía; el enfoque tórrido deja paso a una especie de home invasion a la inversa bastante convincente, con tintes de snuff movie (así como reminiscencias a Saw en una versión con desagradable e incómoda necrofagia) en combinación con elementos típicos de un escape room.
En Cucaracha el preadolescente Sam Chun absorbe los comportamientos denigrantes de compañeros (o profesores de forma pasiva) como el débil que le consideran (entendiendo como tal los maldenominados frikis), padeciendo humillaciones constantes hasta que determinados insectos se alían con él abanderando su dantesca vendetta hacia aquellos notorios (no por mérito propio sino genético o paterno) ajusticiándolos; la alusión directa al bullying escolar (por acciones activas u omisivas) para denunciarlo como debe se antoja plausible, como en uno de los capítulos de la serie televisiva Pesadillas en un contexto poético con innecesarias lagunas.
En Akaragoshi la bebé Izumi goza de la (sobre)protección paternal fruto de la sugestión (o intuición) pseudoracional con una pulsera roja como amuleto de protección (o mejor expresado contención) adquirida en un santuario cercano, completando el ciclo cuando se atreve a desprenderse de ella en su edad adulta padeciendo las terribles consecuencias; la sensitiva advertencia de los infantes convirtiéndose en catalizadores de fuerzas incorpóreas siempre despierta curiosidad, mas la aproximación a la exitosa franquicia de cine Paranormal activity con el folklore de los yôkais (duendes enanoides de insidiosas intenciones) como amenazante e inmersivo telón de fondo lo glorifica.
En Podrida la obsesiva Yuriko sufre un aparente olor propio intensa e indescriptiblemente nauseabundo que no desaparece por más remedios virales (fehacientemente corroborados) que intenta, haciendo caso omiso a quienes aseguran que es solo una impresión suya tras probar decenas de dichos consejos hasta tomar una decisión definitiva pero temeraria modificando el pensamiento derrotista por otro elitista (ambos erróneos huelga añadir); el agobio de pestilencia permanente (desprendiendo un fétido hedor como vil fragancia) contrasta con cierto trastorno mental según el cual la inmortalidad se apodera del sujeto, congratulando mucho tan extravagante (re)formulación de ocurrencias.
En El zoo de las especies la sanitara Yuna (o hh6) regresa en sí aletargada desconociendo qué la ha llevado a una séptica sala siendo exhibida como se de una atracción de feria (en la que lo importante es la diversidad anatómica) se tratase, asimilando su servicial rol para claudicar ante la inquisición e indiscriminación de terceros; la sombra de la célebre Expediente X (atisbándose también la de V) es alargada, homenajeándola con tino al tiempo que se critica severamente la arrogancia e irresponsabilidad de la raza humana para con el planeta que habita (entre los recogidos) destruyéndolo con un potente mensaje animalista al alterarse con facundia el prisma situacional convencional.

En Norowareta Kodoma la paciente Keiko está en un titánico esfuerzo del longevo parto de su tercer hijo (con ostensibles malformaciones) en la minta (hogar tradicional rural fabricado con madera de zonas agrícolas), pero el nacimiento trae tras de sí un presagio tan adverso que provoca un cruel destierro contratando una itako (médium) que traza una estrategia de sacrificio como remedio a instancias del shôya (cabeza del pueblo); el repudio por temas físicos sazonado con vocablos que sumergen en el panorama (sin discusión el fragmento que más alberga) prejuzgando a los que los tienen es tan deleznable como habitual, sumando la superstición a la ecuación para convencer.

En Empleado del mes el .
En Juguemos a Kokkuri-San el atrevido Sato dirige la sesión grupal de un peligroso juego (basado en una leyenda popular que se remonta a ancestrales fechas acopiando nefastas experiencias) en el que se invoca a un malévolo espíritu, desvelándose secretos e infidelidades entre los integrantes originando despiadadas e insalvables discrepancias; las evocaciones a Ouja restan latentes (en este particular un tablero con kanjis con una puerta tori empleando una moneda como intercambio dialéctico), compartiendo reglamento no tácito igualmente la solemne autoridad de la entidad con la que contactar para beneplácito del entretenimiento (ultra)blasfemos clásico.

A los mencionados protagonistas les acompaña un largo listado de secundarios (Choon-Hee, Soomin, Kota, Shizuka, Shintaro, Sasaki, Fumiko, Minoru, Aiko, Hayami, Sakura, Kaito, Rika, Azumi, Toya, Seo-Jun, Choi, Yuong mi, Ye-Jun, Yong-su, Min-Ki, Hae-Won, Queen, Yuna, López, Akane, Hiroshi, Momo, Kuromi, Sayami, Sirmik, Emily, Cloadix,
Rika, Kazuki, Haruna, Izamiya), en riguroso orden alfabético al carecer de trascendencia argumental prácticamente la totalidad al dotarles de escasa profundidad; las conjugaciones erradas o las tildes descuidadas dificultan levemente la comprensión lectora, aunque se sitúa en un plano anecdótico al congratular globalmente con un sencillo pero efectivo lenguaje.
Con constantes tributos a la cultura nipona (derivada del país del sol naciente adaptada fonéticamente de rì běn por comerciantes) para permitir viajar a distancia a ella (al menos fugazmente) el regocijo es enorme, con una ágil exposición de los acontecimientos que a nadie debe extrañar si alguien resta atrapado en el universo paralelo (re)creado porque “una vez entras no todo vuelve a salir contigo”; atrayendo e impactando sin recurrir a escenografías explícitamente macabras (se aluden pero soslayando gratuitos pormenores), el abandono (e incluso la pausa) resulta quimérica (“si sigues leyendo ya es demasiado tarde”) estando la satisfacción plenamente garantizada.
Daniel Espinosa, a fecha 07 de marzo del 2026