“Naisiak”, de Marc Godayol

“El Nexiliun (un artefacto hallado durante la Gran Guerra Revolucionaria) prometía transformar el mundo... nadie imaginó su verdadero alcance hasta que sueños y voces comenzaros a perseguir a sus elegidos...”, así versa el inicio de la sinopsis de Naisiak (el resto se obvia aquí para evitar redundancias ya que se desarrollará más a continuación); el título obedece a la metrópoli en la que acontecen los sucesos, un lugar ubicado en un futuro próximo (concretamente el año dos mil ciento quince) de índole distópica (o no tanto al justificarse con el triunfo del progreso) en el que restricciones e imposiciones se aúnan en pleno conflicto entre especies (numerosas e inverosímiles) amenazando con derivar en una catástrofe de dimensiones cósmicas.

Los capítulos (treinta y tres en total) de corta extensión (pero gran impacto) facilitan la digestión del contenido que el artífice depara combinando elementos clásicos del género con novedosos de cosecha propia con la pérdida de identidad como eje central (cubriéndola de capas para enmascarar la esencia de cada cual), brindando cuantiosas frases lapidarias (“nunca se aprende de lo que realmente perdura”, “la esperanza es solo otra forma de mentir”, “nadie vuelve de donde no hay retorno”, “todo lo limpio acaba sucio”, “el tiempo ofrece esperanza incluso cuando ya no queda”...); la trama (narrada a través de archivos, cartas, códigos, confesiones, diarios, hermandades, notas, recuerdos o sueños) encandila, rehuyendo (o más bien moldeando) de estereotipos.

Cabe advertir que para asimilar correctamente los conceptos es menester ir consultando el excepcional e interesante glosario adjunto como material póstumo, pues alguna terminología (sobre todo la relacionada con el campo facultativo) requiere nociones básicas ya adquiridas o en su defecto en dicho apartado congregadas; dicho lore alberga ochenta y siete palabras (o nomenclaturas), con reminiscencias a grandes producciones (Blade runner, El quinto elemento, La cosa e Indiana Jones por citar las más inmediatas) pudiendo urdirse una playlist con temas (“The day I to live” de Soundgarden o “Stormbringer” de Deep purple al mencionarse expresamente) para sumergirse más en la profundidad e intensidad en su apoteósico e incipiente devenir.

A la dupla protagonista (el programador Daniel con la doctora Eunji) la secunda un amplio elenco (Adriana la ciborg, Dara la profesora, Disly el robot, Emilia la máquina, Erasme el soltero, Esse el presentador, Eva la estudiante, Flirzz el capitán, Francesc el científico, Graditz el hacker, Grizz el alcaide, Helmux el subcabo, Inocencia el pontífice, Jank el compañero, Jeramine el empleado, Jhouie el vecino, Jonathan el excompañero, Jumboue el fundador, Loula el criminalista, Lukas el gemelo, Marek el presidente, Mark el carcelero, Mel el político, Nadia la amiga, Notrekk la bestia, Plobs el gobernador, Reygor el sargento, Sigmund el repostero, Theo el siervo, Wollish el concejal, Xipy el can, Yasum el comerciante, Yusthaplong el comisario, Zetur el ultralíder...).

Los susodichos desfilan (con mayor o menor impacto) por una escenografía de órdago (apartamentos, avenidas, baños, bares, callejones, celdas, coliseos, comedores, corporaciones, corredores, desiertos, despachos, elevadores, garajes, habitaciones, hospitales, jardines, laboratorios, pasillos, patios, pirámides, prisiones, psiquiátricos, pubs, residencias, ruinas, salas, sedes, sótanos, talleres, trasteros...); con la traición como arte de manipulación (codicia se fusiona con orgullo entre mensajes con encriptación simbólica, secuencias binarias o estructuras geométricas entre otras metodologías igualmente atractivas e inteligentes), la recolección de las cinco (o siete) llaves para activar el mecanismo en el que pivota todo.

La introducción de personajes resulta algo confusa al principio (la paulatina exposición de ellos se da de manera caótica) pero brilla posteriormente, entrelazándose a medida que avanza la epopeya (vaya si lo es) a la espera de que fuerzas antiguas primigenias hagan acto de presencia (no como invasión sino como cosecha) con conexiones mudas que hablan más que dilatadas conversaciones; en cuanto a la vertiente rigurosamente histórica (según la premisa) se desaprovecha ostensiblemente en virtud de una añoranza por cosas aparentemente triviales (tristemente descuidadas e incluso dañadas en la actualidad), reflejándose en originales metáforas (como las mutaciones de la apariencia con fines sórdidos) a través de los castigados interlocutores.

La ácida sátira al egocentrismo (fundamentado en un egoísmo que se excusa bajo la búsqueda de la felicidad) se alude en multitud de ocasiones para evidenciar que aunque el tiempo pase (con la tecnología instaurada como parte fundamental de los quehaceres diarios) los problemas sociales jamás desaparecerán si la mentalidad (de altos cargos gubernamentales pero también de la gente de a pie) no cambia radicalmente, sugiriendo (con base reflexiva) que el auténtico sentido existencial reside en sentir aunque sea sin entender; para ello se difumina la lógica como vía de comprensión canónica en pro de planos metafísicos, invitando a divagar por un universo paralelo onírico que a su vez sirve de cruda e inspiradora fuente de revelación.

Destino e intuición van cogidas de la mano en un menospreciable (como el efímero entretenimiento al que se critica severamente) estado de comodidad e indiferencia en el que la adrenalina se transmite con certeza (las secuencias persecutorias unidas a matices lovecraftianos funcionan a las mil maravillas retando en duelo a la cordura), sucediéndose las traiciones conspiranoicas con asombrosa naturalidad junto a diversas cuestiones (hasta instantes tórridos e insinuaciones de cultos religiosos); el libro se antoja perfecto para mentes inquietas ávidas de emociones fuertes (el pulp se homenajea sin descuidar explicaciones complementarias para que no peque de vacío argumental), recomendando su compra sin titubeos al público general.

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Daniel Espinosa, a fecha 11 de abril del 2026