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“Motel discordia”, de Fran Moreno OK
La escueta e inquietante sinopsis de Motel discordia versa “llevas tanto tiempo huyendo que ya ni siquiera sabes lo que te persigue... ¿por qué tienes tanto miedo Drévor?”, evidenciando el carácter que prima a lo largo de las nada menos que doscientas cuarenta páginas a doble cara que componen el trabajo; dividido en ¿? Capítulos (estos a su vez fraccionados en subapartados e interludios para facilitar tanto el disfrute como la comprensión al contener elementos argumentales de extrema dureza), la lectura se torna potente e instantáneamente en dinámica e insidiosa complicando ostensiblemente pausarla al no hallarse el momento adecuado.
+ ¿Quién eres? (prólogo): un acto autolítico como control preventivo para evitar herir a terceros en una obsesiva e insana búsqueda de sensaciones en la que el dolor se contempla como exploración válida pese a su profunda complejidad deja entrever serios problemas, consiguiendo moderar solo parcialmente tan peligrosa e intensa tentación... “la razón es la esclava de la emoción”
# 1 El motel: un atisbo de redención queda encerrado tras las paredes de un lúgubre edificio cuando resta latente que la carne es débil (desde su acepción tórrida pero también tangible), aflorando un voraz instinto animal (de nuevo con juego de palabras incluido)... “abrázame en el infierno”, “Dios creó a todo ser viviente con el objetivo último de ser una fuente de supervivencia para los demás”...
# 2 Recuerdos: un sondeo de los alrededores permite (re)conocer a curiosos seres con sus propias (pre)ocupaciones con el trastorno de identidad disociativo amenazando en el horizonte en un eterno dejà vú que se desvanece cual sombra en la oscuridad... “¿cuántas veces hemos tenido esta conversación?”.
+ César: una infancia feliz repleta de intrépidas expediciones se ve truncada por una enfermedad que provoca ira pura como liberación... “¿por qué huele tanto la sangre?”, “la música no es más que la expresión de un sentimiento”.
# 3 Se desata el infierno: un extraño estado de abstracción con inhóspitas confesiones a modo de monocordes zumbidos en medio de las tinieblas nocturnas deriva en una frenética huida carcelaria... “todos acaban oyéndolo”, “te apuesto una oreja a que esto te parecerá delicioso”, “nunca te irás de aquí”, “todo se desvanece”, “¿por qué te esfuerzas tanto en perder la cordura?”, “¿acaso no tienes la abrumadora convicción de que ya estás en casa?”
+ Jéssica: un paseo hospitalario en un antaño convento con capilla propicia encuentros entre dos almas necesitadas entorno a un caótica e intrincada obra que guarda una paradoja tan impactante como el enamoramiento tóxico que se (des)dibuja... “¿por qué te gusta tanto este cuadro?”, “¿este es el hombre con quieres tener un niño?”.
Psiquiátrico (4): un despertar del letargo con confusión e insondable desasosiego deja paso a la recuperación de un significativo objeto con perenne familiaridad sin hallar satisfacción introspectiva a traumas pasados con demoledoras reconstrucciones hasta llegar a un estado caso catatónico... “juegan contigo en todo momento”, “estás naciendo”, “no eres un espectador más”, “¿a cuántas personas has matado?”, “creo que soy el destino”, “la furia es una respuesta mucho más útil que el miedo”, “todo está en tu cabeza”, “¿aún crees que este lugar se rige por leyes que puedas entender?”, “te están guiando”.
El crudo e impávido relato pivota sobre un protagonista (sería básico e injusto tildarlo de villano) de perfil psicopático, precisamente la original e interesante perspectiva que impera salvo algunos compases destinados a plasmar el par(d)ecer de las víctimas con enorme virtuosismo que reprime constantemente sus sentimientos (por las secuelas físicas pero sobre todo emocionales que alberga) portando una carga (tanto literal como metafórica) que traspasa los folios; que nadie piense que el viaje brinda complacencias e inutilidades, porque el frenético ritmo imposibilita la aparición de estados indeseables en pro de un fascinante e hipnótico análisis por los recovecos menos costumbristas de las mentes humanas perversas.
Drévor (Rick Shelton en ciertas circunstancias) va cruzándose con multitud de personajes en su ardua e introspectiva epopeya (vaya si lo es), entre los que cabe destacar Abel (el feto de inminente nacimiento), Álex (el niño de pérdida paterna), Ángel (el cocinero de orondo cuerpo), Claudia (la esposa de humilladora actitud), Daniel (el estudiante de pésima fortuna), David (el policía de detectivesca agudeza), Elena (la enfermera de mayúscula bondad), Jessica (la chica de avanzada gestación), Joel (el marido de exagerada docilidad), Rose (la recepcionista de ávida seducción), Rayo (el perro de divertida torpeza), Saúl (el profesor de acción heroica), Sebastián (el doctor de amigable sensatez), Slash (el muñeco de licántropa forma) o Víctor (el regente de turbia mirada); la inmensa mayoría están interrelacionados entre sí (con nomenclaturas secundarias que oscilan según las etapas como consecuencia de una cruenta terapia de prematura ejecución con trágicos e irreversibles efectos con un recipiente como focalización para atisbar un motivo por el que luchar), omitiendo dicha conexión para preservar un mínimo de factor sorpresa.
Tremendamente provocativa (en el más amplio sentido del término) e irreverente (cómo adjetivar sino un lenguaje que no entiende de corrección sino de transparencia), la historia trata de arrojar luz (desde la oscuridad más absoluta) a los sombríos pensamientos típicos de un perturbado sin justificar los deleznables actos perpetrados (solamente exponiendo las causas viables); infinitamente descriptiva e ilustrativa (carece de imágenes pero la fórmula elegida prácticamente las ofrece), la misma logra suscitar tanto recelo (por la brutalidad) como entusiasmo (por la adicción generada) con tintes lovecraftianos (la criatura con tentáculos es la más obvia referencia junto al reto de mantener la cordura ante tan horrendas e inconcebibles situaciones) de órdago.
Construyendo mentalmente los fatídicos sucesos narrados (en una tercera persona tan próxima que se confunde con la clásica técnica subjetiva) se aprecia cómo el resultado se asemeja a una película o videojuego, una especie de híbrido de muchas piezas; con fuertes reminiscencias a Identidad del gran James Mangold (la limitación unilateral difiere pero no así la confluencia de comportamientos en un mismo sujeto o el escenario principal) o Silent hill 2 del visionario Masashi Tsuboyama (aunque los monstruos son más mundanos la dualidad de planos existenciales es similar al igual que varias iconografías como los acusadores ojos en la pared), el concepto de lo grotesco alcanza inusitadas cotas.
Con la canción “Everything fales” de Poets of the fall como lena sonoro no oficial (sin descuidar “The musical box” de Génesis), el slasher como máximo exponente genérico danza con otros géneros en un tétrico baile en el que la opresiva atmósfera oprime el corazón tanto como el serial killer de rigor sus evocaciones tras cadenas con candados para tratar inútilmente de ocultarlas hasta a sí mismo; el machismo va cogido de la mano del maltrato con asombrosa delicadeza (dotada de la frialdad que exigen tan controvertidas cuestiones), con impases (reales u oníricos)
de auténtico pavor psicológico dignos de alabar con bastante densidad textual pero poco o nada desquiciante al nutrir al lore de mayor profundidad.
El autor (Francisco Moreno Alcalá) demuestra cómo su experiencia adquirida educativamente (después de acabar Psicología se especializó en Inteligencia Emocional) casa a la perfección con su afán por inmiscuirse en asuntos comprometidos, siempre desde un prisma ficticio (se declara un devorador de libros desde muy pequeño) fácilmente trasladable al tangible; por todo lo expuesto (amén de un sinfín de alegatos igualmente positivos que eternizarían la presente reseña), la recomendación se convierte en caso obligatoria, con simbolismos por doquier que cada cual seguro adaptará a su vida para emplearlos fructíferamente como valerosa enseñanza a asimilar e interiorizar.
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