Oblivion 16-08-2017 21:49 (UTC)
   
 

Oblivion
(Joseph Kosinski, 2013)


Oblivion



Ficha técnica


Título original:
Oblivion
Año:
2013
Nacionalidad:
EEUU
Duración:
121 min.
Género:
Acción, Ciencia ficción
Director:
Joseph Kosinski
Guión:
Karl Gajdusek
Reparto:
Tom Cruise, Olga Kurylenko, Morgan Freeman, Andrea Riseborough, Nikolaj Coster, Melissa Leo, Zoe Bell, James Rawlings, Catherine Kim, Fileena Bahris, Andrew Breland y David Madison


Sinopsis


La Tierra ha sido devastada por la guerra hasta ser irreconocible; Jack Harper, un mecánico de aeronaves, es uno de los últimos supervivientes destinados a velar por el antaño hábitat natural de la raza humana...



Crítica


Ocho años atrás, cinco antes de que dirigiera la elegante a la par que desaprovechada Tron Legacy (su primera película y al mismo tiempo su carta de presentación formal, pues sigue manteniendo la característica estética visionaria, tal vez desmesuradamente ficticia al carecer de correspondencia lógica y por ende falta de justificación) Joseph Kosinski escribió un relato que abarcaba doce páginas cuyo título se corresponde con el de la presente propuesta, soñando convertir esa pequeña pieza en un guión estructurado y sólido (en Oblivion el primer propósito se ha alcanzado pero el segundo apenas, ya que el afán de complicar una lectura sencilla termina por dilapidar los aciertos relacionados con ella); el autor tuvo que esperar hasta conocer a los cofundadores de Radical Studios para ver cumplida su pretensión, proponiéndole éstos desarrollar la historia en una novela gráfica que finalmente se convertiría en el mejor instrumento promocional para la cinta, pues fue recibida con entusiasmo en el Comic Con Internacional 2010 celebrado en San Diego merced a las memorables ilustraciones que provocaron la respuesta inmediata de los asistentes, quienes no dudaron un solo instante en asegurar que se trataba de una serie de conceptos poderosos desarrollados a partir de una dotación intelectual sin parangón (sensación que en cierta manera sigue suscitando el responsable en la adaptación cinematográfica valiéndose de la cada vez más avanzada tecnología virtual y las variaciones perceptivas de quienes aparecen en la historia, quienes erráticamente tratan de transmitir una filosofía existencial basada en el obligado cuidado de la naturaleza para seguir aprovechando los innumerables beneficios que la misma ofrece).

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En las aventuras de acción suelen darse repartos extensos e incluso desquiciantemente confusos con el único propósito de desorientar al espectador y atormentarlo en su intento de comprender las motivaciones de los respectivos personajes, pero es precisamente éste uno de los elementos que convierte a la producción en única al presentar una lista de integrantes relativamente reducida, aunque para ello se haya recurrido a la banalidad narrativa en la que se traduce una constante recurrencia a clónicas secuencias fácil e inmediatamente identificables (reminiscencias a metrajes como la mítica La guerra de las galaxias y la llamativa Minority report se dan en no pocos compases de un modo más cercano a la obscenidad que a la locuacidad); a pesar de ello, la recreación de la biblioteca neoyorquina (fue preciso un espacio de más de nueve mil metros cuadrados y trescientas cincuenta personas para fabricarlo), el diseño de la torre de control (el equipo de efectos visuales estuvo cuatro días a más de tres mil metros de altura en un cráter volcánico para rodar las diferentes versiones del cielo en tres cámaras y seleccionar diez perspectivas), el vehículo colindante a la plataforma de aterrizaje (fabricado con aluminio y cuyo peso asciende a los dos mil quilogramos) y el inmenso plató empleado para la grabación (nada menos que nueve hectáreas), la simulación del transbordador espacial (el departamento artístico construyó el decorado interior del mismo con una cabina totalmente realista abriendo un agujero en la parte superior del decorado cilíndrico por el que pasaba un cable de doce metros de largo atado a una viga horizontal de veintiún metros en el techo) son claros ejemplos de la laboriosidad (y como consecuencia del buen hacer espectacularidad) que ha llevado implícito el filme, dificultad que se ha solventado gratamente hasta convertirse en la mayor virtud de la película.

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El comandante Jack Harper (Tom Cruise, una vez más ejerciendo de héroe aunque en esta oportunidad muestra ciertos síntomas de desubicación al desempeñar multitud de movimientos antinaturales, en especial cuando conduce la nave burbuja que emplea como medio de transporte habitual) es un técnico especializado en la reparación de drones destinado a la Tierra junto a la que cree es su alma gemela, Vika (Andrea Riseborough, inexpersiva en un principio y más que correcta en los compases finales), mujer con la cual comparte una estrecha relación amorosa cuando no debe obedecer sus órdenes, pues se trata de su superior laboral; ambos forman parte de una enorme operación cuyo objetivo es el de extraer recursos vitales del desolador planeta Tierra (la idea de transformar el agua marítima en energía no es novedosa pero sí apropiada) después de décadas de guerra con la aterradora amenaza que representan los Carroñeros, una especie que sobrevive rebuscando en las ruinas que restan y que obedecen las órdenes de su máximo componente, Malcolm (Morgan Freeman, de nuevo representando ser un ente superior al resto, aires de grandeza que acabará por asumir tras haber interpretado en cientos coyunturas durante su dilatada carrera), y el servicial secuaz de éste, Skyes (Nikolaj Coster, recientemente compartió cartel con Jessica Chastain y ahora lo hace con dos estrellas del celuloide, consagrándose como un actor cumplidor).

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La pareja reside en una asombrosa torre ubicada a mil metros de altura compartiendo sus conocimientos aunque no sus inquietudes (mientras Jack se muestra inquietamente curioso Vika parece no precisar de explicaciones para aceptar el cometido que les ha sido encomendado), y es que el borrado de mente obligatorio que sufrieron cinco años atrás no ha logrado suprimir por completo sus recuerdos; promovido por los resquicios de su memoria y las alentadoras palabras proferidas por Julia (Olga Kurylenko, deseable pero falta de energía por completo), una preciosa desconocida a la que encuentra en una nave derribada con la que siente un vínculo tan especial como irracional, el valeroso experto de aeronaves vive, recorre y patrulla el cielo iniciando una incierta búsqueda que hará añicos su realidad, descubriendo a su paso asombrosas verdades que le conectan al pasado de la raza humana, y es que el destino de la misma está en manos de él, un hombre convencido de que el mundo que conocía puede volver a cobrar realismo si investiga el entramado sobre el que se sustentan los roles actuales de la misteriosa organización para la que trabaja (únicamente al término de la trama se esclarecerá dicha incerteza y muchas más, sin aclararse otras tantas).

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Destinada a convertirse en una de las más recomendables propuestas domésticas del año dentro del género de la ciencia ficción (productos de semejante índole se disfrutan más en la comodidad del hogar que en la exigencia económica de una sala comercial por más que la experiencia pueda ver multiplicado su impacto en las enormes pantallas de cine), Oblivion presenta sus mayores credenciales en el hecho de que su director aproveche el indiscutible carisma del protagonista de la trama (contratación que comienza a percibirse como aborrecible al repetirse por enésima vez el papel salvador que Tom Cruise siempre encarna) y explotando hasta límites insospechados una visión ultra futurista que lejos de antojarse ridícula fascina sobremanera incluso al más curtido en lares análogas (la desolación asolará a más de uno cuando visionen la crudeza con la que muchos emplazamientos neoyorquinos son apocalípticamente modificados); no obstante, obviando la enorme labor audiovisual, la aportación del metraje al tan nutrido género al que pertenece se podría tildar de escasa (amén del curioso desenlace plasmado, que de tan sobrevenido que es resulta ambiguo), mas las imágenes ausentes de color alguno a modo de relevante recuerdo (recurso usado en decenas de ocasiones a lo largo de las interminables dos horas de duración que abarca la producción) y la intrincada solución conclusiva (de todas las opciones posibles tal vez sea la menos indicada) consiguen desesperar una vez superado el ecuador de la historia (hasta entonces las secuencias en primera persona abundan gratamente y sostienen un poco intenso y mejorable desarrollo con demasiados giros argumentales).



Daniel Espinosa




 
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