Horns 11-12-2017 20:41 (UTC)
   
 

Horns
(Alexandre Aja, 2014)


Horns




Ficha técnica


Título original:
Horns
Año:
2014
Nacionalidad:
EEUU
Duración:
116 min.
Género:
Fantástico, Suspense
Director:
Alexandre Aja
Guión:
Keith Bunin
Reparto:
Daniel Radcliffe, Juno Temple, Max Minghella, Kelli Garner, Heather Graham, Joe Anderson, Sabrina Carpenter y James Remar


Sinopsis


Una joven muere en extrañas circunstancias y el principal sospechoso es su pareja, quien comienza a desarrollar un poder macabro que intenta usar para descubrir al monstruo que acabó con la vida de su amada...



Crítica


Si algo evidencia Horns es la capacidad direccional de Alexandre Aja detrás de las cámaras, y es que es inaudito que un realizador muestre una versatilidad tan exitosa (acudir a su filmografía para comprobar que ha sido capaz de firmar una cinta del calibre de Alta tensión y diez años después hacer lo propio con Maniac no merece más que halagos, si bien también pueden encontrarse en ella algunas piezas tan evitables como Reflejos) en un género tan recurrente como es el del terror, pudiendo añadir a su ya larga lista de largometrajes otro de índole muy diferente a la que acostumbra (de hecho comprende una congregación de temáticas cinematográficas), una historia de amor a tres bandas disfrazada de burlesca crítica tanto moral (no existen pecados, sólo asumibles vicios) como social (las consecuencias del consumo de opiáceos); cierto es que el desarrollo de la obra es muy confuso desde un punto de vista racional, pero artísticamente puede (y debe) ser catalogado de brillante, evocador e inspirador (en especial cuando ciertos reptiles viperinos hacen acto de presencia), pues el magistral apartado visual se fusiona con la controversia que suscita su contenido para ir oscureciéndose con cada revelación cuyo pilar reside en una retorcida, satírica, sombría y parcialmente divertida sensibilidad descaradamente entretenida, aun pecando de introducir información gratuita (esto puede ejemplificarse en la aparición semiestelar de Heather Graham como una exagerada y mentirosa camarera que ansía la fama) poco o nada relevante a la postre.

Horns  Horns
Amanece otro día e Ig (Daniel Radcliffe, a quien no poder desvincularle todavía por más que uno se esfuerce en que así sea de su emblemático personaje de Harry Potter en la homónima y longeva adaptación cinéfila de la célebre obra literaria no le ha salvado de caer gravemente enfermo tras ingerir agua con un componente químico derivado del anticongelante empleado en las tuberías para contrarrestar las bajas temperaturas en tierras canadienses, latifundios en los que se encontraba rodando su última película, para la ocasión evidenciando su inadaptación interpretativa su precaria simulación de desconsolado compungido, precisamente al contrario que sucede con el actor que encarna su versión infantil), un aparentemente inofensivo hombre de aspecto afable e inmaduro(el recurso del asma siempre enfatiza más dicha sensación de fragilidad), se despierta ebrio tumbado en el lúgubre suelo de su casa dispuesto a soportar de nuevo las incesantes acusaciones que sus vecinos le profieren; es así desde que su pareja, la denominada románticamente por el mismo Jardín del Edén, fue cruelmente asesinada al asestarla un fuerte golpe con una piedra en la cabeza su agresor, identidad del cual todavía se desconoce con certeza por más que los prejuicios de quienes han habitado el pequeño pueblo en el que mora desde que nació le señalen inequívocamente a él (“todos me vieron siempre como un chico extraño”, tremenda frase que pronuncia al respecto a modo de apertura de la trama), sospechando de él incluso su propia familia, creyendo que es honesto solamente Lee (Max Minghella, quien resulta aceptable aun no gozando del suficiente tiempo en pantalla para justificar la relevancia que sus actos, tanto pasados como presentes, implicarán en el desenlace del conflicto principal), abogado y mejor amigo que trata de que el asedio de los reporteros sea lidiado con la mayor indiferencia posible por parte del nada respetado calumniado.

Horns  Horns
El nombre de la bella difunta es Merrin (Juno Temple, sensual e imperial hasta el punto de merecer mencionarse en este segundo párrafo manifiestamente en primera instancia para que se tenga en consideración la mayúscula labor que desempeña) y el propósito actual de su derrumbado adulador Venganza, un deseo que le consumirá lenta y profundamente (“nadie nace maligno, hasta el Demonio era un ángel, pero a veces cuando se pasa por un infierno es la única manera de seguir manteniendo el fuego encendido” es la sepulcral locución que se profiere y que define el símil que se da entre el calor que sólo una relación íntima puede aportar y la apariencia literal de anticristo que va adoptando a medida que se suceden los acontecimientos, recreados a través de intermitentes recuerdos con lagunas que van resolviéndose gracias a las aportaciones de los distintos personajes, y es que “Satán fue expulsado del cielo maldecido a arrastrarse por la Tierra como una serpiente” y éstas se convertirán en sus mejores aliadas); las visiones de las vivencias de cuantos entran en contacto con él no hacen sino corroborar sus recelos hacia todos (si bien la clásica negación parental frente a posibles errores filiales hace plantearse si realmente puede estar implicado en el caso que le atormenta el aumento de sus dos turgencias no cesa por más que trate de eliminarlos drásticamente, ni tan siquiera serrándolos, percibi
éndolo como una clara señal de inocencia propia).
Horns  Horns
Con sentimientos encontrados al ir conociendo la verdadera naturaleza de la que creía la mujer de su vida, recurriendo a tempranas conductas alcohólicas como vía de escape a la que aferrarse (no termina de resultar creíble que alguien tan desesperado pueda albergar las fuerzas suficientes como para llegar a abandonar tal hábito sin ayuda externa) y aceptando una posición agnóstica cada vez más pronunciada (apagar velas mediante la micción debe ser considerada desde ahora una nueva forma de revelación religiosa), acabará comprendiendo que las dos protuberancias que le han crecido a sendos costados de la frente le han dotado de un peligroso poder de persuasión sin parangón; así, la manipulación y la convicción de la que hace uso para revelar la identidad del verdadero autor de los atroces hechos desata un descomunal caos global allá por donde transita incita sin mesura a quienes le rodean a llevar a cabo aquello que desean (no llega a aclararse el por qué de las preguntas que le formulan confundiéndole con un consejero espiritual pero algunas de las decisiones, como la de la ingesta de seis donuts a la vez, son tan curiosas como ridículas), apoderándose progresivamente de su ser más interno la locura e ira que la incomprensión que tan confusa situación le generan, no desistir en ningún momento (la costumbre de luchar por lo que desea por más sacrificios que ello requiera le arma de valor para seguir con su místico y poco ortodoxo camino hacia la verdad).

Horns  Horns
Horns
(para aquellos menos dados a los idiomas o simplemente negados a buscar traslaciones mediante diccionarios e internet la traducción literal e inequívoca es Cuernos, el símbolo por excelencia de ésta cuanto menos curiosa reconversión de la exitosa obra que Joe Hill escribió hace dos bienios) trasciende del plano romántico (aunque las reminiscencias a la inaguantable trilogía Crepúsculo sean esporádicas no se perciben tan infantiles como en cualquiera de las tres entregas de la misma) para adentrarse en terrenos tan pantanosos como irregularmente plasmados (las prácticamente dos horas de extensión no mantienen un ritmo que posibilite considerarlo notablemente favorable al irse alternando secuencias memorables con otras intolerables, al igual que sucede con los comentarios pseudocómicos que abundan y poseen el más absoluto vacio sustancial); la producción se podría definir como una especie de metafórica fábula (no apta para todos los públicos, pues el contenido prácticamente obliga a la privatización del permiso a que menores de edad la visionen) acerca de la doble moralidad humana residente en la distancia entre lo que se piensa y lo que se hace, manteniendo gran parte del interés algún que otro giro argumental aunque, no obstante, resta la sensación de que no concluye como debiera y de que más personalidad (mostrada a intervalos una vez superado el ecuador) del siempre atrevido director francés habría culminado el ameno, extraño e interesante relato más satisfactoriamente.


Daniel Espinosa




 
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