Caníbal 11-12-2017 20:45 (UTC)
   
 

Caníbal
(Manuel Cuenca, 2013)


Caníbal




Ficha técnica


Título original:
Caníbal
Año:
2013
Nacionalidad:
España
Duración:
117 min.
Género:
Drama, Terror
Director:
Manuel Cuenca
Guión:
Alejandro Hernández y Manuel Cuenca
Reparto:
Antonio de la Torre, Olimpia Melinte y Joaquín Nuñez


Sinopsis


Carlos es el sastre más prestigioso de Granada, pero también un asesino en la sombra; no tiene remordimiento ni culpa hasta que Nina aparece en su vida, y es que a través de ella conoce la verdadera naturaleza de sus actos y surge, por primera vez en su vida, el amor.



Crítica


En su cuarto largometraje, Manuel Cuenca, una de las voces más personales e innovadoras de la cinematografía española, narra una aparentemente apasionante historia de amor y suspense protagonizada por Antonio de la Torre junto a la actriz rumana Olimpia Melinte, habiendo sido escrito el guión por el propio director junto a Alejandro Hernández inspirándose (muy) libremente en la novela “Caníbal” del escritor cubano Humberto Arenal, formando parte del prestigioso mercado de proyectos del Atelier englobado en la Cinéfondation del Festival de Cannes además de ser seleccionado por Cinemart, el mercado de proyectos del Festival de Rotterdam, algo inusual sino se trata de una cinta muy destacable; la producción ha participado en la Sección Oficial a Concurso de la edición número sesenta y uno del Festival Internacional de Cine de San Sebastián alzándose con el Premio a la Mejor Fotografía y ha sido proyectado en el Festival Internacional de Cine de Toronto 2013 en una de las secciones de mayor relieve del certamen donde se dan cita grandes cineastas e importantes estrenos, recibiendo en las dos ocasiones sendas ovaciones, idéntica reacción por parte del respetable que corrobora que la preselección para representar a España en los próximos Oscar como mejor película de habla no inglesa (así como en los Premios Ariel de la Academia de México) está totalmente justificada siendo, a juzgar por la excelente acogida que está recibiendo, con total merecimiento aunque con desigual parecer entre el público mundano, pues de buen seguro muchos la tildarán (como en efecto es) de extremadamente lenta.

Caníbal  Caníbal
El autor se muestra satisfecho con la selección declarando en una reciente entrevista que “nunca sé cuál es el final del camino y tampoco quiero planearlo, entiendo el cine como un acto de exploración porque cada película mide nuestra capacidad para aprender y dejarnos sorprender, y en esta ocasión me siento un afortunado porque la cinta haya sido seleccionada para estar en el Festival de Toronto 2013 y el Festival de San Sebastián 2013, dos festivales que tanto admiro... y claro, un poco nervioso, porque se acerca la hora de la verdad, la hora del público, pero pase lo que pase, creo que lo único que tiene sentido es hacer lo que uno cree que tiene que hacer, sin concesiones, poniendo el alma, ojalá el metraje dé fe de ello”, y no es para menos, pues el disfrute del visionado parece estar restringido a eruditos; filmada en Granada el pasado invierno, la firma de las productoras La Loma Blanca PC y MOD Producciones en coproducción con Libra Films, CTB Film Company LTD y Luminor con la participación de TVE, Canal Plus, Canal Sur y AXN y el apoyo del ICAA componen un largo listado que demuestra la fuerte apuesta en la que se traduce a la postre el filme, el cual decepciona sobremanera no atisbándose un ápice de lo extraordinario que se presuponía (la ausencia casi total de sangre no es concebible al tratarse de la temática que la exige puede que incluso sin mesura, la caníbal, centrándose la trama en una apática relación amoroso poco carismática) por tanta colaboración, financiera y  publicitariamente.

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Carlos (Antonio de la Torre, el cual cumple con las expectativas que el más exigente pudiera poner en él tras darse a conocer su labor en el proyecto) es el sastre más prestigioso de todo el territorio granadino pero también un tipo solitario que se refugia bajo una aparente normalidad que esconde un monstruo prestándose al peligro evidente de nacer convertido en un cúmulo de tópicos esquivándolos encomiablemente y cuyos terribles actos e impulsos son desconocidos por los que le rodean, un asesino en la sombra que no tiene remordimiento ni culpa al limitarse sus relaciones a lo estrictamente profesional y la cofradía a la que pertenece hasta que dos hermanas rumanas igualmente solitarias, Alexandra y Nina (Olimpia Melinte, excelente su réplica en el reto de un complejo doble papel que supone casi el único resquicio humano de la trama), llegan a la ciudad buscando un lugar; casualmente se establecen en un piso del bloque del desequilibrado llamando, primero una y después otra (la solución para no complicarse a la hora de plasmar a una sola actriz en ambas personalidad es ésta), la atención de él, siendo estos los tres ingredientes que convenientemente presentados y mezclados suponen un arranque sigiloso carente de estridencias que pongan en peligro la tensión sostenida cuyo uso de la elipsis, que consigue dejar en segundo plano los acontecimientos clave para otorgar un mayor predominio a la frialdad emocional y formal que emana el trío fácilmente reducible a dupla, permite que fructifique dos revelaciones, la  de la verdadera naturaleza de la inocencia más pura y la del descubrimiento por vez primera del significado de la palabra amor.

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Con una sólida e interesante carrera que combina ficción y documental, el responsable ha realizado su obra más ambiciosa hasta la fecha con un criterio muy sólido pero una fórmula totalmente equivocada, una historia rodada en variopintos lugares españoles del sud (Güejar Sierra, Motril, Sierra Nevada y Granada) que supone el cierre del ciclo que inició con su anterior obra, La mitad de Óscar, como él mismo reconoce en unas declaraciones recientes (“es casi una película hermana a la anterior, aunque es de otra forma, empezamos a trabajar en el proyecto inmediatamente después de estrenar aquella”), una conclusión que no deja buen sabor de boca ni mucho menos; la coproducción de España con Rumanía, Rusia y Francia comienza mostrando una aislada gasolinera en plena noche mientras aparecen los títulos de crédito, sirviendo de introducción un par de siluetas y un coche en una primera secuencia que, sin que medie una sola palabra, pone de relieve el silencioso modus operandi (eternizando cada escena hasta la desesperación) del protagonista dejando claro en realizador que es un apasionado de la narración mediante imágenes, virtud ya demostrada en sus anteriores trabajos (sobre todo en la inferior obra ya antes citada, cuyos principales puntos fuertes alcanzan aquí unas cotas mucho más elevadas y, de hecho, llama la atención el desarrollo en esta etapa de una narrativa visual alejada de sus primeras e igualmente muy estimables La flaqueza del bolchevique y Malas temporadas), una técnica que se repite a lo largo de las prácticamente dos horas de duración y que lejos de entusiasmar se percibe como una invitación al sueño más profundo.

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Caníbal
no solo arriesga en su sostenida presentación, sino también en la construcción de unas personalidades tan atípicas como logradas, sin embargo, el desarrollo de la relación entre un hombre que se supone profundamente impulsivo e irracional con una psicopatía que nubla su mente y una mujer que no consigue apartarle de esa espiral pero sí hacerle cuestionar sus sentimientos al presentarse muy distinta al resto de sus víctimas no consigue transmitir lo que debiera, y es que se trata de algo tan coherente con la propuesta como llamativo para el espectador que, durante toda la película, nadie advierta las desapariciones que llevan tiempo produciéndose en los alrededores; estas pequeñas inverosimilitudes, unidas a un minimalismo que trata de conmover recurriendo equívocamente a tópicos del cine negro y a una deriva final igualmente insatisfactoria, provocan que el filme deje la postrera sensación de ser un trabajo que falla en su último remate al poderse resumir todo en una aborrecilbe redención moralista, siendo de descarada solvencia pero faltándole un pequeño broche para suponer algo de mayor alcance, una propuesta poco loable que no obstante anima a esperar que la carrera de Manuel Cuenca siga dando frutos de naturaleza mejorada sin las indeseadas imperfecciones de ésta, pues la elegancia que destila la puesta en escena es, a pesar de todo, sublime.


Daniel Espinosa




 
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