Día 6 (Sitges Film Festival 2013) 18-04-2024 01:05 (UTC)
   
 

Bad Milo!
(Jacob Vaughan, 2013)


Bad Milo




Ficha técnica


Título original:
Bad Milo!
Año:
2013
Nacionalidad:
EEUU
Duración:
84 min.
Género:
Comedia, Terror
Director:
Jacob Vaughan
Guión:
Benjamin Hayes y Jacob Vaughan
Reparto:
Ken Marino, Gillian Jacobs, Peter Stormare, Patrick Warburton, Stephen Root, Mary Place, Jonathan Brown, Kumail Nanjiani y Toby Huss


Sinopsis


La vida de Duncan es un verdadero suplicio, atormentado por un jefe manipulador y retorcido, una madre que le regaña a todas horas, un padre perezoso y una dulce pero irritante esposa, el estrés diario acaba provocándole una reacción gastrointestinal insufrible; sin saber qué hacer y al límite de sus fuerzas, busca la ayuda de un terapeuta, que le ayuda a descubrir la raíz de su inusual dolor, un demonio vive en su intestino...



Crítica


No hay duda alguna al respecto, Bad Milo! (anteriormente conocida como Milo) estaba llamada desde su propia concepción a convertirse en la comedia gore (con mayúsculas) de la última edición del Sitges Film Festival al tener como único objetivo que cientos de aficionados se agolparan a las puertas de una sesión (finalmente la Midnight X-Treme) predispuestos a pasárselo en grande con las desventuras de un pobre desgraciado al que le crece un demonio en el intestino (lo peor de todo no es que resida en el interior de sus entrañas sino que lo realmente preocupante es que busque una vía de escape por la que desprenderse del cuerpo de su involuntario casero para vengarse de todos aquellos que incordian a éste siendo él quien sufra las consecuencias), y es que el enorme atractivo del filme (es sencillo deducir por qué recuerda, salvando las distancias, a aquella joya del séptimo arte titulada Basket case del gran Frank Henenlotter en la que un chico llegaba a tierras neoyorquinas transportando en una cesta a su deforme hermano siamés) empezó a cobrar tintes de obra imperdible cuando gran parte de la crítica la describió en sus reseñas como un cruce entre Gremlins y Attack the block pero con calificación para mayores de edad (lo cual se adecúa perfectamente), con todo el atractivo que ello gratamente conlleva; es, en efecto, una muy divertida comedia negra que mezcla sabiamente el humor con el terror a partir de un guión muy bien hilvanado (Benjamin Hayes y el propio director han sido los encargados del mismo) introduciendo con un buen ritmo interesantes apuestas dentro de la típica retahíla de enredos, a lo que contribuyen unos excelentes gags que, ya sea en su contra o a su favor (dependerá de los ojos con los que se visione la propuesta), destilan un cierto aire a serie b que la hace deliciosa, atractiva y original desdiciendo la clásica creencia del que mucho abarca poco aprieta, algo a lo que sin duda la efectista fotografía de James Laxton ayuda enormemente al ser un complemento genial.


Sea como fuere, lo que realmente se antoja admirable del largometraje es que logre provocar sinceras carcajadas hasta en el más impasible (no son abundantes los momentos puramente cómicos pero los que se dan funcionan a las mil maravillas, quedando patente la armonía entre los integrantes del equipo actoral en las tomas falsas que acompañan a los créditos finales), afirmación que cobra total confianza al ser vertida por aquellos privilegiados que ya la han disfrutado y que nada tienen que ver con la (supuesta) formalidad de la que deben disfrazarse las palabras de los profesionales dedicados a difundir sus opiniones a través de sus críticas, siendo el debut (en efecto, nadie podría imaginarlo al ver cómo se desenvuelve detrás de las cámaras) del experimentado montador de películas como Black rock Jacob Vaughn protagonizado por un actor televisivo (esto para nada suele traducirse en acierto sino en todo lo contrario pero en esta ocasión es fructífera su labor al interiorizar con naturalidad el rol que le toca asumir); el filme se estrenó sin merecimiento (lo más correcto hubiese sido que pasase por las salas comerciales aunque fuera de manera restringida) el pasado veintinueve de agosto en el territorio estadounidense en el formato vídeo bajo demanda (hay que ver cómo son las cosas, traspasar el charco cuesta tanto que en el país patrio solamente se han confirmado contadas proyecciones en certámenes especializados, algo que por otro lado sirve para crear más expectación si cabe al deber de acudir a dichos eventos para poder visionarla si se rechazan métodos menos ortodoxos como la oportuna búsqueda por internet de una copia decente la cual, por desgracia para el negocio subyacente, existe) con un abrumador sumatorio de buenas opiniones (cuesta de creer que haya sido así al haberse confabulado determinadas corrientes para desbancar la cinta del lugar que se merece ocupar asegurando que no satisface, lo cual es no discutible sino falso).


Al gentil y humilde Duncan Hayslip (Ken Marino, su labor es, contrariamente de lo que pudiera imaginarse en un principio, más que notable) le han detectado un pólipo con forma extraña en su vientre originado por el mal manejo del estrés (cabe tener en cuenta que la primera secuencia se sitúa ciento veintitrés horas después de la propia historia), algo que en su vida diaria abunda, mas si su manipulador y retorcido jefe Phil (Patrick Warburton, quien realmente despierta deseos de que muera, por lo que borda su papel) le encomienda un cambio de labores profesionales para que se encargue del departamento de despidos en un despacho compartido ubicado en un baño cuya situación higiénica no es la idónea y sufre la incesante increpación de su más joven que él padrastro (Kumail Nanjiani, profundamente odioso) al sostener que no deja embarazada a su mujer porque presenta una prolongada disfunción eréctil no es de extrañar que perciba su existencia como un verdadero suplicio (la insufrible reacción gastrointestinal que le sitúa al límite de sus fuerzas es la exteriorización de tan gigantesco agobio); cuando experimenta extraños sucesos decide comenzar a asistir, por recomendación conyugal de Sarah (Gilliam Jacobs, desigualmente dulce e irritante), a las terapias impartidas por el afamado psicólogo Highsmith (Peter Stormare, aunque más comedido que de costumbre siempre es un placer para los paladares cinéfilos contar con su presencia), cuyo único propósito es el de acceder a su subconsciente a través de la hipnosis, deseo al que termina sucumbiendo en aras de solucionar el problema gastrointestinal derivado en un percal mucho más delicado a raíz de verse directamente vinculado con unos atroces asesinatos (en la mayoría de casos por pérdidas masivas de sangre) con la esperanza de que chasquee los dedos y despierte de esa pesadilla.


Sin embargo, el terapeuta en cuestión le desvela que lo que padece está relacionado con un mito que se remonta a los orígenes de la humanidad que versa sobre la existencia de un extraterrestre anal (no se hace de rogar, pues tarda dieciocho minutos en aparecer en pantalla mediante una apoteósica vista subjetiva y veintisiete en mostrarse en toda su plenitud), la personalización del lado más oscuro de quien lo alberga que vive en sus intestinos y sale cuando su involuntario amo alcanza niveles muy elevados de ansiedad (por todos es sabido que el ser humano guarda en su interior un demonio, la particularidad es que en este caso físicamente así sucede) y que la única manera de convivir con ello es comunicarse con él y aprender a relajarse para tratar de controlarlo, pues de erradicarlo sería como practicarse él mismo una lobotomía y por ende esta solución hay que descartarla; tras varias indagaciones llegarán a la conclusión que todo guarda un nexo enraizado con su perezoso padre Roger (Stephen Root, muy adecuado e incluso familiar), el cual le abandonó junto a su madre cuando tan siquiera había alcanzado los diez años de edad para alejarse de la metrópolis aficionándose a la meditación en su vertiente más sustancialmente ilegal (es decir, a base de consumir drogas) negándose a asumir lo sucedido en el pasado para limitarse a vivir el presente, un misterioso rechazo de responsabilidades cuyo fundamento reside en la herencia de una maldición estomacal, y es que él también porta un monstruo similar en aspecto y pretensiones a Milo (así es como decide llamarlo el protagonista para entablar la forzada relación de cercanía con un ser que a veces incluso resulta irritante debido al ininteligible y elegido idioma en el que habla entendiéndosele solo la palabra padre, siendo todo un descuido directivo que salga sin provocar agujero alguno en los pantalones cuando debiera desgarrarlos hasta convertirlos en dos mitades independientes por completo)...


Bad Milo!
es más que una sarcástica tragicomedia, es la irreverente locura que muchos esperaban de ella (posiblemente la forma de concebirla será muy diferente a la creída al contener menos elementos impactantes de los supuestos) aunque puede que algo menos escatológica de lo que debiera (sin ir más lejos, la primera visita del pequeño monstruo es todo un homenaje a aquellos que alguna vez hayan sufrido de estreñimiento sin necesidad de primeros planos ni lindezas varias) y menos explotada de lo que pudiera (ni la visceralidad ni el humor terminan de abarcar los minutos que debieran prolongarse a pesar de recogerse penes arrancados, cruentos descuartizamientos y salvajes asesinatos) aun siendo un verdadero gozo a nivel visual (la, por decirlo de alguna manera no empleada hasta ahora, mascota está dotada de más alma y expresividad que muchos intérpretes de carne y hueso, lo cual se ha conseguido al prescindir de efectos digitales) y la justa dosis de gore proporcionada (algunos se lamentarán por no poder ver de manera explícita las entradas y salidas debiendo conformarse con la cara de estreñido del sufridor objeto de tan indeseable acto); se trata de un producto más simpático que hilarante, de acuerdo, pero la simple aparición de la especie de E.T. (o Alph, por qué no) de tamaño reducido es una delicia al despertar ternura y empatía a raudales aun primando una respetuosa timidez a la hora de mostrar sus casquerías (si de algo debiera presumir un producto como éste es precisamente de la que contrariamente termina siendo su única carencia, aunque es ahí donde reside la diferenciación entre la exigencia grotesca y el disfrute del buen gusto), quedándose el vanguardismo propiamente dicho del trabajo de Jacob Vaughn en su planteamiento al optar por un considerable recorte del desinhibido espectáculo de vísceras que se presuponía en virtud de una reiteración de situaciones que sorprenden (al fin y al cabo éste es uno de los objetivos de toda película que se precie) al contener más melodrama que humor gamberro, el cual muchos erróneamente vaticinaban e igualmente (si de veras saben apreciar la alternativa) agradecerán al desarrollarse de forma elocuente y muy dinámica.



Daniel Espinosa




Grand piano

(Eugenio Mira, 2013)


Grand piano




Ficha técnica


Título original:
Grand piano
Año:
2013
Nacionalidad:
España
Duración:
90 min.
Género:
Drama, Suspense
Director:
Eugenio Mira
Guión:
Damien Chazelle y Peter Morgan
Reparto:
Elijah Wood, John Cusack, Kerry Bishe, Tamsin Egerton, Jack Tylor, Allen Leech, Alex Winter, Dee Wallace, Don McManus y Don Kress


Sinopsis


Un pianista se sienta delante del piano y se encuentra una nota amenazadora en la que se le conmina a tocar el mejor de los conciertos.



Crítica


La nueva película de los creadores de la aclamada Buried (Enterrado), Rodrigo Cortés y Adrián Guerra, quienes vuelven a ejercer de productores para la ocasión, al fin aterrizó en el Sitges Film Festival 2013 para inaugurarlo y lo hizo, como ya sucediera en el Fantastic Fest 2013 celebrado un mes antes en Austin (evento que se tradujo en el estreno mundial de la cinta), con una respuesta por parte del público inmejorable, concediendo una sonora ovación al trepidante thriller psicológico que propone Eugenio Mira (su talento directivo es incuestionable teniendo en cuenta su currículum pero ahora ya se consagra como un referente a seguir) en la coproducción de Atresmedia Cine y Telefónica Producciones con la colaboración de Antena 3 y Televisió de Catalunya (se antoja oportuno citar todo ello a fin de clarificar el acento catalán de tan atractiva propuesta a pesar de constar como nacionalidad oficial la americana, siendo ésta distribuida por Paramount Pictures Spain); el tercer largometraje del autor (también compositor tanto en Los Totenwackers como en The Birthday e incluso actor en Luces rojas) sirve para consolidarlo en la envidiable posición de reconocimiento global que se labró seis años atrás con Agnosia, y es que gracias a la disparidad de lugares empleados para el rodaje (la Ciudad de la Luz de Alicante, el Parc Audiovisual de Terrassa y varios emplazamientos de Chicago) y el instintivo don actoral que demuestran los intérpretes el visionado no es recomendable sino obligatorio para evitar perderse uno de los acontecimientos cinéfilos más destacados, sino el que más, de la presente temporada, una versión renovada (que no mejorada, pues ello sería complicado y en cualquier caso subjetivo) de la clásica fórmula patentada antaño por el incomparable Alfred Hitchcock.


Tom Selznick (Elijah Wood, igual de formidable ejerciendo de héroe en El señor de los anillos como de obseso en Maniac y ahora de forzada pieza de un sádico juego aunque muestre cierta sobreactuación en los instantes requeridores de mayor dramatismo), el mejor pianista de su generación, vuelve tras haber permanecido cinco años retirado de los escenarios sin dar un solo concierto en dicho espacio temporal debido a los nervios que padece con frecuencia cuando se enfrenta al siempre dictador público (los presentimientos negativos le invaden hasta el punto de tornarse con posterioridad en realidad al influirle severamente), siendo su última comparecencia la más aciaga de su carrera al ser prácticamente imposible tocar la partitura que interpretaba excelentemente y exigirse demasiado tratando de no errar ningún  compás; a pesar de ello, reaparece ante el respetable con el propósito de enmendar el bochornoso espectáculo que ofreció antaño, siendo “falla una sola nota y morirás” el mensaje que encuentra escrito en referencia a los cuatro últimos pasos de la pieza imposible, más concretamente “La cinquette”, obra compuesta por su difunto mentor Patrick Godureaux (Jack Tylor, exclusivamente presente a través de un poster promocional del evento que protagonizará su mejor discípulo) en su dosier musical ya en plena función, viéndose obligado a tocarlos a la perfección si desea salvar su vida y la de sus seres queridos, una insufrible presión que aumenta a medida que conoce las reglas (en constante evolución).


Las normas, impuestas por un (al principio) misterioso desconocido (John Cusack, quien se resarce de insufribles papeles como el que asumió en la nefasta El enigma del cuervo retomando la senda de encomiables encarnaciones como la de la estupenda Identidad) dictaminan que no debe tratar de comunicar el percal en el que está inmerso a nadie, ya que si sale del escenario lo verá, si pide ayuda lo sabrá, si hace cualquiera de las dos cosas anteriores su mujer (Kerry Bishe, tan adorable como correcta en su labor de estrella del cante) morirá y si incumple el requisito primordial de llevar a cabo la pieza de inmaculada manera será él quien fallezca previo disparo en su sien proferido por la potente arma con mirilla telescópica de la que está dotado; el verdadero pánico escénico se apoderará del pobre artista, que se verá envuelto en una conspirativa acumulación se sucesos contra su persona en la que nadie es quien aparenta y las intenciones distan mucho de lo que dicen quienes las aseguran en el clásico juego del gato y el ratón, con la particularidad que el primero (el francotirador anónimo) tiene el control absoluto de la situación y el segundo (el sometido amenazado) apenas conoce algo hasta que empieza a emplear su audacia para desenmascararlo y conocer las motivaciones que le impulsan a atormentarlo (como es obvio la respuesta se remontará a un instante concreto sucedido tiempo atrás en el que ambos no coincidieron pero sí compartieron al protagonista absoluto de la trama, el piano, con resultados contrarios para uno y otro), propiciando que las tornas cambien (de forma imprevisible e inmediatamente) a su pleno favor.


Grand piano
es, ante todo, un reto cinematográfico que únicamente quien recuerde el clímax de El hombre que sabía demasiado del ya citado Alfred Hitchcock podrá calibrar, pues el desafío de mantener una tensión equiparable a lo largo de hora y media (a excepción del primer cuarto de hora, posiblemente soporífero para los más jóvenes e impacientes y sin duda algo tedioso pero necesario para sustentar la intríngulis de la historia) partiendo de un rodaje que tuvo lugar a lo largo de cuarenta y cuatro días en Barcelona, Chicago y Las Palmas de Gran Canaria, una amplia diversidad de ciudades para un largometraje que transcurre en su mayoría en el interior de un teatro, hecho que encuentra su explicación fundamental en la logística, ya que tiene cerca de quinientos planos con efectos visuales y en el caso de haberse realizado en un coliseo real con toda la figuración ocupando sus localidades a lo largo de ese tiempo el presupuesto se habría visto incrementado exponencialmente hasta lo inabordable, por lo que se optó por construir una parte del mismo como decorado y el resto se desarrolló digitalmente, habiendo sido incrustado por ordenador el noventa por ciento del público (puede que esto no sea observable a primera vista al prestar más atención a otros aspectos, pero estos pormenores resultan sumamente relevantes a la hora de calificar como es debido un filme); un plató barcelonés acogió la construcción del escenario, las primeras seis filas de butacas y dos palcos, creando así un decorado inmenso mientras que, por su parte, las tomas de los asistentes se rodaron en las territorio canario y luego se realizó un trabajo de multiplicación digital que crea la ilusión de un abarrotamiento de cuatro mil personas, una proeza artística que no hace sino ensalzar el enorme trabajo que tras la producción han tenido que asumir los responsables, entrega que se ve recompensada con un producto final digno de ser incluido en la lista de mejores propuestas no del año sino de todos los tiempos, siendo realmente sólida en cuanto a guión (puede que el desenlace se antoje un tanto incorrecto, que no precipitado, al estar más próximo al contenido de una fábula fantástica que al de una ficción creíble), el apartado más temido.


Aunque gran parte del acierto del filme reside en el esplendoroso escrito desarrollado (Peter Morgan es quien lo ha urdido a partir de un escrito de Damien Chazelle, el cual lo plasmó en folios sin que nadie sin desarrollarlo como encargo sino con la esperanza de que alguien lo comprase para llevarlo a cabo y, aunque la mayoría de ellos acaban como nacieron, en la nada, en este caso generó suficiente interés para que diversas productoras entrasen en puja y fue la Nostromo Pictures quien acabó haciéndose con él), es obvio que la forma en la que el director español ha sabido exprimir al máximo una idea tan poco original y a la vez sorprendente es admirable, pues nunca antes se había empleado con tanta majestuosidad la música y la elegancia que tras ella puede residir; la desenfrenada cinta se traduce en un festín visual (e incluso palomitero, y es que la combinación de suma personalización con mera comercialidad se da sin apenas erratas) y un ejercicio de tensión sostenida que hace que una simple velada en un auditorio sea tan emocionante como una persecución de coches, siendo el autor tan eficiente en su narración como inventivo en su elegante ejecución (algunos críticos la han definido como una Speed de bar, afirmación que no dista de la realidad con la matización de no suceder la historia en un antro sino en una sala capacitada para que cientos de aficionados se reúnan, con la imponente imagen de grandiosidad que ello conlleva).



Daniel Espinosa




V/H/S 2
(Adam Wingard, Eduardo Sánchez, Gareth Evans, Gregg Hale, Jason Eisner, Simon Barrett, Timo Tjahjanto, 2013)

V/H/S 2




Ficha técnica


Título original:
V/H/S 2
Año:
2013
Nacionalidad:
EEUU
Duración:
96 min.
Género:
Suspense, Terror
Director:
Adam Wingard, Eduardo Sánchez, Gareth Evans, Gregg Hale, Jason Eisner, Simon Barrett, Timo Tjahjanto
Guión:
Gareth Evans, Hason Wisner, Jamie Nash, Jason Eisner, John Davies, Simon Barret y Timo Tjahjanto
Reparto:
Laurence Levine, Kelsy Abbott, Simon Barret, Mindy Robinson, Mónica Sánchez, Adam Wingard, Hannah Hughes, John Woods, Corrie Lynn, Brian Udovich, John Karyus, Casey Adams, Jay Saunders, Bette Cassat, Dave Coyne, Wendy Donigan, Devon Brookshire, Blanca Sánchez, Fachry Albar, Hannah Rashid, Oka Antara, Andrew Lincoln, Epy Kusnandar, Lidya Cidey, Riley Eisner, Rylan Loban, Samantha Gracie, Cohen King, Zachary Ford, Josh Ingraham y Jeremie Saunders


Sinopsis


Durante la búsqueda de un estudiante desaparecido, dos investigadores privados irrumpen en su casa abandonada donde encuentran una colección de misteriosas cintas de VHS; en la visualización de los terribles contenidos de cada una, se dan cuenta que puede haber aterradores motivos detrás de la supuesta desaparición de dicho sujeto.



Crítica


V/H/S 2
podría haberse convertido instantáneamente en el más inmediato ejemplo del narcisismo que parece primar en la sociedad actual, considerado por la sociología, la psicología, la psiquiatría social, la filosofía y las diferentes vertientes del análisis cultural como una categoría capaz de explicar la deshumanización o despersonalización que interioriza comúnmente el hombre contemporáneo al estar inmerso en una sociedad en la que el individualismo competitivo prima sobre la categoría periclitada que antaño no podía dibujar al hombre sin una concesión de dignidad metafísica haciendo que la realidad se fragmente al estar impregnada de una telaraña psicoanalítica absorbida en un inmanentismo de la antropología freudiana sin apenas advertirlo; sin embargo, y aunque las cinco piezas que componen el laborioso filme se presentan como grabaciones domésticas reales encontradas con posterioridad de manera fortuita (razonamiento inconcebible a tenor del análisis que suscita el metraje en cuantiosos momentos al narrar los acontecimientos en primera persona de manera subjetiva, poniendo al público en el propio cuerpo del personaje y no en la anunciada cámara que éste porta), el apenas esquemático desarrollo del planteamiento inicial logra esquivar tan indeseable encasillamiento hasta el punto de ser inusualmente impredecible en gran medida gracias al desenfado y exageración con el que son resueltas las situaciones propuestas, interrelacionadas por un siempre presente (y activo) destino mortífero.

El hilo conductor de Simon Barrett, Cinta 49 (la aportación cómica a tanta fatalidad, afirmación a la que se llega al comprobar cómo el integrante masculino de la dupla protagonista pide a gritos ayuda en la morada asaltada mientras la fémina va viéndose consumida mentalmente a medida que avanzan sus visionados pero aún así decide seguir reproduciéndolos), narra cómo dos detectives privados que intentan descubrir el paradero de un solitario estudiante desaparecido pocos días atrás encuentran una serie de películas en VHS (el formato está en desuso total pero sin él el nombre de la película no tendría sentido y, además, dota en gran medida a ésta del entrañable recuerdo que origina rememorar épocas pasadas) en la casa abandonada de éste, misteriosa colección que no dudan en analizar en aras de poder encontrar alguna pista sobre cómo continuar la búsqueda del joven aunque terminar
án por desentrañar las oscuras motivaciones de éste; cómo un sonido estridente puede significar el preludio de una lesión ocular poco común tras ser implantada una cámara en un ojo por parte de la corporación científica a la que uno pudiera pertenecer es lo que propone La primera fase de ensayos clínicos de Adam Wingard, en la que el exceso de movimiento y el sentido del desconcierto emborronan la buena simulación conseguida (incluso el parpadeo es recogido) en lo que comienza siendo una mera consulta médica rutinaria con advertencias de posibles reflejos de luz y termina traduciéndose en múltiples manifestaciones espirituales de certeros sobresaltos pero desastrosa introducción de elementos.

En Un paseo por el parque de Eduardo Sánchez y Gregg Hale un intrépido ciclista que se encuentra disfrutando de un apacible día de verano en un sendero de carretera perteneciente a un parque estatal se topa con una chica que le pide desesperada que socorra a su novio mientras se convierte ésta en un abominable ser ávido de morderle, y es que está inmerso en una horda zombie en plena naturaleza (prontamente se dará cuenta de ello, pues la diferencia respecto a otras tantas narraciones anteriores de idéntica temática es que no se plasma la lucha contra los no muertos sino la pertenencia a los mismos al transformarse en uno de ellos y las correspondientes necesidades alimenticias con todo tipo de detalles); en Refugio seguro de Timo Tjahjanto y Gareth Evans (sin lugar a duda la obra más controvertida pero a la vez la más elogiable al contener ingentes cantidades de sangre tras desarrollarse eficazmente una magistral premisa inteligentemente tipificada) un equipo de investigadores cuyo propósito es el de indagar en las creencias de una secta espiritual de coreanos (sospechoso es el símbolo que con fuerza defienden, exactamente igual al de El proyecto de la bruja de Blair) se integra en dicha comunidad para documentar los entresijos de un estilo de vida peculiar a la par que hostil basada en la pureza extrema en un mundo considerado temporal, entrevistando a varios de sus integrantes mientras desvelan sus secretos m
ás ocultos y padecen en sus propias carnes el plan urdido por el maestro del clan para que sus acérrimos seguidores lleguen a optar a encontrarse frente a las puertas del paraíso entre suicidios, explosiones corporales y nacimientos diabólicos; la conclusiva Fiesta de pijamas de Jason Eisner, nomenclatura (y de hecho todo cuanto acontece en ella) directamente bebedora de la desconocida a nivel popular Alien Abduction: Incident in Lake County, cuenta cómo una inocente fiesta entre jóvenes amigos se torna una horripilante pesadilla mortal cuando una visita inesperada (especificar de procedencia extraterrestre no supone desvelar nada al mostrarse los alienígenas desde los primeros compases) con propósitos nada provechosos para ellos se suma a la velada, un más que predecible y deficiente cierre parcialmente salvable merced a la constante perspectiva a la que se recurre, la de un perro (de hecho un peluche peludo que simula ser dicho animal de compañía con poco esmero).

Siendo la fórmula prácticamente idéntica existen numerosas e importantes diferencias entre la primera y ésta segunda antología, desde el hecho que el número de trabajos se haya visto reducido en dos (seis propuestas eran las que recogía aquella y cuatro la presente amén, en ambos casos, de la superflua historia vinculadora de tan inconexas divagaciones) hasta la colaboración de determinados autores formando equipo, siendo éstas dos de las más determinantes novedades (una ha supuesto una duración total ostensiblemente menor y la otra una mayor correlación de fundamentación narrativa) aun compartiendo la desigualdad cualitativa del producto (el primer fragmento y el último se sitúan muy por debajo de los dos centrales); la implicación de los responsables de los diferentes relatos en los mismos (independientes entre ellos como ocurría en la anterior) es tan dispar como lo son los medios tecnológicos de los cuales han dispuesto éstos para filmarlos, siendo el máximo exponente Simon Barret (escribe, dirige y protagoniza el suyo) y el mínimo la dupla compuesta por Eduardo Sánchez y Gregg Hale (tan siquiera firman el guión del suyo, el cual corre a cargo de Jamie Nash), otro de tantos síntomas que evidencian la forma de visionado que exige V/H/S 2, que no es otra que la de ser juzgada como puro divertimento intrascendental compuesto por macabras e incorrectas ideas plasmadas con suma visceralidad sin dejar de cuidar (con mayor o menor acierto) el apartado audiovisual (el dinamismo que suponen cuatro cortometrajes no ha mermado nada, por suerte, dicha característica).


Es menester reconocer la valía de la producción aunque solamente sea por el increíblemente extenso reparto (repleto de integrantes secundarios, eso sí, pero llama poderosamente la atención que ni un solo actor repita en tan siquiera dos historias diferentes en aras de ahorrar figurantes, lo cual responde a la clara elaboración de cada una de ellas en ubicaciones e incluso períodos completamente diferentes) que se ha empleado para llevarla a cabo, tan coral como interracial (en este aspecto cabe alabar que los típicos tópicos que dictaminan las muertes de los personajes según su país de procedencia no se respete lo más mínimo, posibilitando que el rango de víctimas abarque la plenitud de cuantos aparecen en pantalla); qué duda cabe, la franquicia (ya se la puede considerar como tal al estar confirmada una tercera entrega) se ha consolidado como una cita imperdible que reúne a algunos de los más destacados directores del género de terror, llegando a ser esta continuación más controvertida, demencial, enfermiza, oportuna e intensa si cabe que su predecesora posicionándose como un producto deseado (e ineludible) para cualquier festival especializado, estando destinado a un sector muy amplio pero limitado a un público muy específico (partiendo de la concepción que ningún menor de edad debería visionar jamás semejante retahíla de atrocidades, puede que para no pocos espectadores la cinta se traduzca en un insufrible cúmulo de barbaridades merced a la libertad e insistencia con la que se muestran las escenas explícitas), realidad que es apropiado citar en cualquier caso a fin de no incitar a pensar lo contrario.




Daniel Espinosa

 
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