Día 1 (Sitges Film Festival 2012) 18-09-2021 23:24 (UTC)
   
 

Antiviral
(Brandon Cronenberg, 2012)


Antiviral




Ficha técnica


Título original:
Antiviral
Año:
2012
País:
EEUU
Duración:
110 min.
Género:
Ciencia ficción, Suspense
Director:
Brandon Cronenberg
Guión:
Brandon Cronenberg
Reparto:
Sarah Gadon, Malcolm McDowell, Douglas Smith, Caleb Landry Jones, Joe Pingue, Nicholas Campbell, Lara Jean Chorostecki, Lisa Berry, Salvatore Antonio, Elitsa Bako, Mark Caven, Milton Barnes, Matt Watts, Kim Ly, Andriy Haddad, Jackie English y Reid Morgan


Sinopsis


Syd March es un joven que trabaja en un centro de cultivo biológico que extrae virus de las pieles de los famosos y comercializa con ellos más tarde; Syd trafica con las sustancias y se las administra en su propio cuerpo para poder sacarlas del laboratorio pero, en una de sus pruebas, donde se inyecta el virus de la popular Hannah Geist fallecida más tarde.



Crítica


Afrontar con dignidad y acierto (la primera quimera infinitamente más costosa) la descendencia directiva nunca es sencillo ni halagador, pero si se logra consumar de la forma en la que lo hace Brandon Cronenberg la empresa en absoluto debe suponer una carga, sino todo un descubrimiento personal de celebrada acogida popular; no son pocos los que extrañan la violencia y la singularidad que caracterizaban los primeros trabajos del laureado cineasta canadiense David Cronenberg, añoradas facultades que parecen retornar gracias a su descendiente mediante el que supone su debut cinematográfico detrás de las cámaras (tanto como director como guionista), cuyo significativo título es Antiviral, cinta que mantiene la esencia familiar con admirable elegancia y palpable implicación para desarrollar un complejo entramado basado en la realidad social que contemporáneamente se observa en relación al inmerecido ensalzamiento de las celebridades y los elogios de los que éstas se nutren diariamente para, de esta forma, crear un festín de invasiones subcutáneas (de muy bella factura y tremenda sutileza) y transmutaciones genéticas cuya asintomática frialdad cautiva sin remedio a partir del contagio
vírico percibido como extremo positivismo traduciéndose en un extraño romanticismo (e incluso erotismo) no correspondido que une a las personas empleando un espectacular uso de tonos blancos, espacios asépticos y luz cruda como símbolo del enorme hospital esterilizado en el que se ha convertido la sociedad.

Syd (Caleb Landry Jones, antiguo modelo reconvertido en inconmensurable actor) es un enigmático y entregado joven que trabaja en un centro de cultivo biológico cuyo propósito es el de extraer virus de la piel de los famosos para posteriormente obtener beneficios económicos al comercializar con ellos; los principales clientes son seguidores obsesionados con estrellas del cine y de la moda que, de forma ofuscada, buscan parecerse a ellas hasta en sus enfermedades, pues la finalidad de contratar dichos servicios no es otra que la de adquirir, a través de la pertinente inoculación, las más variadas sintomatologías (un amplio catálogo presentado a los consumidores muestra las amplias posibilidades optativas) de éstas para sentir lo que padecieron en un momento determinado (en concreto uno desagradable).


Estos virus son muy codiciados en el mercado negro, por lo que distintas empresas intentan venderlos de manera ilegal sin garantizar ningún tipo de seguridad a aquellos que puedan adquirirlo, ofreciendo también la posibilidad de comprar piezas carnales de los solicitados famosos (al término del filme incluso se baraja la posibilidad de hacerlo tras la muerte de éstos en aras de alcanzar la máxima innovación, concepto que de estar presente en el producto multiplica los ingresos que éste genera considerablemente); sin embargo, la investigación viral es bastante peligrosa y quien se somete a ella se expone incluso a morir, como le ocurre al propio Syd que, tentado por el fructífero ámbito empresarial, se implica clandestinamente de forma activa en una empresa paralela que produce millones de dólares al experimentar con cultivos celulares, acción que es posible gracias a las sustancias que se administra en su propio cuerpo para poder extraerlas del laboratorio (secuencias de gran poderío visual y contundente sonoridad que penetran en el espectador).


El negocio parece prosperar satisfactoriamente hasta que, en una de sus pruebas, Syd se inyecta el virus de la popular Hannah Geist (Sarah Gadon, sensual a la par que inmaculada), la cual fallece más tarde por motivos conspirativos desconocidos; el atrevido y demacrado traficante quedará entonces expuesto a un virus letal cuya cura únicamente podrá adquirir si descubre la forma de neutralizar la enfermedad en una carrera a contrarreloj por evitar su ineludible muerte, dificultosa tarea a la que deberá hacer frente a pesar de las oposiciones morales y teológicas que inundan de dudas existenciales su correcto raciocinio, severamente dañado tras la grave afectación provocada por las altas dosis inyectadas en su cuerpo a lo largo del proceso evolutivo a modo de consecuencia.


Con incisiva templanza e inteligible elocuencia, Brandon Cronenberg se inicia con una propuesta que no precisa de grandes lindezas (ni visuales ni dialogales, prevaleciendo futuribles realismos y silencios sobrecogedores, los cuales se ven reforzados por la soberbia banda sonora) para causar en el intrigado espectador auténtico estupor, dificultosa tarea lograda en gran medida merced a la excelente labor del reparto actoral (en especial la de un pletórico Caleb Landry Jones, quien demuestra su versatilidad interpretativa de manera tan natural como transitiva bordando cada una de las personalidades por las que su encarnado personaje va transitando) y a la sofisticada aunque entendible evolución argumental que presenta la historia, formalizando lo inconcebible para tornarlo aceptable; el único (aunque importante) aspecto negativo de la película reside en la confusa y algo tosca premisa sobre la que pivota la trama central, denotando tal grado de imaginación que la comprensión de la misma es costosa, aunque una vez sobrepasado el ecuador de la cinta se hace mucho más entendible y disfrutable, convirtiéndose finalmente en apasionante e interesante (a pesar de pecar de previsibilidad el desenlace) ciencia ficción  en la que el dramatismo y la provocación se unen magistralmente, aun conteniendo ciertos elementos criticables y una puesta en escena mejorable en ciertos compases (la escena final, por ejemplo, podría haber acontecido de manera más explícita y clarificadora, hecho extensible a no pocas secuencias de semejante naturaleza mejorables en este aspecto).




Daniel Espinosa



El bosc

(Óscar Aibar, 2012)


El Bosc




Ficha técnica


Título original:
El bosc
Año:
2012
Nacionalidad:
España
Duración:
98 min.
Género:
Drama, Fantástico
Director:
Óscar Aibar
Guión:
Albert Sanchez Pinol
Reparto:
Tom Sizemore, Maria Molins, Alex Brendemühl y Pere Ponce


Sinopsis


En plena Guerra Civil, en la comarca del Bajo Aragón, viven Ramón y su esposa Dora, quienes se ven sorprendidos por la llegada del ejército anarquista; ambos guardan un secreto muy especial que atañe a su familia, pues durante siglos, alrededor de su casa, han ido apareciendo una serie de luces misteriosas de
enigmática procedencia.


Crítica


El atípico cineasta Óscar Aibar (responsable de la laboriosa El gran Vázquez) se sumerge (e intenta hacer lo propio con el espectador, consiguiéndolo escasamente) en una historia fantástica (aunque de ello contenga más bien poco amén de la hipnótica luz azulada presente en el pequeño bosque que da título al filme) ambientada en un periodo fundamental de la historia reciente del país español para, siguiendo los pasos de directores como Agustí Villaronga y Guillermo del Toro (quienes también imbricaron en su momento ambos géneros, el bélico y el fantástico, en películas como la aclamada Pan negro y la aceptable El laberinto del fauno, respectivamente), tratar de iluminar la idiosincrasia que por aquel entonces predominaba; sin embargo, la obra se posiciona para dar mucho más protagonismo al drama vivido en dicha época bélica que para ensalzar el propio contenido fantástico, el cual pasa desapercibido completamente salvo en contadas escenas (la mayoría de ellas pertenecientes al tramo final de la trama), propiciando que El bosc no traspase la frontera de la aceptable y se sitúe en la mediocridad.


Con un excesivo trasfondo político y militar en el que anarquistas, rojos, comunistas, fascistas y moros comparten cartel, la clara contingencia militarista (obviando una de las secuencias finales en la que se recoge de desmesurada y prolongada forma la lucha física entre dos ideales encarnados en los dos protagonistas masculinos de la cinta) que permanece inexplorable durante los noventa minutos de metraje no hace sino confirmar el desperdicio argumental del que el cineasta español ha pecado, irritante en cuanto a acento (un catalán de lo más cerrado predomina, obligando a recurrir a los subtítulos para percatarse de los diálogos) aunque sugerente en cuanto a premisa (la cual se vale de la atemporalidad para racionalizar la visionaria idea sobre la que pivotan todos los elementos presentados paulatina y decepcionantemente).


La historia se centra en las vivencias de Ramón (Alex Brendemühl, tan inexpresivo como en Insensibles, aunque en ésta no tiene cabida tal frialdad) y su esposa Dora (María Molins, impecable y transmisora del terror que padece su personaje), quienes (sobre)viven en plena Guerra Civil ocupando un caserón a las fueras de Matarraña, localidad situada en la comarca del Bajo Aragón, pero el ejército anarquista comandado por El Cojo (Pere Ponce, ridículo en cuanto apariencia e indecente interpretativamente) toma el lugar, por lo que Ramón, confesado fascista de nacimiento, debe desaparecer del mismo hasta que la guerra llegue a su fin para así procurar un futuro digno y repleto de tranquilidad a su mujer y su pequeña hija, la cual permanece en un incomprensible segundo plano en todo momento a pesar de poder haber sido una baza positivista; durante siglos, en el pequeño bosque en forma de misterioso círculo ubicado en las proximidades de la morada, han ido apareciendo una serie de luces inexplicables de procedencia enigmática que se traducen en un portal de azulada luminosidad que transporta a todo aquel que se embarca en el viaje que propone a un idílico paisaje en un universo paralelo que solamente se abre dos veces al año, en las épocas más frías y más calientes (es decir, para San Blas y San Lorenzo), y es que según la creencia popular datada del 1916 (año en el que acontece la primera escena de la película, reveladora pero inconcluyente), en dicho mundo habitan besugos que residen en alcachofas, y la paz que se respira es tal que todos los hombres que han viajado a él no han vuelto.


Amenazado por el nuevo conflicto que acaba de estallar, Ramón decide viajar semestralmente a dicho paraíso mantenido en absoluto secreto (de hecho ancestralmente ha sido así) hasta la fecha volviendo exclusivamente para proporcionarle a Dora primeras necesidades, pues éstas faltan en la impuesta racionalización (las compras alimenticias se llevan a cabo mediante cartones, pues el dinero no tiene valor alguno al haberse generalizado la propiedad de todos los bienes, hecho que plasma con exactitud la ilógica realidad que se vivió), mientras el desconcierto se apodera cada vez más del matrimonio; de este modo, irá transitando entre un mundo y otro, interactuando constantemente con éste (propiciando que la enfermiza obsesión de El Cojo por Dora se magnifique con su presencia) y con aquel (introduciendo conceptos que cambiarán el devenir de la existencia de los besugos, desembocando tales aportaciones en el acto final al que uno de éstos se ve obligado emprender), mientras Dora afronta con la mayor serenidad posible las adversidades que se la presentan continuamente en aras de que llegue el día de poder, finalmente, convivir familiarmente sin presi
ón alguna.

Ingeniosas respuestas como “¿tengo cara de ser un calendario?” a la cuestión de cuál es la fecha concreta o “la dimensión del tiempo en España en diferente” en referencia a la tardanza laboral que caracteriza al territorio patrio, son las mayores virtudes de una propuesta en la que el género fantástico brilla por su ausencia y el melodrama se nutre de insaciables referencias históricas de carácter trágico, tratadas sin profundidad ni las pretensiones psicológicas exigibles sin otro propósito que el de contextualizar la historia; a pesar de ello, no importa la cantidad de erratas que contenga la película (innumerables de hecho), el desenlace más surrealista de la historia del cine español (tal vez convenga concretar Cataluña para no verse envueltos en debates políticos independentistas) acontece en la misma, el cual además de impactar (e invitar a la carcajada más sincera) simboliza el catastrofismo innato que conlleva la existencia de la raza humana, corrompiendo todo aquello que entre en contacto con ella, así como una ingeniosa muestra del egocentrismo que padece dicha etnia (representado en el comportamiento de Ramón, quien se muestra austero de socorrer a un ser de aspecto sospechosamente semejante al de las criaturas de la horrible El bosque que en el pasado, desconociéndolo por completo, le brindó la posibilidad de permanecer protegido y albergado en un entorno propicio para ello, desconociendo que dicha ayuda se traduciría en un breve intervalo de tiempo en la perdición de su raza de forma inevitable).




Daniel Espinosa




The tall man
(Pascal Laugier, 2012)


The tall man




Ficha técnica


Título original:
The tall man
Año:
2012
Nacionalidad:
EEUU, Canadá
Duración:
106 min.
Género:
Drama, Terror
Director: Pascal Laugier
Guión:
Pascal Laugier
Reparto:
Jessica Biel, Stephen McHattie, William Davis, Jodelle Ferland, Samantha Ferris, Colleen Wheeler, Teach Grant, Eve Harlow, Janet Wright, Jakob Davies, Kyle Harrison Breitkopf, Michael Gray y John Mann


Sinopsis


En Cold Rock, una ciudad pequeña que antaño se dedicó a la minería, se han producido varias desapariciones misteriosas en los últimos años, pareciendo tener cada habitante una teoría distinta al respecto, pero para Julia, que ejerce de médico en la población, no son más que habladurías, meras leyendas urbanas; todo cambiará una noche cuando su hijo de cinco años desaparezca a la vista de ésta siendo secuestrado...



Crítica


Con un paupérrimo presupuesto de apenas quince millones de dólares (gran parte de él destinado a cubrir los salarios de los distintos integrantes del reparto), un limitado aunque abrumador marco paisajístico que encuentra su localización en la ciudad de Vancouver, una laboriosa fase de montaje que ha precisado de más de dos años para completarse y una premisa increíblemente prometedora, el polémico director francés Pascal Laugier, tan controvertido como talentoso tras las cámaras, decide embarcarse en la que supone su primera producción de lengua inglesa tras haber dirigido dos filmes de nacionalidad francesa (la mediocre pero correcta El internado y la inmaculada aunque extrema Martyrs), proponiendo en esta ocasión una historia anclada en el género de terror (aunque de éste contenga más bien poco am
én de la inquietante figura que se intuye en cada escena y se observa en el tramo final de la trama) que mezcla a la perfección las leyendas populares y el thriller de tensión para ofrecer al espectador una cinta trascendente, no tanto desde el aspecto cinéfilo como desde el personal; haciendo alarde del recurso temporal (la primera escena acontece día y medio antes que la propia historia) y el visual (la fotografía es inmejorable), el resto de apartados se ven colmados de una inusual incertidumbre que provoca curiosidad e inquietud a raudales, sensaciones que no suelen ser habituales y por las que cabe destacar dicho trabajo, profundo e inteligente como pocos (sirva de ejemplo el simple ejercicio matemático que se presenta en una de las secuencias, tan certero como vinculante con la propia idea central de la misma, consistente en pensar un número y multiplicarlo por dos sumándole seis posteriormente, dividiéndolo después por dos y restándole finalmente el dígito pensado... tres).

Recibiendo como calificaciones comunes las de provocador y salvaje, definitorias características directivas atribuidas tras la comentada última película presentada (incluyéndolo dentro de la nueva oleada de talentos del cine mundial entre la que se encuentran otros como los prestigiosos Alexandre Aja y Alexandre Bustillo), el autor decide tomar la corroborada cifra de los 800.000 niños que desaparecen anualmente en territorio inglés (muchos de ellos encontrados en pocas horas, pero alrededor de mil no hallados nunca) y proponer en base a dicho dato un aturdidor ejercicio de crítica social (no solamente visual, sino conceptual mediante definiciones tan curiosas y oportunas como la vertida sobre la televisión, manteniendo que es una maligna herramienta para lavar el cerebro por parte de las grandes corporaciones para corromper a la gente) e hipotéticas soluciones que podrían adoptarse para detener la continua decadencia social en la que la sociedad actual parece estar inmersa, haciendo referencia al ineludible ciclo de pérdida y dolor que conllevaría el preciso proceso evolutivo, tan fiel a la realidad como difícil de aceptar realmente a juzgar por la paradójica confrontación de religión y moral a la que el autor vuelve a recurrir como ya hiciera en sus anteriores trabajos; sacrificando enormemente el terror y la intriga que pudiera haber suscitado el legendario antagonista de la cinta, no se presupone acertado el hecho de que el dramatismo esté tan presente en todo momento, pues propicia que el baño de ideas se transforme grotescamente en uno de lágrimas y la densidad con la que son narrados los hechos se vuelva insoportable en no precisamente pocos compases.

Julia Denning (Jessica Biel, elegante, emotiva y sencillamente magistral en la constante evolución que su complicado personaje protagoniza) es una enfermera catalogada de doctora por motivos recurrentes en el pequeño pueblo de Cold Rock, una pequeña comunidad deprimida económica y emocionalmente desde que el negocio local, la minería, dejó de dar beneficios, aunque los residentes del lugar sostengan que la involución se debe a la presencia de un temible ser, una inhumana criatura a la que no tardan en catalogar como el Hombre Alto (permaneciendo éste en el anonimato hasta las instantes finales por exigencias del astuto guión), cuyo propósito no es otro que el de llevarse a los niños y niñas del emplazamiento para acabar con sus vidas en el bosque, frondosidad entre la que reside desde hace varias decenas de años; acostumbrada a ver sufrir a la gente e intentar animar y ayudar a multitud de personas que a ella acuden, Julia encuentra su malsana alegría en la figura de su presunto hijo, David (Jakob Davies, poco más que correcto debido a la apatía con la que desarrolla su papel), quien convive diariamente en el hogar de su hermana Christine (Eve Harlow, dramáticamente creíble pero poco transmisora) por causas laborales.

Una fatídica y reveladora noche, el corrosivo Hombre Alto decide actuar de nuevo llevándose a David y desencadenando de este modo una auténtica y enfermiza odisea en la que se verán involucrados la mencionada Julia, la citada Christine, la señora Johnson (Colleen Wheeler, verdaderamente fantástica; una extraña mujer cuyo empobrecimiento parece haber tenido lugar a raíz de la desaparición de su hijo), Tracy (Samantha Ferris, grandiosa es su labor; la cual está de teórica enhorabuena al haber tenido un recién nacido), Jenny (Jodelle Ferland, tan intrigante como en Silent Hill pero cambiada físicamente; la otra hija de Carol, muda pero igualmente elocuente) y el detective Dodd (Stephen McHattie, el cual vuelve a demostrar su enorme talento interpretativo como ya hiciera en Pontypool; el teniente que trata de averiguar la verdad de todo lo relacionado con el Hombre Alto y el paradero desconocido de los pequeños); apelando al egoísmo como recurso natural, todos los ciudadanos desean que la aterradora sombra corpórea opte por elegir a otro en lugar de a su propio hijo (reprochable aunque humanamente comprensible imploración) de manera similar a una gigantesca conspiración, aunque puede que el verdadero infierno se halle en la realidad que viven y el extraño encapuchado sea una especie de misionero que aporte algo de cordura entre tanto descontrol social.

El gran logro del director reside en conseguir que el público se enamore perdidamente de la absoluta protagonista de la trama en veinte minutos para, una vez alcanzada dicha armonía y empatía, dotar de un imprevisible giro argumental (algo fallido en cuanto a conexión del conjunto expuesto) a la película y comenzar a mostrar cómo es en realidad dicho personaje, haciendo valer el dicho que versa sobre las engañosas apariencias al tratarse de un ser despectivo, cínico e interesado (éste último adjetivo se puede aplicar tanto negativa como positivamente, pues el desarrollo de la historia lo haría como malo pero el desenlace como bueno); a pesar de ello, algo decepcionante y mucho más comercial de lo esperado (y, por ende, menos interesante) ha resultado ser The tall man, aunque calará bien hondo en las conciencias de los intrépidos espectadores (pese a que éstos decidirán visionar dicho metraje con el propósito de atisbar el atrevimiento visual que caracteriza a Pascal Laugier, el cual acontece mínimamente) al vincular la leyenda del Hombre Alto a la situación infantil mundial, subestimada a la par que descuidada, al mismo tiempo que proporcionar al ser humano una alternativa ideológica aconsejablemente eludible pero igualmente aceptable, la de tomar medidas drásticas para la población adulta aunque éstas impliquen un severo castigo (en especial la tesitura entre la situación deseada y la propicia, controversia tratada de manera medianamente elocuente en el filme hasta visionar el desenlace).



Daniel Espinosa

 
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