What we do in the shadows 11-12-2017 20:47 (UTC)
   
 

What we do in the shadows
(Jemaine Clement y Taika Cohen, 2014)


What we do in the shadows




Ficha técnica


Título original:
What we do in the shadows
Año:
2014
Nacionalidad:
Nueva Zelanda
Duración:
82 min.
Género:
Acción, Comedia
Director:
Jemaine Clement y Taika Cohen
Guión:
Jemaine Clement y Taika Cohen
Reparto:
Jemaine Clement, Taika Cohen, Jonathan Brugh, Ben Fransham, Cori Gonzales, Stuart Rutherford, Jackie Beek, Elena Stejko, Jason Hoyte, Karen Leary, Mike Minogue, Ian Harcourt y Chelsie Preston


Sinopsis


La repartición de tareas domésticas puede ser un verdadero quebradero de cabeza, pero para cuatro compañeros de piso ese es el menor de los problemas sobre los que discutir, y es que sus preocupaciones se centran m
ás en el único rasgo que comparten, su condición vampírica.


Crítica


No es la primera vez que la dupla direccional de origen neozelandés formada por Taika Cohen y Jemaine Clement trabaja uniendo esfuerzos (en la serie musical The Conchords hicieron lo propio en determinados capítulos, aunque sí se estrena delante de las cámaras el primero iniciándose como actor, faceta que ya había asumido el segundo en el citado producto televisivo) y eso beneficia, en especial, a la fluidez con la que transcurre la trama, hacendosa y categórica como pocas, pero también a la determinación de aclarar desde los primeros compases de qué modo debe entenderse el filme, sin buscar explicaciones a casuísticas que no las requieren sino disfrutarlas como un enorme sinsentido del entretenimiento más espectral; humor disparatado y un enfoque muy distinto al que se daba en la belga Vampires de Vincent Lannoo (resulta propicia una con otra por la evidente compartición de temática, e incluso de recurso narrativo, que se emplea en ambas, aunque en aquella se enfatizaba en un realismo más asumible y en éste una ficción más desinhibida) es lo que ofrece What we do in the shadows, un filme sin demasiadas pretensiones que vuelve a emplear el formato del falso documental para narrar los acontecimientos, una decisión que se antoja sorprendentemente adecuada para el material.

What we do in the shadows  What we do in the shadows
¿Cómo actuaría un grupo de vampiros en la actualidad?
, he aquí la respuesta, intentando adaptarse a la sociedad moderna con obligaciones comunes (pagar el alquiler, hacer las tareas de la casa y asistir a clubs nocturnos) y también extraordinarias (aquellas que les permiten ser inmortales), una reconversión de la visión clásica en la que aprender a vestirse a la moda (al no poder verse en el espejo deciden las indumentarias a partir de retratos dibujados por los demás), lograr entender la tecnología (poder observar el amanecer es concebido como algo erótico) y aprovechar la tesitura en la que se encuentran como método de venganza (los niños buscan pedófilos); la cinta pasaría desapercibida de no ser por portales de cine y festivales especializados (de escasa difusión o tanta relevancia como el Festival de Sundance o el Sitges Film Festival) que, con mayor o menor predisposición (las campañas publicitarias difieren mucho según la implicación asumida), dan repercusión a esta clase de trabajos, películas que no hacen sino corroborar que lo absurdo no tiene por qué ser necesariamente divertido aunque, en gran medida, sí entretenido, por lo menos en su tercio inicial.
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El denominado “Carnaval profano”, la fiesta por excelencia de los difuntos que la presente temporada se celebrará en la Catedral de la Desesperanza, está próximo y un equipo de rodaje (ningún rostro de los componentes del mismo se muestra en ningún instante pero se aclara que no sufren daños gracias a la portación de un crucifijo, protección que no les servirá frente a otras criaturas de la noche) se dispone a grabar la (no) vida de un grupo de ellos que, muy amablemente, les ha concedido la filmación de dicho material con el objetivo de desmitificar su mala reputación; el mismo está compuesto por Deacon (Jonathan Brugh), un nazi de dudosa moral, Viago (Taika Waititi), un romántico de importante pedantería, Vladislav (Jemaine Clement), un medieval de desfase permanente y Petyr (Ben Fransham), un patriarca de aspecto similar al mítico Nosferatu, de ciento ochenta y tres, trescientos setenta y nueve, ochocientos sesenta y dos y ocho mil años respectivamente, quienes comparten piso en Wellington siendo la envidia de humanos como Nick (Cori Gonzales), el cual desea con ansia poder formar parte de esa pequeña familia nacida de la necesidad gregaria innata en la especie terrícola (tanto orgánica como inerte) de cierto aprovechamiento
grupal.
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Con poderes (hipnotizar a quién deseen para que éste haga lo que le dicten, transformarse en murciélagos para recorrer grandes distancias en poco tiempo...) pero también muchas debilidades (no ingerir alimentos sólidos, declinar cualquier objeto hecho de plata, reposar en ataúdes, conciliar el sueño a plena luz del día, evitar la luz solar, respetar la enemistad que mantienen desde siempre con los hombres lobo, ser invitados para poder entrar en los sitios, morder en el cuello tratando de evitar hacerlo en la arteria principal para no salpicar en exceso...), los comúnmente conocidos como chupasangres habitan en consciente armonía y relativa paz como cualquier otra clase; así, exponiendo sus predilecciones (algunas con argumentos realmente mediocres, como que prefieren que las víctimas sean vírgenes por mero capricho, ya que “si te comes un sándwich lo disfrutas más si sabes que nadie se lo ha follado”) mientras asustan, batallan, comen, danzan, discuten, duermen, friegan, juzgan, procesan, vuelan... el cuarteto de curiosos no muertos aprenderá cuán dura es la inmortalidad (sin dejar de reflexionar acerca de la vejez, la cual también implica un alto grado de sufrimiento) y lo desactualizados que estaban (los avances conllevan, como es sabido, grandes facilidades comunicativas pero también el peligro de un aislamiento permanente).

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Puede que a algunos fans del género que prefieren lo b
ásico a lo satírico se deleiten, pero al resto se les antojará anémica al no ser ni remotamente peculiar ni lo suficientemente ingeniosa como para alcanzar la catalogación de culto, y es que, como sucede con las obras de Sacha Baron Cohen (Ali G, Borat, Bruno, El Dictador...), va perdiendo la gracia a medida que avanza sucediéndose las sandeces, con altibajos que van desde lo insigne a lo patético, por no entrar en análisis profundos acerca del lenguaje empleado, bastando sentenciar que no tiene por qué ser soez para hacer reír; la intención de Jemaine Clement y Taika Cohen es la de ofrecer un desmadre bidimensional y eso lo han conseguido con creces pero, en cuanto al resultado, faltaría haber dotado de más carácter a unas caricaturescas personalidades tremendamente atractivas y escasamente exprimidas (concentrar en una misma trama a hasta seis personajes aprovechables para no conceder el suficiente número de minutos al desarrollo de ninguno de ellos no resulta conveniente), mereciendo una mención especial el maquillaje y los efectos especiales, muy logrados sendos apartados en cualquier caso.


Daniel Espinosa




 
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