Zombeavers 11-12-2017 20:50 (UTC)
   
 

Zombeavers
(Jordan Rubin, 2014)


Zombeavers




Ficha técnica


Título original:
Zombeavers
Año:
2014
Nacionalidad:
EEUU
Duración:
81 min.
Género:
Comedia, Terror
Director:
Jordan Rubin
Guión:
Al Kaplan, Jon Kaplan y Jordan Rubin
Reparto:
Cortney Palm, Lexi Atkins, Rachel Melvin, Bill Burr, Hutch Dano, Jake Weary, Chad Anderson, Rex Linn, Brent Briscoe y Peter Gilroy


Sinopsis


Un grupo de jóvenes pretende pasar un fin de semana de diversión; su plan se truncará al cruzarse en su camino un grupo de castores zombies...



Crítica


La mejor manera de iniciarse en el celuloide hoy en día parece ser seguir la corriente que más buenos resultados esté dando (es tan variable el gusto de los espectadores de un mes a otro que una propuesta tan indecente como Sharknado puede convertirse en un fenómeno de masas y otra tan hipnótica como The possession of Michael King apenas gozar de difusión más a allá de aquellos pocos habituados a leer opiniones de corte independiente) y, respetando ésta lógica transformada por inexplicables cuestiones en máxima, Jordan Rubin decide ubicarse detrás de las cámaras haciendo uso del frecuentado subgénero de animales asesinos; la fauna siempre ha sido un gran escaparate de horrores, pero nunca antes la especie castora fue la elegida para encarnar al diablo en la tierra, al mal en la bondad, pudiéndose añadir a la larga lista a partir de ahora gracias a Zombeavers, una película cuya única pretensión es divertir y, dicho y hecho, el guión (sorprende que para urdir uno tan simple hayan sido precisas tres personas, el propio autor, Al Kaplan y Jon Kaplan) solamente va encaminado a congregar contextos cómicos para que éstos luzcan tanto como las jóvenes (sería extensible el componente masculino pero el principal es el femenino), que prestarán sus cuerpos en virtud de las afiladas y enormes paletas de los mismos.

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Ateniendo a la desmesurada expectación que esta clase de películas de pura serie z (tildarla de b sería un alago inmerecido) no estaría de más llevar a cabo un exhaustivo estudio social con el objetivo de tratar de comprender a qué se debe tan decadente reclamo masivo (las colas de las proyecciones en el Sitges Film Festival 2014 alcanzaban cotas realmente desorbitadas y en la edición del dos mil quince, ofreciéndose de forma gratuita en el recientemente estrenado Espacio Movistar, la masiva afluencia provocó más de una declinación de acceso a pesar de haberse exhibido en algunas salas comerciales y otros certámenes meses antes), generándose un ambiente sobrecogedor del que uno forma parte aunque no pretenda hacerlo; sin embargo, una cosa es y otra muy distinta la valía de la producción, en este caso un cúmulo de sandeces que atrapa en su primera media hora (las filmadoras simulando ser los rabiosos portadores en movimiento al más puro estilo Sam Raimi en la mítica Posesión Infernal son una delicia) pero decepciona el tiempo restante (tampoco demasiado, pues abarca setenta minutos más diez de tomas falsas y menos de uno tras la mención de quienes han hecho posible el filme, minúscula aportación cuya función no es otra que la de dejar entrever que una secuela verá la luz con abejas como protagonistas), pues recrearse en esculturales cuerpos (si bien senos al desnudo, cómo no operados, sólo se recogen dos mediante el alegato de conseguir un moreno sin líneas) y abusar de infantiles comentarios no hace sino aburrir antes (para muchos) o despu
és (para los pacientes).
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Dos descuidados (y poco menos que temerarios) transportistas de residuos tóxicos (cuyos rostros sólo se captan al principio y al término, contrayendo no obstante una relevancia suprema en cuanto a devenir de los acontecimientos se refiere) sufren una pequeña colisión que da como resultado la pérdida de un bidón, el cual viaja río abajo (puede que sea oportuno que la acción transcurre íntegramente en un frondoso e impoluto bosque y, más concretamente, en una solitaria ciénaga) hasta impactar contra un dique de castores, convirtiéndoles en no muertos sedientes de vísceras y, en especial, de sangre; paralelamente, Zoe, Jenn y Mary (Cortney Palm, Lexi Atkins y Rachel Melvin respectivamente, trío de féminas a cada cual más atractiva que bordan sus estereotípicos papeles), tres inseparables amigas que comparten algo más que gusto por la moda (a medida que la trama avance se irán desvelando), se disponen a realizar una escapada de fin de semana junto a su perro Gosling a la casa de la última citada (desocupada al encontrarse veraneando sus inquilinos habituales, o lo que es lo mismo, sus primos) para alejarse de la civilización que tanto las estresa y los chicos que cada vez menos empatía las despierta (lo cierto es que la orgía de seguridad que determinado macho alfa plantea más tarde las otorga algo de razón).

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La cabaña en cuestión, sin disponibilidad de cobertura (las llamadas sólo  pueden emitirse desde un teléfono fijo, aparato al que muchos ya no tienen afecto alguno) ni asistencia médica (el hospital más cercano está a cincuenta quilómetros de distancia), se encuentra próxima al lugar del fatídico incidente, no tardando ninguna de ellas en sentir odio por el campo (alguna por el mero hecho de que no haya farolas, y es que la inteligencia brilla por su ausencia en ellas como bien demuestra el detalle de concebir que la orina de los roedores es verde) y los hombres, pues sus parejas (actuales y anteriores) han acudido también a la fiesta; unos atacando con precisas comidas de árboles (al caer e impactar sobre sus presas acaban con ellas) y otros defendiéndose con bates, mascotas, cuchillos, rifles, hachas, martillos y estacas (éste es el listado completo del arsenal), la batalla se tornará campal a medida que el vecindario entre en contacto con el parásito giarda, tan contagioso por naturaleza como letal por contracción, debiendo aislarse el ahora sexteto sellando todas las puertas y ventanas para impedir que acaben con ellos, pero han omitido que los sentidos de la amenaza están mucho más desarrollados que los suyos y, sobre todo, que saben (mucho y bien) cavar túneles...

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Contrarrestando la falta de originalidad con enormes muestras de desparpajo (más bien poco grato, por otro lado), Jordan Rubin firma una cinta en la que todo se reduce a peluches persiguiendo jóvenes de buen ver, simplicidad que provoca risas y vergüenza ajena por igual, una invitación formal a acudir al funeral del matrimonio entre el terror y los zombies enviada por los compositores de otra deleznable obra, Pirañaconda aunque, a diferencia de aquella, ésta al menos sigue una táctica más despreocupadamente convincente; acudir a la sala (o, en su defecto, al visionado casero) sin mayor pretensión que la de pasar un rato ameno es una condición esencial para considerar Zombeavers un largometraje limítrofe (siendo conscientes de la poca exigibilidad que implica), no llegando a la indignidad pero tampoco significando más que una serie de efectos de ínfima calidad (de hecho tal característica engrandece semejantes productos) con dos vigorosos alegatos diferenciales, la luminiscencia de los ojos de los envenenados (la reminiscencia de la ya añeja pero inolvidable El pueblo de los malditos de Wolf Rilla es inevitable) y los créditos de apertura (los mismos aúnan imágenes reales y animadas lujosamente), ni uno más amén del presunto y ya sabido encanto global que de semejante parodia c
íclica se concibe.


Daniel Espinosa




 
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