- El pequeño gran cine 13-12-2017 22:29 (UTC)
   
 

“El pequeño gran cine”, de Daniel Espinosa para Fantosfreak 2014



El pequeño gran cine


¿Quién es el verdadero responsable de la supuesta debacle de un fenómeno tan grato como el que aquí se trata?, ¿qué interés puede haber en incrementar el desconsuelo de los que tanto aman el siempre fructífero séptimo arte proporcionando insustanciales datos de incontrolable impacto?, ¿cuándo se inició tan desilusoria corriente dañina del menos es más pero sin el factor sumatorio?, ¿dónde reside la solución definitiva al percal objeto del presente debate?, ¿por qué optar por una visión cierta pero catastrófica cuando se puede elegir otra igualmente sincera pero mucho más próspera?, ¿cómo afrontar serenamente el problema en cuestión y reclamar a quienes corresponda lo que es mínimamente exigible?... éstas y muchas otras cuestiones encuentran difícil contestación si uno no se enfunda el disfraz de erudito supremo guardado en el cajón de la pretenciosidad más efímera, pero no es preciso responderlas explícitamente para desarrollar algunas hipótesis al respecto sin olvidar la profundidad que el asunto demanda, siendo ésta la posición elegida por mi persona para, a partir de una serie de ideas bien simples, tal vez divagaciones (que cada cual lo juzgue según su criterio), exponer mi parecer sin extenderme en exceso ni inmiscuirme en terrenos muy pantanosos.


Cuando un servidor era pequeño (entiéndase como tan subjetivo término los cinco años de edad, lo cual implica remontarse dos décadas atrás) los cortometrajes tenían el único objetivo de ejercer de teloneros de películas, siendo poco menos que desinhibidas bromas realizadas entre amigos a modo de distracción alternativa, amén de las reuniones clandestinas de los fines de semana, con poca rigurosidad y menos sentido, algo que ahora resulta impensable al presentar las inmensa mayoría de las piezas compartidoras de dichas características temporales una calidad y un contenido tales que nadie puede cuestionar la necesidad de que existan, y es precisamente en este punto cuando eventos como el Fantosfreak se tornan indispensables, traduciéndose ante todo en inmejorables escaparates para aquellos aventureros (tildarlos de osados tampoco sería un error) que, con poco presupuesto pero mucha ilusión, se atreven a plasmar en imágenes sus creaciones primigeniamente mentales; no me considero (ni es mi intención inmediata serlo) un profesional del medio, pero desde hace aproximadamente un lustro he dedicado gran parte de mi tiempo libre (así como otro teóricamente consignado a menesteres de mayor necesidad particular) a verter mis opiniones respecto a las obras de cuantos he tenido conocimiento (con las limitaciones que la no eternidad humana impone a todo ser), razonando siempre mi sentir con argumentos de cuestionable compartición pero irrefutable elocuencia, y he aprendido que sólo a partir de ese ejercicio de análisis se puede valorar como es debido la laboriosidad que conlleva llevarlas a cabo, desde cada fotograma del director hasta cada gesto de los actores, pasando por cada letra del guionista (quien normalmente responde al mismo nombre que del responsable), concienciándome de que talento ha habido, hay y habrá pero solamente con la ayuda de todos podrá seguir siendo así, continuar convirtiéndose los sueños (al fin y al cabo eso son originariamente) en (normal y plausiblemente quimérica) realidad, siendo el destino de esta aclaración no tanto remover consciencias en torno a las veces que se ha podido colaborar con personas como las relatadas y no se ha hecho por unos motivos u otros como poner de manifiesto que, pese a todo lo malo presente (y futuro, al menos hasta que una cierta y prometida estabilidad impere), nunca hay que perder la esperanza, pues quien se propone algo con mucho (demasiado) esfuerzo puede lograr consumarlo y conformar una experiencia audiovisual única que ofrecer a centenares de
ávidos.

El motivo de haber preferido optar por esta vertiente más íntima en lugar de por otra más popular, sin entrar en apenas matizaciones ni experiencias (añadirlas suele significar urdir falsos testimonios o afectados para refutar lo sostenido) para mostrar mi sentir sobre una controversia que origina pesimismos es poseer la firme creencia de que debiera servir justamente para lo contrario, para congratularse del lugar que esta clase de trabajos han ido labrándose hasta ocuparlo soberanamente y disfrutar de certámenes íntegramente propuestos para ellos, así como alabar los gratificantes momentos que brindan tanto al público como a las máximos mandatarios de la industria cinematográfica, para unos porque el regocije es mayúsculo y para otros porque en no pocas ocasiones son la carta de presentación de un inminente salto a la gran pantalla de un individuo que, sin el infravalorado universo del cortometraje, nunca se hubiera dado a conocer; así, sin referirme al ámbito internacional o patrio al poderse aplicar todo lo expuesto a ambos, es menester recordar que se puede (y debe) extraer la parte positiva incluso de las mismas entrañas del negativismo, restando reiterar la suma relevancia de acontecimientos como éste (que ya cumple nada menos que quince años, algo que denota interés común y pertinencia cultural) cada vez más popularizados, puede que menos comerciales que otros pero más transgresores y, por ende, interesantes, un fiel reflejo del colosal imaginario que aguarda en no pocos realizadores, por lo que recomendarlos fervientemente y promocionarlos eternamente cuanto se pueda es más una obligación que una opción si se medita bien.



Daniel Espinosa

 
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