L’étrange couleur des larmes de ton corps 24-07-2017 18:28 (UTC)
   
 

L’étrange couleur des larmes de ton corps
(Bruno Forzani y Hélène Cattet, 2013)


L’étrange couleur des larmes de ton corps




Ficha técnica


Título original:
L’étrange couleur des larmes de ton corps
Año:
2013
Nacionalidad:
Bélgica
Duración:
99 min.
Género:
Drama, Suspense
Director:
Bruno Forzani y Hélène Cattet
Guión:
Bruno Forzani y Hélène Cattet
Reparto:
Klaus Tange, Sylvia Camarda, Sam Louwyck y Anna D’Annunzio


Sinopsis


Un hombre decide investigar las extrañas circunstancias de la desaparición de su mujer; ¿acaso le ha abandonado o está muerta?



Crítica


Encontrarse a día de hoy con un artefacto enfermizamente orgiástico que se escucha por la retina y se ve por el oído, que habla mediante los sonidos, la imagen, el montaje y los detalles y no a través de la palabra es ya de por sí plausible por la originalidad que implica, aunque ello implique disponerse a realizar un ejercicio extremo de comprensión abstracta (un ojo plasmado con enorme ampliación, la piel de una mano a toda pantalla pudiéndose apreciar los poros e incluso contar los pelos, el chillido de una fémina sicodélica... son algunos ejemplos de ello); la sinfonía intrínsecamente audiovisual de intimista factura que presenta la dupla direccional (concretar que se trata de Bruno Forzani y Hélène Cattet para clarificar las directrices que depara la cinta no está de más a fin de notificar la extravagancia sostenida que se desarrolla en la misma) es tan introspectiva que resulta sensorial y sensual a la par que malsana e inicua, pero la persuasión siempre está ahí, a través de amenazas, agresiones y penetraciones no manifiestas envueltas en un aura tan fetichista como intensa que tiene en los cueros, los cuchillos y los cristales rotos sus armas primordiales y en la figura de un presumible malhechor al que nadie consigue poner rostro el nexo común supremo.

L’étrange couleur des larmes de ton corps  L’étrange couleur des larmes de ton corps
En su cortometraje homónimo respecto a la presente película (en efecto, para quien lo desconozca todo nació de un trabajo temporalmente mucho menos extenso), los autores conseguían el milagro de narrar una historia dentro de un plano enfocado desde una perspectiva para nada convencional y, sin moverse la cámara lo más mínimo, todo se construía sobre los reflejos y la formalidad del encuadre usando algunos códigos clásicos (guantes negros, fotografía con colores fuertes y contrastados entre otros) para generar además una mayúscula inquietud partiendo de aspectos formales para ofrecer en rompedora seducción; en su siguiente obra, Amer (triunfadora en numerosos festivales al ser tan fascinante como angustiante), llevaron su peculiar estilo más lejos para, ahora sí con movimiento, desarrollando la historia como si de una alegoría de la propia vida pasando por tres fases muy determinadas se tratase, metódica cualidad que han intentado repetir con considerable menor fortuna en L’étrange couleur des larmes de ton corps, pues aunque se trata de un trabajo con destellos de cierta fuerza, el sentir global no causa tantas buenas sensaciones como hicieran las mencionadas incursiones anteriores (muchas de las muertes quedan sin apenas aclaración de los hechos y las escenas narradas a partir de una sucesión de capturas fotográficas son más espinosas si cabe que el resto, acentuando el desagradable sentimiento de repulsión que se trate de una insistencia).

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Dan (Klaus Tange, el cual aparece en pantalla en prácticamente la totalidad del metraje demostrando una irreprochable profesionalidad, sobre todo en los compases que simula un desvarío extremo), un experto en telecomunicaciones del poco se desvela amén de que es considerado un ser despreciable por quienes les rodean, regresa a casa y se encuentra con la desagradable sorpresa de que su mujer ha desaparecido repentinamente (poco después se manifestará que ha sido brutalmente apuñalada en la cabeza) y solamente la vecina del séptimo parece tener respuestas al respecto; promovido por descubrir no sólo el paradero de la citada sino el de todas las víctimas que en los últimos días han padecido idéntico destino a manos de un infatigable psicópata cuyo entretenimiento es separar matrimonios y destrozar familias sin importarle si se trata de integrantes femeninos o masculinos, el arisco virtuoso de la tecnología (cuanto menos eso hace suponer su laborío) de impone desvelar el enigma que se encuentra tras tan misterioso asesino, conociendo tempranamente que el asunto guarda una estrecha relación con el edificio en el que reside y, más concretamente, con una antigua inquilina del mismo y los secretos que tras su ausencia quedaron impregnados en las paredes del restaurado bloque de viviendas, viéndose gradualmente inmerso en una serie de situaciones a cada cual más violenta (y argumentalmente relevante) que la que le precede...

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Preciosista hasta la extenuación, el valor artístico de la cinta, perfecto en su imperfección, es tan loable que bien merece la pena disfrutarlo, aunque tal vez hubiese sido más oportuno exhibirlo en una galería de arte que en una sala (o en su defecto en un diseño ocular vía internet mediante la correspondiente difusión online), porque el infinito número de efectos visuales empleados no funciona para contar una historia pero sí para transmitir unas emociones poco convencionales y metafísicas, por lo que entusiasma parcialmente pero bastante antes de llegar al ecuador el interés desparece dejando paso a la curiosidad, la cual termina por no complacer al ser curioso pero redundante y efímero el trabajo, no pudiendo el cuerpo (ni sobre todo la mente) con tanto imaginario emocional; el principal inconveniente de la propuesta reside en que se percibe como una especie de boceto cuya intención narrativa se limita apenas al primer cuarto (posteriormente la evidencia de que lo que para unos es puro vicio para otros es placer, por más incomprensible que se antoje, queda muy bien plasmado pero ridículamente temerario), volviéndose a partir de entonces el inquietante filme en un vertiginoso forzamiento de la experimentación formal que, de tan irregular que resulta (a secuencias de indudable potencia le siguen otras de liviano convencionalismo, propiciando que el único estado anímico de perenne permanencia sea el de frialdad), siendo la lectura totalmente subjetiva y, por ende, injusto no recomendarla pero tampoco animar a hacerlo.

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L’étrange couleur des larmes de ton corps
ha sido definida como “un Amer amplificado en los cinco sentidos con toques del David Lynch de Carretera perdida, del Roman Polanski de El quimérico inquilino, del Otto Preminger de Laura e incluso del Alfred Hitchcock de Vértigo”, y lo cierto es que tal afirmación, aunque osada y muy posiblemente exagerada, se aleja poco de la realidad en lo referente a la laboriosidad que exige la obra que, pese a ser mayormente frustrante debido a que no es disfrutable más allá de la rareza constructiva a la que se recurre, no contiene los momentos de angustiosa intensidad que debiera, mas cabría añadir aquello de que se trata de una película de culto para advertir de antemano de la peculiaridad en la que se traduce la trama; el nuevo trabajo de Bruno Forzani y Hélène Cattet es todo un homenaje al cine italiano de los años setenta pero también a la majestuosa arquitectura de numerosas construcciones bruselenses, una sinfonía entre colores, escalofríos, lágrimas, sangre y mujeres fatales (el amplio sentido de esto último cobra una importancia absoluta en no pocos instantes al ir evolucionando la apreciación a atribuir) que ofrece una experiencia puramente sensorial, tanto que el exceso de planos imposibles (desenfocados u ofrecedores de perspectivas inhóspitas) es su mayor virtud y a la vez su más evidente inconveniente, haciendo alarde de inconexo ocultismo e infinitos detalles tórridos (figurada o explícita), una alternativa fílmica poco efectiva que, sin embargo, resulta absorbente.


Daniel Espinosa




 
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