The human centipede II: Full sequence 20-08-2019 06:30 (UTC)
   
 

The human centipede II: Full sequence
(Tom Six, 2011)






Ficha técnica

Título original: The human centipede II: Full sequence
Año: 2011
Nacionalidad: Holanda
Duración: 86 min.
Género: Drama, Terror
Director: Tom Six
Guión: Tom Six
Reparto: Laurence Harvey, Ashylnn Yennie, Dominic Borrelli, Georgia Goodrick, Lucas Hansen, Emma Lock, Dan Burmaner y Bill Hutchens


Sinopsis

Un solitario con problemas mentales que trabaja en el turno nocturno como guardia de seguridad en un estacionamiento subterráneo pone en marcha un plan para emular el ciempiés humano que tantas veces ha visto en su película favorita en el pequeño televisor de su oficina...


Valoración

Lo mejor: la confesión del director antes del lanzamiento de la pieza, a modo de adelanto argumental, de que la misma sería muy diferente a la original (tanto para bien por no compartir apenas matices con aquella como para mal precisamente por lo mismo) para, un año más tarde (y tras prohibirse en varios países, entre ellos uno coproductor, el Reino Unido), comprobarse que así es, habiéndose invertido el tiempo necesario para que contenga una labor cinematográfica de calidad y una fotografía sencillamente sobresaliente partiendo de la asombrosa y a la vez ridícula idea de la original eludiendo a la extravagancia como método de reclamo (coser a varias personas entre sí respetando la obviedad de que los alimentos deben introducirse por la cavidad bocal del primero y salir por el aparato excretor del último para que formen un solo sistema digestivo sería la mejor síntesis si se aluden detalles técnicos de menor aunque considerable importancia), pudiéndose tildar aquella respecto a la presente de cometida y desenfadada (si bien algunos comportamientos y percales siguen percibiéndose cómicos), y es que el arduo proceso de rodaje ha dado como resultado una propuesta de inquietante maestría que, no obstante, solamente los auténticos degustadores de lo desquiciante, enfermizo y repugnante sabrán tolerar como es debido (algunas secuencias permanecerán imborrables para siempre incluso en las más depravadas mentes), quedando absorbidos por ella desde el segundo uno y, si es tomada en serio, despertando un tremendo sentimiento de gratitud de la ofensa que profiere cada toma (la dureza extrema de determinadas ocurrencias como la masturbación con papel de lija en la mano activa es tremenda y ejemplificadora de la enajenación exhibida); el meticuloso ejercicio (nada casual sino consciente) que contiene la película (sin ir más lejos la fascinación con la que la figura del ciempiés se convierte en un símbolo fálico), un fulminante viaje al epicentro del delirio más excesivo que va más allá del onanismo y ofrece alternativas en base a la buena construcción de un personaje principal que se ve rápidamente eliminada en un segundo acto (casi tercero por duración) en el que la creación de la prometida invención humana es el único objetivo de plasmación, reflejándose el desconocimiento (y correspondiente retahíla de atrocidades) de quien lleva a cabo tan detestable experimento desde un punto de vista satírico pero sobrio, obviando dibujar sonrisas a pesar de lo que sucede en pantalla, siendo más adelante cuando el responsable trata de trascender y pierde cierta entidad; la brillante interpretación de Laurence Harvey encarnando a un solitario asmático mentalmente discapacitado (además de pervertido) que vive con su madre en un barrio marginal londinense merece una mención a parte, siendo un villano de ensueño que se percibe como una especie de camaleón cuyo estrabismo y enormidad corporal (aun siendo su tamaño cercano al enanismo) son rasgos que aterran de veras apenas profiriendo unas pocas palabras, la mayoría de ellas fruto de divagaciones, pues apenas habla a lo largo de todo el largometraje.

Lo peor: la casi quimérica dificultad para discernir entre realidad y ficción (entendiendo como tales la propia esencia del autor), pues en la cinta se pronuncian diálogos con cierta sorna y es fácil trazar una delgada línea entre el improvisado doctor y el propio realizador en una repetición casi exacta de la fase de adiestramiento (la cual podría haber sido suprimida sin el más mínimo inconveniente), constatándose que no nace sólo como provocación sino que hay una necesidad imperial y puede que incluso deje entrever (por no sentenciar que lo hace explícitamente) que se puede lograr convertir lo atrozmente desagradable en un admirable arte a través de la firme convicción en una idea cualquiera, por absurda e irracional que pueda antojarse, lo cual no hace sino espantar sobremanera; la caricatura (no puede llegar a denominarse retrato) de alguien al borde de la locura por culpa de su padre carcelario que sigue traumatizado por la difícil niñez que padeció (los abusos psicológicos y sexuales por parte de su progenitor eran habituales) solo encontrando razón de vivir en superar la hazaña de quien él considera su guía (es decir, el pletórico Dieter Laser) aumentando el número de participantes (la fundamentación de las elecciones, por desgracia, no queda nada clara) en su composición de tres a nada menos que doce, una personalidad desdibujada hasta convertirse en mera excusa tormentosa (no tanto para él sino para el resto de la humanidad y, más concretamente, para sus sufridas víctimas); la controversia continúa, la polémica aumenta y el entretenimiento se disfraza de macabro vanguardismo provocando tantas náuseas entre los que creen firmemente que producciones de semejante índole no deberían tan siquiera ver la luz en el ámbito doméstico como levantamiento de pulgares entre aquellos masoquistas que disfrutan con esta especie de reducción al absurdo (así la definió  la prestigiosa revista Variety junto con otras lindezas), disparidad de opiniones (todas ellas aceptables en cualquier caso) que impiden catalogarla de sobresaliente para la mayoría (he aquí el motivo de este alegato negativo) pero demencial (en sentido positivo) para un sector muy selecto tanto en la versión original (en apasionante blanco y negro) como en la comercializada años después (a todo color), contradiciendo para éstos la máxima de que segundas partes nunca fueron buenas (después de El padrino 2 no volvió a ser categórica) una secuela directa que, contra todo pronóstico, resulta más escatológica, nociva, visceral y, en resumen, poderosa que su flamante antecesora.

Daniel Espinosa


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