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“Epílogos: Fragmentos de un adiós”, de Jonathan Falconez

“A quien fui cundo amé sin reservas, a quien soy mientras aprendo a soltar, a quien seré cuando por fin haya sanado... para todos aquellos que han amado, perdido y encontrado en sí mismos su propio refugio”, con tan profunda dedicatoria da inicio Epílogos: Fragmentos de un adiós; el trabajo en cuestión supone la ópera prima (al menos compartida popularmente con el mundo) de Jonathan Falconez, el cual hace valer aquello de “no es más grande quien más ocupa sino quien más vacío deja cuando se va” para posicionarse a la altura de las circunstancias en relación al delicado tema que aborda emulando una especie de ensayo poético en el que la transparencia se torna extrema.

Tras la Introducción (una sincera premisa sobre las pretensiones buscadas) y el Prólogo (un órdago a la libertad emocional animando a los que padezcan algo parecido) tienen lugar los diecisiete segmentos (de corta extensión e interconectados entre sí), terminando con el anexo Nunca volverás (a modo de firme propósito para autoconvencerse); como en la cinta Annie Hall de Woody Allen “cómo quieres que te olvide si cuando comienzo a olvidarte me olvido de olvidarte y comienzo a recordarte”, antojándose el resumen perfecto de la novela (lo es en esencia al narrar una retahíla de duales contradicciones de singular mensaje pero múltiples lecturas) analizada.

Los fragmentos obedecen a reveladores títulos (Mi última página en blanco, Ojalá, Un amor que era infinito, 28: La esperanza que no muere, Pasado, Contradicciones vs verdad, Sus recuerdos su veneno, Amé, El eco de lo que fuimos, Y ahora ¿quién soy en tu historia?, Mi última certeza, Febrero, Donde terminó todo: Dos meses, El duelo el desamor y el duelo, Realidad y duelo, Adiós mi amor y La última: Dualidad), confeccionando entre todos un sentimental viaje de no retorno hacia la asimilación; lo que empieza como ofuscación deriva en resignación, descubriendo paulatinamente que la mejor manera de afrontar una pérdida irreversible es aceptándola con suma naturalidad.

No es una historia de superación al uso sino un conmovedor (casi dramático) e introspectivo viaje que pivota sobre el amor que puede extrapolarse a muchos otros ámbitos de la vida cambiando ligeros elementos, aunque lo que para unos será tierna devoción para otros se antojará enfermiza obsesión (cuando el anhelo se vuelve lamento por más alegatos positivos que se den); en cualquier caso nadie diría que se trata del primer libro del autor a juzgar por la convicción con la que plasma sus vivencias a través de una prosa digna de alabar, decidiendo abrirse sin restricciones para exponer sus ideas con argumentos humanos (no espirituales) más pasionales que racionales.

Las frases lapidarias se suceden sin tregua (“a veces el amor no se pierde de golpe sino en pequeñas despedidas que nunca imaginamos definitivas” o “el amor duele cuando se va pero también cuando se queda donde ya no pertenece” entre otras), invitando a reflexionar; la editorial amiga Yeray Ediciones (cuyo catálogo se irá reseñando en adelante) ha publicado en formato físico tan infrecuente obra en una edición compacta (las dimensiones permiten portarlo con facilidad), percibiéndose de lujo al tacto (con acabados suaves ligeramente brillantes que incluyen solapas de presentación del artífice e incremento de la colección) denotando la profesionalidad derrochada.

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Daniel Espinosa, a fecha 20 de abril del 2026
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