- Hallazgos 16-08-2017 21:52 (UTC)
   
 

   “Hallazgos”, de Daniel Espinosa para Klowns Horror Fanzine #5



  “Alien abduction: Incident in Lake County”: la invasión subjetiva

Alien abduction: Incident in Lake CountyAlien abduction: Incident in Lake CountyAlien abduction: Incident in Lake County
Indagando superficialmente por la red se leen muy buenas críticas sobre la película que ocupa, cuyo título es tan largo como ínfima calidad visual ofrecida en ella, pero es posible que uno no se atreva a visionarla por miedo a que la oportunidad brindada a este falso documental resultara una pérdida de tiempo (nada más lejos de la realidad); no es casualidad que el mencionado apartado técnico esté (o al menos eso se
quiera dar a entender) deteriorado, ya que la intención de que así sea es transmitir todavía más si cabe el terror que la familia protagonista sufre la noche de Acción de Gracias, cita en la que ocurren unos sucesos tan estremecedores que resulta difícil contarlos (a pesar de que todo esté preparado y resulte obvio que nada es cierto, verdaderamente se transmiten con gran acierto el teórico pánico que los personajes padecen mediante este singular modo de grabación).

Creada por Dick Clark Producciones y dirigida por Dean Alioto, el largometraje creó gran conmoción en el año de su estreno al tratarse, supuestamente, de una recreación de “La cinta McPherson”, un vídeo casero (teóricamente real) en el que se podía observar cómo dicho clan era el objetivo de una abducción alienígena y, pese a que lo cierto es que hoy en día eso parece absurdo y sería descabellado pensar que algo de lo plasmado está basado en algo verídico, ciertamente consigue copar de inquietudes al espectador que observa, perplejo, cómo un desconocido e inusual reparto puede asumir complejos roles con tanta naturalidad (sin excepción alguna); la película causó un nivel de confusión y controversia tal (por
su transmisión inicial haciéndose eco de anteriores incidentes, enturbiando la realidad) que los investigadores de OVNIS, entre ellos Stanton Friedman, no fueron informados de la naturaleza de la misma por decisión de los productores y la falta de responsabilidad haciendo creer que este hecho era histórico para el público, dando lugar a un debate sobre el engaño premeditado en internet, salas de chat y tableros de anuncios, donde se expuso que todo se trataba de un hecho artificial merced al personaje de Tommy McPherson que se vinculaba con el actor Kristian Ayre pero, pese a ello, algunos espectadores siguieron insistiendo en que algunas partes eran la prueba fehaciente de una cadena de pruebas de una conspiración, obligando a que cuando fue transmitida posteriormente en Nueva Zelanda en el canal TVNZ se hiciera previa advertencia sobre la autenticidad del producto que se estaba llevando a cabo en Estados Unidos (mensaje que aparece en varias ocasiones).

El análisis de la cinta, mediante simulados testimonios, de alguna manera ha restado enteros a la hora de creérsela seriamente, lo que sugiere que su emisión engañosa se debió en mayor parte a organismos de radiodifusión para fomentar deliberadamente esta confusión, y más atendiendo a que entre los cronistas se encuentran un agente de policía (que no está de acuerdo con las grabaciones al argumentar que no demuestran nada), un director de cine (que admite que la pieza le asustó al ver que la familia no tenía unas experiencias parecidas a las de ET sino que sólo intentan seguir con vida en todo momento), un músico (que asegura haber perdido la Fe tras su visionado, algo surrealista en todo caso), un analista de vídeos (que concluye que es falsa), un doctor experto en psicología (al que sorprende enormemente que la que abandere la serenidad en el grupo sea la integrante menor) y una científica (que da la explicación más razonable al sostener que en caso de existir una especie superior como la relatada su motivación sería la toma muestras a una inferior para conquistarla con amplios conocimientos previos); una de las escenas más impactante es la que tiene lugar en la habitación de Tommy, el chico que filma, cuando uno de los invasores le sorprende y coge su cámara, estudiándola de forma primitiva y sin aparente objetivo más allá de averiguar qué es el objeto que tiene en las manos y cuál es su función y, de hecho, esta hipótesis está muy presente, aquella que defiende que no pretenden hacer daño y atacan únicamente cuando se sienten amenazados (sería lógico teniendo en cuenta que la cámara de vídeo la pueden considerar un artefacto de agresión), destacando de entre el elenco Katlyn Ducharme no sólo por su cometido actoral (que es magnífico) sino por el personaje que representa, lleno de premonitorio misterio (es muestra de ello cuando quita los cartuchos de la escopeta en un momento de descuido colectivo, como si supiera sin dudarlo ni un segundo lo que iba a suceder en un futuro inmediato).

Todo buen amante del terror, y en menor medida del subgénero extraterrestre (más  que de los sucesos paranormales, ámbito en el que también se podría incluir en parte el proyecto), apreciará que el filme es mucho más de lo que esperaba ver, pudiendo considerarse el padre desconocido del tan de moda estilo
narrativo cámara en mano, la esencia de Señales (la obra de M.Night Shyamalan que en su momento conquistó y ahora uno se da cuenta de que no era tan innovadora como parecía), en definitiva, una producción de bajo presupuesto (aunque los efectos especiales no se podrían catalogar de ínfimos al cumplir con holgura su finalidad) que nadie debiera perderse; nada de estruendos incomprensibles para hacer sobresaltar al espectador (algo loable, pues es un recurso que sobresatura sobremanera) para inquietar, lo que el director intenta (y consigue) es atemorizar ante la idea de que una especie superior, con armas y estrategias desconocidas para el ser humano, quisiera estudiar, observar y analizar a los terrícolas hasta el punto de ser abducidos, porque esa es la más pavorosa cuestión planteada en Alien abduction: Incident in Lake County, la confrontación a aquello más desconocido.



Daniel Espinosa



 “Apollo18”: el viaje intergaláctico más inquietante jamás contado

Apollo 18Apollo18Apollo 18
Rumorología varia ha envuelto desde siempre el tema del hombre y la Luna, una relación entre el amor y el odio creída y renegada por igual que, dejando de lado la más que cuestionable realidad de que el ser humano haya aterrizado en el Astro en cuestión a través de la persona de Neil Amstrong el veintiuno de julio del mil novecientos sesenta y nueve (acto denominado a nivel mundial como “Conquistar”, cosa difícil de entender), es de la que parte Gonzalo López para hacer reflexionar sobre la existencia de otra vida, la temida extraterrestre, en un lugar tan remoto como extensamente desolado, del que no se puede huir y ni tan siquiera respirar (símil perfectamente traído en relación con la premeditada y lograda sensación de agobio que la cinta desprende en todo momento); tras el éxito cosechado con El rey de la montaña, el director madrileño se ha embarcado en una historia de dimensiones épicas y popularmente intrigante en cuanto a temática, explicando tras el rodaje que la realización del filme en Estados Unidos había sido muy atropellada, en gran medida por la pública animadversión que produjo en los responsables de la NASA que, ante la posibilidad de que la gente creyera que el viaje que se narra fuera verídico, trató incansablemente de prohibir o cuanto menos censurar el mismo (puede que este curioso y poco frecuente suceso hiciera que la película generara más expectación e ingresos si cabe, aunque su acogida entre el público ha sido desigual, algo comprensible al tratarse de una propuesta destinada a un sector demasiado concreto de espectadores).

La historia (propia del mejor cine fantástico pero guardando demasiadas semejanzas en algunos compases con la mítica Alien) transcurre en el mil novecientos setenta y dos, año en el que el gobierno americano envió a tres astronautas al Planeta luminiscente por la noche para analizarlo, componiendo el equipo Benjamin Anderson (un muy creíble Warren Christie), Natahan Walker (un sobresaliente Lloyd Owen) y John Grey (Ryan Robbins), encargándose los dos primeros de retransmitir en directo su alunizaje y estudios referentes al lugar al tercero, que permanecerá en órbita a la espera de que regresen con el material audiovisual solicitado por el Departamento de Defensa; los primeros días transcurrirán con relativa normalidad, consiguiendo grandes aportes de interés al análisis a realizar, e incluso logrando recoger muestras, de hecho, es una de ellas la que causará toda la serie de fatídicos hechos que sucederán posteriormente, cuando hallen una nave soviética abandonada y el cuerpo (o lo que queda de él) del tripulante de la misma, pues no ha sido precisamente la gravedad (espacialmente hablando) la que ha terminado con su vida, sino que el responsable es un ser mucho más inquietante, un (o unos) alienígena que no dudará en hacer todo lo posible por manipular, enfrentar e invadir al intrépido trío, y no necesariamente por este orden.

Lejos de recrearse en el tema de la conspiración, lo que pretende el autor es crear incomodidad y sumergir al público en un clima de misterio presidido por el poder hipnótico, paralizante y a la vez amenazador que genera el hecho de encontrarse en la más despoblada de las superficies y mirar cara a cara la negrura e inmensidad del espacio, contribuyendo a los notables resultados el milimétrico montaje de Patrick Lussier, quien acentúa la sensación de peligro (erizando la piel y trastrocando los conductos neuronales en numerosas ocasiones) que padecen los estudiosos, algo similar a lo que ocurrió con Moon del ya consagrado Duncan Jones pero de una forma mucho más directa, cinta que no recibió tan buenas críticas tras la decente pero muy primitiva a pesar de la rareza de la misma Código fuente; la experiencia extranjera del realizador ha sido dura, porque ha visto cómo un sinfín de ideas crecían y morían entre sus manos por razones ajenas a él y, finalmente, cuando una se ha materializó tuvo que rodarla en dieciocho días y montarlo en ocho, algo a lo que tampoco ayudó el ajustado presupuesto del que disponía, sin embargo, el efecto es espectacular y, tras la apariencia de un falso documental, se encuentra un largometraje de terror extremo que tiene como principal virtud parecer realmente un registrado montado a partir de las imágenes borrosas e imperfectamente grabadas por los propios navegantes en el interior de la claustrofóbica nave y el exterior de ésta, sabiéndose explotar este hecho para asegurar los productores durante el período promocional que la obra era verídica urdida a partir de material que el Departamento de Defensa había ocultado hasta el momento (más tarde se desvelaría que se trata de pura ficción), algo que corrobora que la imaginación del responsable es estratosférica.



Daniel Espinosa



   “Emergo”: el terror clásico reconvertido en loable sofisticación

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La ópera prima del joven director catalán Carles Torrens encuentra el sentido de su título en la frase hecha (en la actualidad poco popular) “lyctor et emergo”, que vendría a significar “luchar y seguir victorioso”, y vaya si lo logra con esta su primeriza obra, pues tras el duro trabajo de varios meses de rodaje (al que hay que sumar el tiempo dedicado al posterior montaje) su éxito se pone de manifiesto desde la propia estética y puesta en escena (la apuesta personal de Rodrigo Cortés como guionista se antoja sintomático de la calidad que posee la producción, empleando el realizador convertido en escritor para la ocasión su inteligencia para desvelar majestuosamente los enigmas que van sucediéndose), despreniendo intimidad y matices propios de un longevo profesional; cierto es que la premisa (una aproximación a las casas encantadas) y los temas abordados durante la trama no pueden ser considerados originales (de hecho son sospechosamente semejantes a los plasmados en la saga Paranormal Activity, compartiendo incluso idéntico final de varias entregas, y a los de la más reciente El último exorcismo, la cual cosechó críticas dispares merced a su desarrollo al más puro estilo El proyecto de la bruja de Blair), y todavía menos la forma escogida de narración (cámara en mano y con vertiginosas tomas), pero el producto presenta ciertas características que lo hacen genuino, tales como los sofisticados sistemas de detección de entes paranormales (grabadoras que recogen psicofonías, detectores de movimiento que evidencian presencias invisibles, aparatos tecnológicos que pueden incluso dibujar la silueta de un fantasma...) o la tenebrosa e inquietante verdad del desenlace.

Un desconocido pero magnífico Kai Lennox interpreta a un padre de dos hijos que padece sucesos paranormales desde hace varios días, por lo que decide acudir a un curioso y aparentemente desaconsejable (por su estética) grupo de búsqueda paranormal encabezado por un intermitente Rick González para que estudie las manifestaciones de una forma experta, pero el tema se complicará hasta tal grado que, al precisar de las más sofisticadas dotes y recurrir a un espiritista (el inquietante como la cinta misma Francesc Garrido) para contactar con el espíritu errante que permanece en el hogar y hallar el motivo por el cual está asediando a la familia, la violenta alcanzará su punto álgido; Emergo es un metraje que se suma a la cámara subjetiva, tan en auge en los últimos años, empleándose la misma notablemente y obteniendo de este modo resultados óptimos y sugerentes y es que, al igual que otras películas catalanas (como las dos entregas de la exitosa saga [REC] o la prácticamente inédita Atrocious, solamente proyectada en una pasada edición del Sitges Film Festival), el espectador presenciará  en primera persona (aunque la visión se irá alternando con cámaras fijas al más puro estilo Caché para poder tomar aliento tras escenas frenéticamente terroríficas) los sucesos que acontezcan muy de cerca, algo elogiado y odiado a partes iguales al transmitir el pavor al público mediante un estilo, en todo caso, efectivo como pocos si se utiliza en su justa medida (en esta ocasión, grata e insospechadamente, así es) y, pese a que el responsable realiza su labor atrevida y elegantemente (siendo un deleite para los fans del género), éste no encandilará a todo el mundo por lo mencionado, siendo no obstante indudable la valentía con la que afronta su primer largometraje, admirable y a la vez meritoria (supera con creces los aspectos que aborda, provocando una sensación de inquietud y entretenimiento innatas), firmando una pieza que, siendo justos y nada exagerados, no debería caer en el olvido bajo ninguna circunstancia.



Daniel Espinosa




   “Frankenstein’s army”: el revolucionario doctor de los horrores

Frankenstein's armyFrankenstein's armyFrankenstein's army
El debut en el largometraje del germano Richard Raaphorst (quién mejor que él para hacer una crítica tan constructiva como despiadada a las más populares atrocidades históricas que dicha nacionalidad protagonizó durante la guerra en la que la trama se ubica), en cuyo currículum curiosamente destaca su labor en el departamento de arte de diversos títulos de la extinta Fantastic Factory como la rompedora Rottweiler y la divertida Beyond Re-Animator, aunque quizás el nombre sea más reconocido si se menciona el proyecto del que mucho se habló y nada se supo dos años atrás, Worst case scenario, en el que, en el marco de la final del mundial de fútbol de mil novecientos setenta y cuatro entre la anfitriona Alemania y la candidata Holanda, que estaba a punto de desembocar en un conflicto de escala internacional, un par de jóvenes se daban de bruces tras dirigirse a las afueras de la ciudad en un burdo intento de huir de la locura que se había generado a raíz del mencionado evento deportivo con todo un regimiento de zombies dispuestos a iniciar la ofensiva, prometedor argumento que desgraciadamente nunca se llevó a cabo (según afirman fuentes cercanas al autor por problemas financieros); en cualquier caso, ahora sí lo ha logrado y su personal (como así se ha encargado de afirmar el mismo) Frankenstein’s army ha conseguido materializarse en un producto más que notable en el que robots, no muertos y diferentes subtemas sociales se combinan en el mejor reflejo de cuán desbordante (y en cierta medida macabra) es su imaginación.

Habiendo sido todo lo expuesto supuestamente grabado mediante una cámara súper ocho al más puro estilo material encontrado fortuitamente con posterioridad a su filmación (tan de moda en los últimos tiempos al no suponer grandes costes y sin embargo conllevar cuantiosas ganancias, estratosféricas en casos como los de la interminable saga Paranormal activity), lo cierto es que el único punto negativo realmente alarmante se da en las continuas interrupciones de más que discutible necesidad, pudiéndose llegar a entender la razón de ser de algunos cortes para infundir realismo al tratarse de una serie de sucesos inconexos que destapan una terrorífica realidad pero otros en absoluto están justificados al omitirse, a causa de ellos, detalles de suma relevancia (o al menos eso parece cuando se deja de disfrutar de la, hasta ese instante, absorbente escena); qué duda cabe que muchos vincularán la presente película con la infame Iron sky por la temática compartida entre ambas, pero se antoja imprescindible aclarar que mientras que el contenido de aquella se circunscribía en una constante burla de todo lo que sucedía (con mínima aceptación y mucho descontrol) en ésta se establecen unos parámetros más racionales dentro del marco de la ciencia ficción, ensalzándose el sentido bélico (no por recrearse tiroteos y demás tipicidades conflictivas sino por las más clásicas técnicas tanto de defensa como de ataque) en una batalla entre despiadados alemanes y vengadores rusos que bien podría definirse como la versión más retorcida de La guerra de los mundos.

Un batallón de la unión soviética (Joshua Sasse, Robert Gwilym, Alexander Mercury, Hon Ping, Andrei Zayats, Mark Stevenson y Luke Newberry, soberbios todos ellos, en especial el último al interiorizar el rol del más débil del grupo magníficamente) cuyo único propósito es el de erradicar la liberación fascista de la opresión (el comunismo es en primera instancia un arma efectivita pero en última una condenatoria condición) inicia la empresa de rescatar a los camaradas que han sido capturados días atrás cuando aconteció la temida invasión anunciada desde hacía mucho tiempo (es decir, la Segunda Guerra Mundial), una feroz lucha que parece tocar a su fin tras haber derrocado a cuantos ejércitos nazis se han enfrentado en su arduo camino (recogido por el graduado del instituto de cinematografía de Moscú que les acompaña a fin de documentarlo todo) desconociendo que todo obedece a una orden directa ultra secreta procedente del oficial superior (en efecto, los engaños y las traiciones facilitarán de este modo la resurrección de un mal que parece haber convivido con la raza humana desde siempre); los valerosos miembros, de todas las razas y religiones (lo cual apenas se aprovecha en banales discusiones en un par de instantes) e incluso condiciones, pues el amplio abanico de personalidades abarca desde el soldado al que todos toman por inútil hasta el capitán respetado profundamente por su dilatado historial de éxitos observan que, a medida que avanzan hacia el emplazamiento en el cual les han asegurado están retenidos sus compatriotas, espeluznantes seres mecanizados creados por el enemigo para disfrutar de una considerable ventaja (decisivo factor que resulta más propio de un futuro todavía por llegar a día de hoy que de la época en la que se ambienta la cinta), y es que el excéntrico doctor Viktor (Karel Roden, pletórico en cada matiz que asume), conocido como Frankenstein (aquí radica la motivación del título), ha pensado desde que era pequeño que los hombres serían más fuertes si tuvieran más partes que miedos y, por ello, ha decidido valerse de la más sofisticada ingeniería para fabricar letales artificios bajo su mandato.

Situaciones claustrofóbicas a la par que simples, frenéticas persecuciones cuyas ortopédicas transiciones distan mucho de las deseables, opresoras atmósferas que no acaban de exprimirse al máximo, vestuarios válidos aunque minimalistas, mugrientas edificaciones que transmiten tanto terror como abandono, interrogatorios que operan sin contenido clasificado ni cometido definido, atisbos de crueldad animal que no se consuman para beneplácito de las sociedades defensoras, experimentos cerebrales en los que la combinación de dos mitades permite radicalizar el sentimiento patriótico del sujeto tornándolo híbrido, apoteósicos incidentes que propician rocambolescas muertes explícitamente impactantes, niños aparecidos de la nada que son sacrificados en aras de provocar más caos que el ya existente, descargas eléctricas restauradoras de vitalidad, abundante sangre cuya coloración invita a añadirla a cualquier pasta hervida e ingerirla como plato principal de una comida y oportunas despedidas en forma de recurrente confesión que provocan risas en lugar de lágrimas son solamente algunas de las ocurrencias de Richard Raaphorst para la ocasión; el autor recoge en este incomparable metraje, en el que los aciertos se estropean mediante formalismos que, junto al precario apartado de maquillaje y los ridículos efectos digitales de los monstruos, hacen que no reluzca tanto como pudiera (o más bien debiera), una serie de ingeniosidades que debieran patentarse de inmediato al desbordar gran originalidad.

Por si la premisa no contuviera suficientes alicientes para dar una oportunidad a tan inhabitual propuesta, cabe afirmar que a muchos espectadores la trama les recordará al desarrollo de ciertos videojuegos de aventuras (el mejor ejemplo radica en la primera incursión de los intrépidos militares en el mundo de las alteraciones genéticas, teniendo lugar grandes destellos de originalidad basada en la formación de las mismas) y es que, de hecho, muchas de las secuencias destacadas pueden relacionarse directamente con clásicos del salón de casa como Bioshock, Doom y Wolfenstein al apreciarse travesías y grutas prácticamente idénticas, algo que el propio realizador se encarga de corroborar al haber declarado en una entrevista concedida a un medio de comunicación que “los juegos en primera persona, por supuesto, son realmente interactivos, saben envolver a la gente que juega con ellos y, para dar a nuestro público una sensación de inmersión, de estar allí realmente, añadimos algunos elementos que equiparan la experiencia a la de un videojuego, pero esto es una película y lo realmente interesante para mí fue contextualizar dicho recurso en el sí de la misma para hacerla más íntima”; Frankenstein’s army es, en resumidas cuentas, una descomunal rareza fílmica que cuenta con excelentes ideas parcialmente logradas (las creaciones solamente se pueden tildar de fascinantes, en especial las que permutan brazos con taladros) e insuficientemente dinámicas (la palabra más adecuada para definir la sensación que resta al término del visionado es la de reiteración, indebida repetición tanto visual como argumental), posiblemente debido al escaso presupuesto con el que ha contado el voluntarioso equipo de producción, habiendo sido de buen seguro mejor de haber dispuesto de un mayor arsenal de medios, pues en no pocos compases parece tratarse de un trabajo realizado entre amigos para pasar el rato más que una cinta comercial (aunque sea en el ámbito doméstico como bien demuestra el estreno de manera limitada en el mercado estadounidense) aun añadiendo ello algo de encanto a la más que entretenida historia, artesana personalidad que sin duda debe alabarse y, de poder, premiarse siempre que se pueda.



Daniel Espinosa




“Hooked up”: el iPhone como único medio de grabación empleado

Hooked upHooked upHooked up
“La primera película rodada íntegramente con iPhone” versa entre exclamaciones el eslogan promocional de la que supone la ópera prima de Pablo Larcuen, genuinidad que debió cautivar a Jaume Collet-Serra para posicionarse como presentador de la misma, es decir, para asumir una especie de apadrinamiento (así como brindar una aportación dineraria al constar también como productor) y llamar la atención del público al leer el nombre de tan laureado cineasta en un cartel de corte puramente independiente en sintonía con la propuesta en cuestión, Hooked up, cuya traducción sería “Conectado” en sintomática correspondencia al dispositivo con el que es filmada; que la tecnología ha evolucionado en los últimos tiempos a pasos agigantados hasta no desmerecer lo más mínimo los aparatos adquiribles por parte de cualquier ciudadano a costosas maquinarias de la cinematografía clásica es una obvia evidencia, pero que con un simple dispositivo telefónico se pueda conseguir algo tan espectacular como lo que se recoge en el presente largometraje era inimaginable hasta ahora, pues por más que se diga y asegure que así es la única manera de saber si es verídico es teniendo la oportunidad de visionar el filme por uno mismo y, gracias a su incorporación en la programación del mayormente decepcionante Sitges Film Festival 2013 (nada menos que en la sección oficial a competición), muchos lo han podido hacer suponiendo uno de los pocos aciertos de dicha edición del certamen.

Anímicamente afectado por la reciente ruptura unilateral con su pareja (la decisión la tomó ella tras sorprenderle besándose con otra chica en una fiesta), el cometido Peter (Stephen Ohl, en momentos de exigencia alta cae una y otra vez en el error de gesticular en demasía tornándose prácticamente cómica su labor) se une al que promete ser un viaje apoteósicamente libertino junto a su descerebrado mejor amigo Tonio (Jonah Ehrenreich, notable a lo largo de toda la trama), quien convence a su deprimido camarada asegurándole con total convencimiento una experiencia como nunca antes haya vivido en la que el desenfreno se apoderará de ellos proporcionándoles placer a raudales; el destino propicio para consumar su suculento propósito no es otro que Barcelona, una ciudad (según ellos mismos citan conversando) en la que abundan chicas bellas a la par que promiscuas (al parecer numerosos estudios demuestran que el origen patrio es sinónimo de ambas características) y alcohol tan abundante como barato (lógico que los turistas lo comenten al venderse en su país mucho más caro), amén de un sinfín de locales en los que el desmadre se prolonga hasta el amanecer (más oscuro y sucio sea mejor es la sensación que causa), propicia combinación que no dudarán en tratar de exprimir (de hecho desde su primera y precoz salida nocturna por la urbe catalana).

En su búsqueda de emociones fuertes se topan con una explosiva joven que les encandila instantáneamente hasta el punto de seguirla (sin tan siquiera preguntarle su nombre ni el por qué de tanta predisposición) a la deshabitada casa de sus abuelos, edifico en el que quedarán atrapados tras sufrir el integrante más cuerdo de ellos un fatídico (y sangriento) incidente con la enigmática anfitriona (la nula explicación del motivo por el cual tiene lugar cierta mordedura deja en evidencia las carencias narrativas de la cinta), encontrándose encerrados en el mismo sin poder salir ni por puertas ni por ventanas (la cantidad de unas y otras es descomunal, como lo es también el hecho que de un instante a otro se hayan reforzado sus respectivos sistemas de seguridad mediante la añadidura de candados y alambres de espino); investigando el emplazamiento averiguan (a través de recortes de periódico colgados en la pared de una de las habitaciones y gracias a la inestimable interpretación de la bilingüe conquista del otro extranjero en discordia) que la seductora muchacha que les ha llevado hasta allí para situarlos en tan preocupante situación falleció abrasada varios años atrás al sufrir mortales quemaduras como resultado de un fatal incendio, lo cual no hace sino agravar todavía más un percal de gigantescas dimensiones que rápidamente origina la aparición de sospechas y desconfianzas entre los hasta entonces hermanos no carnales, mas cuando el propulsor de la aventura le confiese a su reacio compañero que él fue quien maquinó todo para que su antigua novia le cazara en plena infidelidad (lo fundamenta en que lo hizo para abrirle los ojos al haber hecho ella lo propio con anterioridad) la locura se adueñará de ambos deparándoles el destino idéntica suerte aunque con diferente (más bien es prácticamente contrapuesta) ejecución.

Uno de los grandes problemas que tiene el cine patrio es que no sabe promocionar bien sus producciones, ya sea por desidia, falta de recursos o cualquier otra excusa más o menos creíble, y es precisamente por ello que muchas de ellas están abocadas a una invisibilidad más o menos pronunciada aunque tampoco haga falta tanto poder adquisitivo para conseguir la curiosidad de los espectadores como bien se demuestra es ésta pieza, reconociendo el mismo responsable la capacidad del medio de captura del que se ha valido de traducirse en un gancho comercial, siendo ante todo una herramienta barata que le permitió sacar adelante la idea con un presupuesto muy contenido (exactamente catorce mil míseros euros idealmente empleados en el montaje de la misma en un alarde de inteligencia adaptativa); a pesar de las innumerables dificultades que tuvo para llevar a cabo tan seductor trabajo y los impedimentos técnicos con los que se encontró a medida que lo confeccionaba, lo cierto es que el malsano y claustrofóbico terror que en la pantalla se plasma difícilmente se encuentra en el panorama actual al dibujarse un opresivo infierno minimalista del que el respetable es partícipe en todo momento siendo, por ende, una pequeña obra de arte en cuanto a provechosa (y sumamente admirable) inventiva se refiere, ya que incluso la calidad audiovisual, uno de los aspectos que más podían preocupar a propios y extraños, luce realmente bien (salvo en compases de frenetismo que es difícil observar con claridad la acción).

Amén de patentar un nuevo subgénero dentro del tan dilatado ámbito del material preexistente (no se trataría de cámara sino de móvil en mano), Pablo Larcuen ha diseñado un producto que funciona a las mil maravillas si se obvia por completo la irracionalidad explicativa y el inasumible razonamiento de la misma, siendo este apartado lastimosamente primitivo e incluso inservible (el evidente tránsito de Hostel Saw, pasando por [Rec], entretiene enormemente pero el componente sentimental, que abarca gran parte de las escenas que acontecen a partir del ecuador del metraje, entorpece no tanto la sencilla lectura presentada como su sostenibilidad); el contenido de Hooked up alberga, en cualquier caso, inolvidables momentos que crearán escuela y muy posiblemente darán origen a una revisión americana a juzgar por la evidente viabilidad productiva de una historia tan gratificante como reivindicativa, pues nadie debiera olvidar que se trata de una película urdida (tanto direccionalmente en solitario como argumentalmente junto a Edu Sola) por un joven talento dado a conocer a raíz de participar con su práctica de tercer curso en la ESCAC (concretamente con Mi amigo invisible) en el prestigioso Festival de Sundance 2009 y alzarse hace apenas un año con el premio a la mejor obra de la Sección Oficial Fantàstic del Sitges Film Festival 2012 gracias a su trabajo de graduación Elefante, hazañas que no hacen sino contradecir las palabras de cierto político que declaró hace bien poco que la subvención estatal, nunca fija sino variable, destinada al séptimo arte es más que suficiente y lo que no son solventes son los realizadores, y nada más lejos de la realidad.



Daniel Espinosa




 Jeruzalem: el peor cambio de planes vacacionales de la historia
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Esta curiosa cinta firmada por los hermanos Paz (Doron y Yoan), apellido contradictorio donde los haya en relación a la temática que tratan, contiene diversos factores positivos, entre ellos el punto de partida (la citación bíblica del capítulo diecinueve de Jeremías que versa “...hay tres puertas al infierno, una de ellas en el desierto, otra en el océano y otra en Jerusalén” y la supuesta representación de un archivo extraído del Vaticano en el que dos sacerdotes filman la primera evidencia profunda de la existencia real del demonio en la Tierra cuando una mujer regresa a la vida tras morir de tifus abarca apenas cinco minutos pero son los mejores de la producción), la narrativa de la acción (la misma transcurre a modo de falso documental a través de unas gafas que permiten a su dueña reproducir música, tomar fotografías, hacer llamadas y navegar por internet, con todo lo que una conexión de semejante calibre supone, con una resolución asombrosamente óptima, siendo la vista subjetiva ofrecida no un error como en multitud de casos en los últimos años sino todo un acierto de inmersión) y la plasmación de la pluralidad de nombres que reciben los muertos vivientes según cada religión (ángeles oscuros para el Islam, golems para el Judaísmo y zombies para el Cristianismo, clarificando en conjunto que el concepto de resurrección, referido asimismo de distintas maneras, se mantiene en todo credo concebible e imaginable).

No obstante, el filme alberga innumerables errores, tales como el hilo argumental (no se sostiene lo más mínimo y la extraña y poco convincente mezcla entre REC Grave encounters que resulta, siendo curiosamente los autores de esta última y la que ocupa familiares de sangre de primer grado, concluyen en la predicación del odio humano predominante en los cinco continentes de la peor forma posible), la guía turística de emblemáticos emplazamientos israelíes (entre ellos la Puerta de Damaso, la Iglesia del Santo Sepulcro, el Muro Occidental y las Canteras del Rey Salomón, diversidad de majestuosos lugares que no alcanza el nivel de provecho suficiente) y la razón primigenia por la que las dos amigas protagonistas de origen americano cambian de destino vacacional (más concretamente Tel Aviv por Jerusalén, percibiéndose como la típica e inservible excusa para concebirlas como caprichosos billetes andantes que no encuentran la festividad que ansían sino una pésima e inválida, enorme y dogmática, pesadilla).



Daniel Espinosa

 
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