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   “El tiempo”, de Daniel Espinosa para Klowns Horror Fanzine #6



    
“Donnie Darko”: el consejero disfrazado de visionario conejo

Donnie DarkoDonnie DarkoDonnie Darko
Donnie Darko
es una de las pocas cintas en la historia que han recibido la calificación de película de culto sin ninguna oposición (en muchas ocasiones son algunos sectores los que la tildan así pero otros ofrecen argumentos suficientes como para, por lo menos, meditar sobre ello), la cual cosa implica que la aceptación y agrado por parte del espectador sea de lo más variada, pudiendo ser considerada desde una obra maestra hasta la peor producción que se haya visionado en la vida; en la humilde opinión de un servidor, y valga añadir la de la inmensa mayoría de espectadores, debe ser considerada una pieza de lujo del séptimo arte, un regalo fílmico tan significativo como genuino albergador de desmoralizantes reflexiones a cada cual más existencial.

Donnie (Jake Gyllenhaal) es un muchacho inteligente, aplicado en los estudios y con una imaginación desbordante, que siempre ha visitado a una psicóloga para que le ayude, ya que desde pequeño tiene problemas emocionales (motivo por el cual precisa la ayuda de profesionales) hasta que, un día como otro cualquiera, se levanta de la cama bien entrada la noche (conviene señalar que es sonámbulo) y sale de su casa hasta que llega a un campo de golf en el cual ve a Frank (James Duval), una misteriosa visión en forma corpórea de un hombre vestido de conejo que le asegura que el mundo se acabará exactamente en 28 días, 6 horas, 42 minutos y 12 segundos; instantes después, cae un motor de avión en la morada del joven, exactamente en su habitación; lo relatado hasta ahora, tan desconcertante e impactante premisa, es el inicio de la historia, una trama en la que nadie da crédito a cómo el protagonista ha conseguido escapar sano y salvo de la muerte, si ha sido su fallecimiento o realmente ha habido algo divino que le ha hecho eludir esa terrible partida hacia el más allá.

En las jornadas próximas el milagroso superviviente conoce a Rachel (Jena Malone), con la que entabla una relación de pareja, hecho que lo gratifica mucho, que empieza a ver su existencia de otro color, disfrutándola al máximo al tiempo que continúa evolucionando su relación con el ser disfrazado de cobayo, quien comienza a aconsejarle que actúe, que haga algo con esas personas que van apareciendo en su cotidianeidad y le increpan creyéndose mejores que él, sujetos que si se comportara de otra manera tendrían su merecido, siendo el más próximo a él Jim Cunningham (Patrick Swayze), un psicólogo que busca más el espectáculo que ayudar realmente a la gente por lo que, previo convencimiento que haga lo que quiera porque nadie se dará cuenta de que él es el responsable de esos sucesos, da rienda a su justificada y justiciera locura interna; a partir de ese momento empieza a desatarse un torbellino de sucesos donde le costará diferenciar la realidad de la ficción, lo bueno de lo malo, lo justo de lo descabellado... hasta llegar a ese día, el señalado por Frank como el fin y en el que realmente sucederán cosas que harán que absolutamente nada sea igual, cambiando entonces para siempre todo lo que el chico conocía...

El metraje ofrece innumerables interpretaciones, y de hecho cada vez que se reproduce suscita sensaciones diferentes, lecturas totalmente distintas a las que se recordaban, sucediendo frases como “¿por qué llevas ese estúpido traje de conejo?”, que le pregunta Donnie a Frank en una sala de cine en una de las escenas más memorables, a lo que éste le contesta “¿por qué llevas ese estúpido traje de hombre?”, curiosas e intrigantes conversaciones que hacen que el largometraje sea verdaderamente especial y difícilmente comparable con ningún otro; también es interesante (en un plano humorístico esta vez) la escena en la que se discute sobre la sexualidad de los pitufos, no por el surrealismo que se desprende de ella sino por la naturaleza con la que surge, uno de tantos motivos por los que no hay duda de que Richard Kelly consigue hacer reflexionar como nadie antes lo ha logrado, originando debates propios acerca de si el motivo de las decisiones que se toman son realmente de propia voluntad o mediante la influencia de otros y si las acciones sirven para algo más que para rellenar un libro invisible que arderá en llamas cuando el de la guadaña lo reclame y, en especial, si la vida es una especie de sueño, de ilusión, que sólo unos pocos saben exprimir plenamente, y más por incapacidad de contemplar su magnitud que por tratar de disfrutarla.

Poco más cabe añadir, tal vez que los personajes se perciben fascinantes (en gran medida porque los actores consiguen darles vida de forma eficaz), desde el protagonista hasta la referida como “abuela muerte”, la señora Sparrow, una enigmática anciana de 101 años que no hace otra cosa que cruzar de un lado a otro de la carretera para comprobar si hay alguna carta en su buzón (simbolismo atribuible al esperar alguna novedad, un inesperado aliciente que dinamite la pecaminosa rutina que consume la vitalidad de propios y extraños), y que resulta ser la autora de un libro para viajar en el tiempo (temática subyacente a la que ocupa para este número de tan analítica revista), pasando por el personaje interpretado Drew Barrymore, una profesora que pretende hacer cuanto sea posible por sus alumnos pero a la que nada le sale bien; por si todo esto fuera poco, Steven Poster consigue llevar a cabo un trabajo de
fotografía inconmensurable, siendo cada uno de los escenarios una auténtica delicia, aunque si hay algo que destaque por sí mismo es la música, cuyos temas han sido escogidos meticulosamente y resuenan con una calidad sublime para adquirir en cada instante tintes épicos e infundir los más variados sentimientos.



Daniel Espinosa



  
“El ejército de las tinieblas”: el glorioso héroe de la motosierra
El ejército de las tinieblasEl ejército de las tinieblasEl ejército de las tinieblas
Uno no deja de añorar la década de los ochenta cuando películas recientes tratan de emularla con insistencia y dispares resultados, pero no es necesario viajar tanto en el tiempo (a colación del tema central sobre el que pivota este volumen) para sentir nostalgia de épocas pasadas que ya nunca volverán a excepción de citas como el Sitges Film Festival 2016, certamen al cual acudió un resurgido de sus cenizas gracias a la brutal serie Ash vs Evil dead Bruce Campbell para rememorar la que fue su rampa de lanzamiento, una franquicia a la que Fede Álvarez rindió tributo con rotundo éxito; por aquel entonces el actor apenas gozaba de reconocimiento y, de hecho, su popularidad básicamente se limita a sus aportaciones en esta trilogía, pero por sí sola le ha bastado, muy a su pesar (que a alguien le encasillen eternamente en un rol no es del todo satisfactorio como él mismo reconoció en la rueda de prensa a propósito del mencionado festival), para convertirse en el rey del terror humorístico y de la superioridad.

Hay varios alegatos positivos a nombrar, entre ellos la síntesis de la saga (remasterizada y ligeramente mejorada para engrandecer todavía más este conclusivo capítulo), la emblemática actuación del citado actor (en estado de gracia hasta el punto de ser presentado por partida doble con oportuna bipolaridad) y el disfrute de cada uno de los segundos que componen la obra (sin excepción); también cabría citar otros argumentos negativos como la escena de la invocación salvadora en la que recitar cierta oración con exactitud es esencial (que no sea así puede llegar a frustrar al impaciente menos predispuesto), la imposibilidad de encontrar la supuesta versión alternativa que irrefutables fuentes aseguran existe (al menos no se puede hallar por medios estrictamente legales, lo cual no sucede con un desenlace más apocalíptico) y la tristeza que produce analizar la filmografía de Sam Raimi (quien introduce en todos sus largometrajes su apreciado y antiguo Oldsmobile) desde que el título en cuestión viera la luz (salvo citas puntuales no ha vuelto a invocar sus orígenes como realizador).

Habrá a quienes les parezca una película básica, sin más complicaciones que los decorados (el concepto “artesanal” alcanza cotas inimaginables para el año de producción de la cinta), pero bendita sencillez, pues lograr dibujar una psicótica sonrisa durante más de ochenta minutos nada tiene de simple; “El salvador”, aclamaban a su paso en la gran pantalla... (Posesión infernal), “El jefe”, le nombran en la televisión... (Ash vs Evil dead), sea como fuere, lo cierto es que el personaje que porta una motosierra cual inseparable animal de compañía luchó ferozmente contra las fuerzas del mal en la Edad Media uniéndose a valientes caballeros, hizo lo propio en pleno siglo veinte en una cabaña sita en un frondoso bosque, lo sigue haciendo en la actualidad abandonando la tranquilidad de su autocaravana y, con gran probabilidad y mayor suerte, lo hará durante muchos años más.



Daniel Espinosa



   
“Seguridad no garantizada”: el trabajo soñado por cualquiera
Seguridad no garantizadaSeguridad no garantizadaSeguridad no garantizada
Es frecuente el deseo (o al menos despierta cierta curiosidad) de viajar a través del tiempo (es menester citarlo textualmente para contextualizar el escrito), aspiración que han recogido numerosas producciones como la exitosa trilogía de Regreso al futuro o la imprescindible 12 monos, motivando al público a plantarse qué haría de ser confrontado con tal viabilidad y vencer al poder de la melancolía, esa añoranza irracional de aquello que tanto se disfrutó y no volverá a acontecer; asiduamente tan teórico concepto reaparece en el séptimo arte con resultados mixtos, que van desde lo brillante hasta lo mediocre, dispar categorización que no se antoja dificultosa de determinar en el caso de Seguridad no garantizada, pues se trata de uno de los más consistentes productos realizados en mucho tiempo (gracias, en gran medida, al ingenioso trabajo de Derek Connolly en el que supone su debut como guionista, errando únicamente en la resolución de algunas subtramas, introducidas para que el filme alcance la duración suficiente para poder ser considerado un largometraje), no invitando sino obligando a reflexionar sobre cómo el paso de los años afecta al ser humano en todos los terrenos posibles.

La cinta relata cómo una joven desempeña su nuevo empleo sin más aspiración que la que exige satisfacer a un cliente en la revista para la que escribe hasta que la redacción la encarga proceder con una sarcástica investigación junto a Arnau, un compañero de etnia hindú, y Jeff, el encargado de publicar el artículo referente a las indagaciones que realicen ambos; el trío unirá esfuerzos para intentar encontrar al autor anónimo de un anuncio clasificado en el que se solicita un acompañante para volver al pasado, advirtiéndose en último término que la seguridad no está garantizada para quien decida unírsele y suponiendo, desde el punto de vista puramente periodístico una, cuanto menos, curiosa e insólita historia que relatar al mundo entero.

Con un reparto completamente cumplidor (entre el que se encuentran nombres de tanto renombre como los de Kristen Bell y Mary Rajskub, formidables en sus respectivos fugaces papeles) y una argumentación de los acontecimientos ilógica pero absorbente, el desenlace de la propuesta se convertirá en el punto de contención entre los defensores y detractores de la misma, aunque en realidad se trate del hecho menos relevante de ésta, siendo lo verdaderamente importante todo lo que acontece hasta entonces y no el propio final, pues es en la totalidad en la que los personajes existen, crecen y consiguen apoderarse de la simpatía del espectador; Colin Treverrow se aleja de aborrecibles aspectos científicos y se centra en el extendido sentimiento de querer cambiar ciertas acciones que desembocaron en resultados poco o nada fructíferos a lo largo de la vida a través de las más variadas y asumibles personalidades, firmando una insólita comedia teñida de ciencia ficción de lo más excéntrica que pivota sobre el sentido del amor verdadero de una manera esperanzadora y certera, poniendo especial énfasis en la necesidad de sentirse comprendido.



Daniel Espinosa

 
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