Willow Creek 24-06-2017 19:09 (UTC)
   
 

Willow Creek
(Bobcat Goldthwait, 2013)


Willow Creek




Ficha técnica


Título original:
Willow Creek
Año:
2013
Nacionalidad:
EEUU
Duración:
78 min.
Género:
Drama, Terror
Director:
Bobcat Goldthwait
Guión:
Bobcat Goldthwait
Reparto:
Alexie Gilmore, Bruce Johnson, Bucky Sinister, Laura Montagna, Nita Rowley, Ranger Troy, Shaun White, Steven Streufert y Timmy Red


Sinopsis


Una pareja se adentra en los bosques de Willow Creek en busca de una fotografía que demuestre la existencia del mítico y singular Pies Grandes.



Crítica


Más metraje encontrado, nueva premisa, ése sería el sumamente escueto pero certero resumen de Willow Creek, la enésima producción que intenta justificar sus innumerables carencias asegurando tratarse de metraje encontrado siguiendo la estela de un título con el que guarda grandes similitudes (tanto por el título como por la manera de tratar la dispar pero relacionable acción), Wolf Creek (si bien aquella entusiasmaba y ésta despierta, en el mejor de los casos, indiferencia), lo cual resulta obvio que no es así (tampoco se observa el más mínimo énfasis narrativo por parte del responsable para convencer de ello) y, por ende, refugiarse en dicho argumento para no criticar duramente los muchos errores percibidos está de más, de hecho, volver a reincidir en aspectos negativos que muchas otras cintas han plasmado con anterioridad no debe sino ser reprochado directa y claramente con suma acidez; que God bless America (editada en el territorio patrio como Armados y cabreados) es una de las comedias más brutas del siglo es tan cierto como que esparcir publicidad por el suelo en plena calle es una estrategia infalible para que muchas personas sientan curiosidad y la recojan aceptándola mejor que si les fuera entregada en mano, una desprejuiciada revisión de American beauty examinando el sueño americano desde el punto de vista de un absoluto perdedor que decide cambiar las tornas a su favor firmada por Bobcat Goldthwait, quien para la presente ocasión ha elevado su ambición para abordar el formato del falso documental estructurando la historia en dos bloques formales, el primero más cómico y el segundo más obvio, ambos igualmente insatisfactorios al pretender (sin lograrlo) generar nerviosismo con planos fijos e indeseablemente prolongados (la secuencia de la tienda de campaña, que abarca casi un tercio de la duración total, es un suplicio).

Willow Creek  Willow Creek
Cómo no, el principal (de hecho único) reclamo en el que se basa el filme para despertar la curiosidad del público es centrar la intríngulis relatada en la célebre figura del Big Foot (la traducción española, Pies Grandes, impone mucho menos que la nomenclatura original), una criatura mitológica de aspecto simiesco que habitaría en los bosques de la región del noroeste del Pacífico (es decir, América del Norte) que, pese a no encontrarse restos físicos (cadáveres, huesos, piel, pelos, excrementos u otros rastros) de ningún ejemplar que no hayan sido identificados como de otro animal conocido, amén de varios rastros de huellas de pisadas (muchas de ellas claramente falsas o incluso desmentidas al poco de tiempo de anunciarse al hallarse los moldes con que se hicieron), alguna captura borrosa (cualquiera podría posar en la negrura de la noche y emplear las múltiples herramientas tecnológicas al alcance de un usuario medio para componer una imagen tétrica a la par que verosímil), una película de autenticidad muy cuestionada (por la red circula para quienes deseen visionarla) y múltiples observaciones de teóricos testigos (la mayoría han disfrutado de tan deseada vista por la noche y recalcan tanto un brillo rojizo ocular como el hecho de que se trate de machos solitarios), ha sido objeto de estudios oficiales (concretamente en mil novecientos cincuenta y ocho y, posteriormente, una investigación activa que se limitaba a aficionados que tomaron varios puntos de vista y elaboraron trabajos que iban de lo sensato a lo absurdo) y, en especial, de debates entre defensores y detractores; la comunidad científica sostiene que las pruebas existentes no son lo suficientemente convincentes y generalmente las consideran como el resultado de paganismos, tradiciones o identificaciones erróneas más que de un animal verdadero debido a la carencia de evidencias físicas, llegándose a afirmar que los estudios adicionales son una pérdida de tiempo pero que los partidarios de su coexistencia ven en ello una oportunidad única de filmar cualquier cosa relacionada con él y hacer negocio, no descartándose en cualquier caso que el ser que con tanta insistencia se quiere tildar de extraordinario no sea más que un descendiente del Gigantopithecus y, por ello, un signo más de la superioridad de la raza humana respecto a la del resto al dominar (o cuanto menos
así se afirma rotundamente) el planeta ésta.
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La pareja de hecho de Jim Castle (Bryce Johnson, odiosamente inexpresivo), Kelly Monteleon (Alexie Gilmore, un tanto desmesurada en su sufrimiento), está decidida a que el sueño de él desde que tenía ocho años se cumpla y así, con motivo de su cumpleaños, emprenden un viaje hacia el bosque forestal de Bluff Creek, más concretamente al arroyo de Willow Creek, meca de la comunidad del Big Foot, para continuar con la grabación del reportaje datado de mil novecientos sesenta y seis de Roger Patterson y Robert Gimlin, la que se supone la única prueba fehaciente de la existencia de dicha criatura, plasmando en primera instancia el enorme lucro de los campesinos de la zona (restaurantes, hamburguesas, murales, carteles, calles, estatuas, moteles, librerías y canciones dan buena muestra de ello) y después indicios de pruebas de un ser tan perseguido como la respuesta a por qué todos los mecánicos, sin excepción, presentan las manos completamente negras incluso antes de iniciar su jornada laboral (se descarta aquí la casuística de que se trate de un individuo ajeno al linaje caucásico); a medida que avanza el día, y en gran medida por el poder de la sugestión que experimentan, la situación se vuelve más incómoda que las miradas (al principio desafiantes y al final cómplices, y es que el largo tiempo compartido en un espacio tan cerrado une posturas y suaviza caracteres) que intercambian los usuarios que esperan su turno para ser atendidos en una entidad bancaria (por citar un lugar frecuentemente concurrido e inevitablemente visitado), soliéndose originar microconversaciones para criticar el nulo cuidado recibido y la incompetencia de los trajeados trabajadores allí presentes tras sus impecables mostradores entre los miembros de ésta pequeña sociedad surgida del desespero que supone reunirse varios (sino decenas) desconocidos entre sí, de variopinta apariencia pero idéntico objetivo inmediato, hasta el momento de entrar por la puerta del establecimiento  y, en efecto, éstas últimas líneas (y de hecho gran parte del texto, cuyas múltiples comparativas se han introducido para amenizar la, cualquier otro caso, tediosa lectura) son ajenas al argumento, pero es que el mismo no da para más análisis.

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Se pueden realizar filmes triunfantes con un presupuesto ínfimo, por todos es sabido (y así se ha demostrado) que una cantidad dineraria elevada no es sinónimo de calidad, pero éste no es el caso, pues aunque la idea de un mockumentary (el término es el empleado internacionalmente para referirse a la corriente ahorrativa que se ha citado párrafos atrás y que, habitualmente, conlleva un picardía propagandístico para que el espectador consienta sin pretenderlo ni tan siquiera percatarse ser engañado y acceder a algo que no puede ser admitido como real desde una configuración racional) sobre la todo poderosa bestia forestal de colosales proporciones por excelencia es cuanto menos llamativa, pero si lo que finalmente se presenta es humo la idea no tiene utilidad alguna, y el resultado de esta ecuación aquí es nefasto, no acompañando al terrorífico trasfondo ni el guión (urdido por el propio autor) ni el ritmo (pausado hasta desesperar), desperdiciándose un antecedente altamente atractivo; respecto al apartado interpretativo, todo el peso recae sobre sus dos protagonistas (el resto de personajes son puramente testimoniales), quienes se compenetran a las mil maravillas, pero negativamente, pareciendo mantener una feroz luchar por alzarse con el premio a la peor encarnación del año (por no sugerir de la década o, por qué no, de la historia del séptimo arte), él no transmitiendo emoción alguna y ella sobreactuando en exceso (puede que en su justa medida una pequeña demasía hubiese sido ideal, pero sobrepasarse como lo ha hecho empeora todavía más la pésima sensación creada), no ayudándoles nada la ínfima calidad del rodaje, propio de un principiante en la materia sin más aparato útil que un dispositivo móvil (aunque los de última generación superan con creces la eficacia mostrada en el filme).

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Un reciente estudio llevado a cabo por expertos en la materia ha revelado que España es el primer país europeo en el consumo de cannabis y cocaína y, sin pretender incitar a ello ni mucho menos, no se podría considerar una disyuntiva inválida (de hecho prácticamente ninguna actividad lúdica, sindical o incluso nociva como la citada lo sería a excepción de casos tan evidentes como multiformatos de telerealidad y prácticas sectosas que colman de efímero orgullo pero oscurecen la conciencia dañando seriamente la cordura y la salud, mucho más que las aludidas sustancias ilegales de consumo cada vez más regular) ante propuestas de la ínfima calidad como la que la presente rezuma, urdidas por mentes de escaso imaginario y nulo sentido del espectáculo; treinta minutos de atrayentes indagaciones (en ellos se capta muy bien la esencia de una leyenda popular que, de tan difundida, se ha convertido en verdad subjetiva), dos de efímeras reflexiones personales (carentes de sentido), doce de extenuante excursionismo (a motor y a pie), veintidós de frustrante acampada (confesiones, proposiciones, rechazos, golpes, vocalizaciones, ruidos, angustias y sobresaltos se suceden sin lógica ni pausa) y, finalmente, doce de frenética acción cámara en mano (desenlace peor cuesta imaginar), esto y nada más es Willow Creek, trabajo minimalista donde los haya que resulta tan parcialmente práctico como indiscutiblemente innecesario, siendo ésta contribución de Bobcat Goldthwait al género de terror (si es que se puede llegar a aceptar que pertenezca a éste y no al familiar, pues el sopor está prácticamente asegurado y eso, para adormecer a los más pequeños, es un primor) un traslado a ningún lugar cuyo clímax se percibe abrupto y (muy) poco satisfactorio, un entretenimiento nulamente estremecedor (tanto como la interacción entre los intérpretes) solamente aconsejable a quienes no dispongan de nada mejor que desarrollar, sea cual fuere la alternativa.



Daniel Espinosa




 
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