Una familia de Tokio 23-06-2017 15:38 (UTC)
   
 

Una familia de Tokio
(Yoji Yamada, 2012)


Una familia de Tokio




Ficha técnica


Título original:
Tokyo kazoku
Año:
2012
Nacionalidad:
Japón
Duración:
146 min.
Género:
Comedia, Drama
Director:
Yoji Yamada
Guión:
Yoji Yamada
Reparto:
Isao Hashizume, Etsuko Ichihara, Tomoko Nakajima, Yu Aoi, Yui Natsukawa, Satoshi Tsumabuki, Bunta Sugawara y Masahiko Nishimura


Sinopsis


Una pareja de ancianos que vive en una pequeña isla viaja a Tokio para visitar a sus tres hijos, quienes quieren compartir su tiempo con sus padres pero, al mismo tiempo, están muy ocupados con su trabajo, dejando que éstos se sientan algo incómodos en la gran ciudad.



Crítica


Coincidiendo con el sexagésimo aniversario del lanzamiento de Cuentos de Tokio, el trabajo más aclamado del veterano director de cincuenta años al frente de la cámara con una filmografía compuesta por roza la ochentena de películas Yasujiro Ozu, el también japonés Yoji Yamada estrena en las salas del territorio español (la inestimable labor de distribución corre a cargo de A Contracorriente Films) un producto tan poco comercial como provechoso, concebido no como el prometido homenaje que se aseguraba iba a ser de tan celebrable fecha sino como un oportunista (la significación es bien diferente a la de oportuno) ejercicio de reciclaje sin más complacencia que la ya obtenida años atrás, una sintomática estrategia puramente lucrativa que pone de manifiesto, una vez más, la falta de respetuosidad que se guarda en relación a los clásicos del séptimo arte; más que una revisión, Una familia de Tokio es una copia tan sumamente fiel a la original que se antoja la misma en su versión en color al aprovechar cada uno de los elementos recogidos en ella de idéntico modo salvo matices vagamente modernizados (se resumen básicamente en la introducción de aparatos móviles e inapreciables variaciones argumentales que terminan por desembocar en la misma resolución) con la intención de resultar atractiva para un mayor número de espectadores, algo que, debido a la extrema densidad con la que se desarrolla la trama (considerarla soporífera no sería exagerado) y la interminable duración del filme (nada menos que ciento cuarenta y seis minutos), no ha sido precisamente logrado.

Una familia de Tokio  Una familia de Tokio
La internacionalmente catalogada como una de las cintas más importantes de la historia del cine (tal es así que en el resultado del prestigioso listado de la revista “Sight and sound” realizado la temporada pasada por el British Film Institute fue elegida como la mejor de todos los tiempos según la votación de los autores más influyentes y la tercera en la elección de los críticos), queda desdibujada por Una familia de Tokio a pesar de la excelente acogida de la que ha gozado hasta el momento ésta (alzarse con la Espiga de Oro al Mejor Largometraje en la Semana Internacional de Cine de Valladolid 2013 tiene un mérito enorme) y es que, cual pintor realista, el director se arma con pincel y paleta y comienza a dar las primeras pinceladas a un cuadro al que le dedica mucho tiempo, con calma, intentando no cometer errores pero trazando finalmente el contorno de lo que podría ser una fotografía casi perfecta de no tratarse de la manera en que se hace; en sus trazos huye de la sensiblería, de los giros extraños y de divagaciones varias que, lejos de no estropear el lienzo, lo hace indeseablemente primitivo y, volviendo a los conceptos cinéfilos, una obra monótona hasta el punto de conocerse desde los créditos iniciales qué ocurrirá no a la conclusión de la misma sino a cada instante, antojándose cada minuto más largo que al anterior a medida que avanza (por utilizar un término conocido aun no presumiéndose válido para la ocasión) una historia cargada de mensajes existenciales consabidos (a riesgo de parecer incisivo es menester señalar que la principal precariedad es la nulidad de novedades).

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El viejo matrimonio formado por Shukichi y Tomiko (Isao Hashizume y Etsuko Ichihara, la compenetración entre ambos es realmente alta) felizmente residente en una pequeña isla se desplaza, a petición de sus tres hijos, a la concurrida ciudad de Tokio con el objetivo de disfrutar unos días junto a su cada vez más lejana compañía a pesar de mostrarse reacios a la bulliciosa urbe (concurrencia que no se observa en absoluto al tener lugar la acción en un emplazamiento poco menos que idílico desde el punto de vista de la tranquilidad deseada por cualquier amante del silencio sepulcral), un viaje emprendido por dos clasicistas anclados en las tradiciones del pasado hacia un presente desconocido en el que el ego
ísmo parece regir la rutina diaria de todo el mundo, esclavizando y dictaminando cada paso; así, el rector de un importante hospital de la zona Koichi (Masahiko Nishimura, de tanta responsabilidad que asume carga mayúsculamente), la dueña de un poco frecuentado salón de belleza Shigeko (Tomoko Nakajima, prescindible es su presencia como necesaria su aportación) y el miembro de una compañía de teatro Shuji (Satoshi Tsumabuki, sin duda el mejor de cuantos actores participan) se disponen a compartir unos días junto a sus progenitores, pero las respectivas profesiones de cada uno de ellos hacen que descuiden paulatinamente el cuidado que los recién llegados merecen hasta el punto de ser el menos creído capaz de ello el que asuma el rol de compromiso junto a su pareja Noriko (Yu Aoi, gratificante como el hecho de que vaya cobrando relevancia hasta convertirse en la pieza clave del entramado sobre el cual pivotan las diferentes individualidades), dejando atrás la torpeza que le había caracterizado para denotar firmeza.
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Abandonando las metáforas pictóricas, en Yoji Yamada la familia es un tema recurrente (como lo fue en Ozu), rodeándose para ello en el presente largometraje de un magnífico reparto conformado por un grupo de actores que consiguen hacer creer que, efectivamente, existen fuertes lazos entre ellos y que sus relaciones van más allá de la simple representación en la gran pantalla, transmitiendo al público amor, furia, odio y cuantos sentimientos se quieran citar, quienes realizan una labor tanto interna como externa (entre ellos) como externa (hacia el espectador) brillante que, sin embargo, no complace como debiera debido al conjunto, el cual trata de emular una grandiosidad épica sin convicción; el tedioso visionado no solamente se ve lastrado por una fábula (el mejor modo de tildar lo que se recoge es éste) carente de interés, otro de los grandes puntos negativos del mismo es el repentino paso de una visión de conjunto a un trazo sobre la individualidad de cada uno de los miembros del clan protagonista, padeciendo todos ellos a la postre un final (aunque parezca mentira precipitado a juzgar por el ritmo global infundido y la minuciosa disección de cuanto sobreviene) que si bien es cierto que no dejará a nadie sin reacción no lo es menos que culmina el nefasto parecer (y padecer) despertado hasta entonces.

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Una familia de Tokio
plasma, combinando humor y drama con desigual acierto (mientras que en algunos compases la mixtura se presenta convincentemente en otros no cumplen la exigencia de decantarse por un género concreto), exactamente igual que lo hiciera Cuentos de Tokio, cuan desagradecidos son los hijos una vez crecidos (al menos en cuanto a edad) con quienes les han criado durante toda su niñez (la figura biológicamente paternal es un ejemplo del amplio abanico que abarca tal responsabilidad), no siendo la atención recíprocamente equiparable por mucho que los mismos traten de acercarse y, es más, frecuentemente se convierten más en unos indeseables que en unos apreciables visitantes, siendo considerados sin ningún tipo de tapujo estorbos humanos; el trabajo es conmovedor y próximo como pocos, albergador de los sentimientos más contradictorios que uno pueda llegar a imaginar (esperanzador y desolador, alegre y triste son solo dos del sinfín de ejemplos que podrían citarse) y contenedor de un sentido concienciador cuya interiorización dependerá de la asunción de culpabilidad que le genere al respetable unos personajes perfectamente definidos, cuasi personalizados, simbolizando (sin misticismos ni comparaciones, sino directamente) la viva imagen de una injusta correspondencia (más bien la ausencia de la misma) compartida por el noventa y nueve por ciento de personas, sin importar razas, credos y religiones, una dura (a pesar de la suavidad con la que transcurren los aparentemente banales sucesos) autocrítica elaborada a base de situaciones comunes, tal vez en gran medida a causa de esto último, asumibles sin discusión alguna.


Daniel Espinosa




 
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