The sacrament 26-06-2017 01:59 (UTC)
   
 

The sacrament
(Ti West, 2013)


The Sacrament




Ficha técnica


Título original:
The sacrament
Año:
2013
Nacionalidad:
EEUU
Duración:
94 min.
Género:
Drama, Suspense
Director:
Ti West
Guión:
Ti West
Reparto:
Alfred Bowen, Joe Swanberg, Kentucker Audley, Gene Jones, Amy Seimetz, Kate Forbes, Derek Roberts, Shirley Jones, Lashaun Clay, Madison Absher, Dale Neal, Kate Lyn, Donna Biscoe y Torvin Pristell


Sinopsis


Dos reporteros y un fotógrafo se ven atrapados en una ceremonia religiosa en la que el principal objetivo es realizar un suicidio en masa.



Crítica


Tras convertirse en todo un referente del género gracias a la sorprendente La casa del diablo en dos mil nueve (The roost y Trigger man fueron sus dos primeras obras pero no llegaron a trascender tanto como ésta), atreverse a tomar el relevo de Eli Roth en Cabin fever 2 un año más tarde, participar en la excelente antología de terror V/H/S hace unos meses (así como en la irregular The abc’s of death) y debutar como actor poco después en la sobrevalorada Tú eres el siguiente (regresando unos meses atrás merece la pena mencionar la excelente The innkeepers), el prolífico Ti West vuelve a situarse detrás del objetivo con un trabajo bastante diferente a los anteriores pero mucho más cercano a la actual corriente de la industria del cine, lo cual le resta (cuanto menos aparentemente) gran parte de la singularidad que hasta la fecha había asumido; el subgénero en el que se engloba la película no es otro que el del tan recurrido últimamente supuesto material encontrado, basándose el mismo, en resumen, en imitar una grabación real donde la filmación es parte de la escena, recurso que sumerge al espectador en la trama pero perjudica (o más bien facilita la edición del responsable al precisar menos dinero para proceder a ello) a la calidad del producto final, estando poco menos que obsoleto tras dejar grandes obras de terror como [REC] y El último exorcismo, sin olvidar que la precursora de todas cuantas vinieron tras ella (por el inmenso prestigio que supuso para el territorio patrio que fuera codirigida por Eduardo Sánchez bien vale la pena mencionarlo) es la inteligentemente publicitada y escasamente interesante El proyecto de la bruja de Blair, cuyo rodaje de produjo invirtiendo la paupérrima cifra de treinta y cinco mil dólares.

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Se conocen de sobra todas las artimañas que se pueden emplear en un metraje de pareja índole, los tiempos que debe seguir, la estructura que sin duda respetará e incluso los recursos de los que se hará gala tratando de sorprender cuando apenas recordará vagamente a títulos mejores, o al menos eso se podía asegurar hasta ahora, pues el realizador de treinta y tres años originario de Wilmington justifica por qué es considerado uno de los grandes autores del actual panorama cinematográfico, y lo hace a lo grande, valiéndose de cada pequeño detalle que el entorno y el modo de grabación seleccionado le permiten para presentar una producción igual de especial que sus predecesoras con la salvedad de que realmente no aporta demasiadas novedades conjuntivas, por no sentenciar ninguna; entender el por qué de la elección del formato para contar la historia que se narra es una tarea bien sencilla, y es que basarse a un nivel referencial bastante importante en la tragedia de Jonestown (considerada la mayor masacre estadounidense por causas no naturales hasta los atentados del 11-S, contabilizándose alrededor de novecientos muertos debido a la ingesta de altas dosis de veneno previo lavado de cerebro) acontecida a finales de los setenta aunque se ambiente en la actualidad para facilitar la comprensión obviando acreditar dichos hechos reales para fingir una filmación verídica elimina el factor de credibilidad de la inspiración en el suceso (y, por ende, la respetuosa fidelidad plasmada no hace sino desperdiciarse) pero aumenta el poder de impacto del lavado de cerebro y la imposibilidad de revelación que padecen los integrantes de semejantes familias religiosas, quienes se refieren al suicido como una indolora prueba de sacrificio y a la donación de posesiones como un necesario acto de fe.

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El corresponsal Sam (Alfred Bowen, sus participaciones siempre son sinónimo de calidad interpretativa) y el cámara Jake (Joe Swanberg, impreciso aun asumiendo un rol secundario de escasa complejidad), dos reporteros de la empresa multimedia Vice (con sede en Williamson, Brooklyn, se centra en emitir noticias internacionales de arte y cultura ignoradas por la mayoría de medios de comunicación debido a su controvertido y provocativo contenido a más de una treintena de países con un estilo comúnmente conocido como inmersionismo, es decir, de un modo subjetivo), aceptan acompañar al reconocido fotógrafo de moda Patrick (Kentucker Audley, descompensada es su labor al pasar de otorgársele un gran protagonismo a apenas aparecer en pantalla) a una remota comunidad rural abstemia de Mississippi con el propósito de comprender los motivos que han estimulado el repentino aislamiento de Caroline (Amy Seimetz, a excepción de cuando simula estar ebria borda su cometido de ciega fidelidad que abduce la esencia del ser), hermana de éste último que superó su drogadicción gracias a la autosuperación que proclama dicha congregación; emprenden el largo viaje desde la capital estadounidense hacia el sur de la región guiados por las escuetas y extrañas instrucciones que la joven a la que buscan les ha proporcionado a través de una misteriosa carta, llegando en helicóptero (no existe otra forma de proceder) con la advertencia por parte del piloto del mismo de que la jornada siguiente regresará a la misma y hora y partirá inflexiblemente con o sin ellos, siendo el armado recibimiento s
ólo el preludio del asfixiante y constante control al que serán sometidos.
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Una vez solventados los primeros problemas (el hecho de que hayan acudido al encuentro de la chica tres y no uno como previamente se había acordado compromete tempranamente la expedición) llegan, tras un trayecto de dos quilómetros en camioneta, al lugar donde las necesidades de todos se cumplen por igual distanciándose del imperialismo, la violencia, la pobreza, el racismo e innecesarios ataques a los derechos humanos básicos (así versa parte del contenido de un comunicado que les es entregado a los considerados invitados), la Parroquia del Edén, territorio que se rige por la voluntad de Dios encarnado en la figura de alguien al que se idolatra, Charles (Gene Jones, realmente imponente, sobre todo en la sublime entrevista que concede a los nuevos prisioneros, pues abandonar el emplazamiento no es posible, ), al que se dirigen bajo el apodo de Padre y cuyo poder de manipulación es tal que nadie duda de su conexión directa con la voz del Señor ejerciendo de humilde guía espiritual; la hospitalidad de la que presumen tan radicales entregados en contraprestación a la falta de modernidad quedará en entredicho cuando se revele que quienes se rebelan contra las imposiciones del sabio (quien parafrasea citas romanas como “no os conforméis con los patrones de éste mundo sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente” e inventa sentencias propias como “llega el día en el que la calidad de tu vida vale más que el tiempo que te queda”) y, así, lo que para los miembros allí residentes (el abanico de edades, razas y complexiones es amplio) es el Paraíso en la Tierra para los recién llegados, tildados por cierta sufridora y al final denunciadora madre de forasteros, será un verdadero Infierno...

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A pesar de presentar algún defecto de considerable repercusión global (el poco aprovechamiento de los paisajes y las escasa relevancia de las utopías mentales que las espirituales convicciones ofrecen), The sacrament asombra, entretiene e hipnotiza (en especial a lo largo de la primera hora, sesenta minutos en los que la tensión es tal que casi puede cortarse con un cuchillo si no fuera porque emplear uno originaría todavía más problemas a los protagonistas, una dupla con la que es imposible no empatizar desde el primer instante merced al carisma que poseen y la soltura con la que manejan el percal que paulatinamente se complica hasta límites insospechados), tres términos que prácticamente nunca confluyen gratamente; no es ningún misterio que aportar matices al subgénero al que pertenece el metraje es arduo complicado, pero aquí sí se hace al ofrecerlo en modo de espectáculo televisivo con un comienzo de intenso ritmo que rompe con la habitual parsimonia inicial, y es que no es tanto una cinta calificable de terror propiamente dicho (lo cual puede llegar a decepcionar a los puristas) como una penetrante pieza que muestra el fanatismo llevado hasta deletéreos extremos, siendo una inocente indagación de una comunidad cristiana una pavorosa experiencia (por trazar un leve símil, las sensaciones suscitadas podrían equipararse a las de una imaginativa mezcla entre Red state y Sound of my voice) y, aunque algunos de los problemas que alberga se hacen muy evidentes, la mayoría de ellos podrían justificarse por ofrecer un ángulo relativamente desemejante del usualmente explotado, lo cual siempre es de agradecer y más cuando el conjunto se conforma tan sólidamente evitando recurrir a pobre sensacionalismo y m
últiples reminiscencias.


Daniel Espinosa




 
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