The green inferno 21-11-2017 23:02 (UTC)
   
 

The green inferno
(Eli Roth, 2013)


The green inferno




Ficha técnica


Título original:
The green inferno
Año:
2013
Nacionalidad:
EEUU
Duración:
103 min.
Género:
Drama, Suspense
Director:
Eli Roth
Guión:
Eli Roth y Guillermo Amoedo
Reparto:
Lorenza Izzo, Ariel Levy, Richard Burgi, Sky Ferreira, Nicolás Martínez, Kirby Bliss, Aaron Burns, Magda Apanowicz y Matías López


Sinopsis


Tras sufrir un accidente aéreo sobre una jungla de América Central, un grupo de jóvenes son capturados por una tribu de indígenas que tienen intención de sacrificarlos para ofrecérselos a sus dioses ancestrales.



Crítica


Después de seis años sin dirigir un largometraje para la gran pantalla, el actor (maravilloso como bateador de nazis en Malditos Bastardos y ridículo como superviviente en Aftershock), productor (su implicación en la sensacional El último exorcismo se limitó al desembolso dinerario que dicho cargo implica), guionista (la retorcida Cabin fever le valió para darse a conocer) y director (suyas son las dos primeras entregas de la impactante saga Hostel) Eli Roth vuelve dispuesto a crear tanta controversia como furor con otra propuesta gore a la par que polémica, y es que partiendo de la evidencia que se ha ganado a pulso la mayor clasificación para su exhibición en territorio estadounidense no es menos cierto que lo recogido es brutalidad en estado puro; la misma vendría a ser la de obligación de acompañamiento adulto que conlleva la prohibición de la entrada a menores de dieciocho años en el español con la diferencia que allí sí se cumplen las normativas de restricción de acceso a las salas, y los motivos que han llevado a otorgársela son, entre muchos otros, elevado contenido de violencia aberrante, perturbadoras torturas, breves escenas de desnudos, alto contenido sexual, lenguaje malsonante y consumo de drogas, no siendo osado afirmar que se trata de unos de los títulos más salvajes del año destinado a un amplio aunque selecto sector del público (quienes no soporten semejantes hostilidades que eviten por completo visionarlo, pues de lo contrario tratarán de huir más deprisa que los protagonistas del percal en el que se ven envueltos).

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Tras la enorme expectación generada (con un autor tan distanciado del resto como el norteamericano no podía ser de otro modo) el producto iba a ser (y de hecho así está siendo) analizado minuciosamente por parte de la crítica y los espectadores en aras de resaltar los aciertos y señalar los errores que éste contuviera, no siendo ningún misterio cuáles iban a ser, ya que si por algo se ha caracterizado es por ser fiel a sí mismo y respetar escrupulosamente (por imposible que parezca aplicar este término al responsable es el más adecuado) la fórmula que ha hecho de su carrera una tan merecidamente laureada como injustamente reprochada (salvo en casos muy particulares esa ha sido la tónica objetiva) y ésta no es precisamente la excepción que confirma la regla; aún así, con toda la previsibilidad que implica conocer cuál será el destino final que les depara a los personajes de la trama, ya sean libertinos turistas como en Hostel o desorientados accidentados como en ésta (inmediata comparativa a pesar de plasmarse circunstancias sumamente diferentes), la personalidad con la que dota a dicho devenir es tan particularmente interesante que uno no puede sino rendirse a la magia creada con sumo cuidado, desde la profunda extracción de todo lo que los paisajes proporcionan (reminiscencias a Apocalypto y Congo son inevitables) hasta la intensa intríngulis en la que se ven inmersos todos aquellos que van transitando por la pantalla por motivaciones e intenciones no tanto dispares como contrapuestas (el bien que ansían unos lo tratan de evitar a toda costa los otros para beneficio propio).

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La virginal (en el sentido más amplio del término hasta que cierta mujer ahonda en su aparato reproductivo) e inocente Justine (Lorenza Izzo, descomunal su trabajo interpretativo aun suponiendo un verdadero reto al ser variopintos los matices que en cada momento debe otorgarle a su personaje), la hija de un máximo cargo de la ONU (Richard Burgi, poco presente pero tan imponente como en Hostel II), decide unirse a un grupo de defensores de los derechos humanos (más concretamente de las mujeres) en los países menos desarrollados que se propone impedir que una despiadada compañía de gas tan interesada en la riqueza del subsuelo del en otras circunstancias idílico emplazamiento que no dudará en hacer uso de la fuerza bruta de encontrarse con la más mínima oposición para consumar sus pretensiones extractoras extermine a un clan primitivo de ancestrales costumbres (las mismas serán claramente mostradas con posterioridad) en la misión humanitaria más trascendental efectuada hasta la fecha (con la correspondiente deseada difusión que la misma supondrá); tras ser seducida por el representante de tan honrada (al menos eso es lo que aparenta) entidad, Alejandro (Ariel Levy, grandioso su don para despertar el deseo de verlo morir), la joven decide embarcarse en el viaje más peligroso de su vida junto al resto de integrantes, experimentando primeramente en sus propias carnes el desespero (cuando es utilizada como moneda de cambio a fin de velar unos ideales todavía no asumidos) y segundamente la alegría del triunfo (salvan no solamente la raza objeto de la expedición sino también todo el bosque peruano que ya se creía perdido en virtud de la gran compañía invasora), y es que aunque la empresa se presumía quimérica al ser una lucha desigual (las poderosas armas de fuego de la milicia son contrarrestadas con amenazas de grabación y posterior difusión por la red) tan loable causa fructifica, pero cuando emprenden el vuelo de regreso los neoyorquinos sufren un accidente de avión (posiblemente la secuencia más absorbente, impactante así como destacada de todo el metraje) y caen en un rincón perdido de la jungla peruana, lugar en el que serán acechados por unos caníbales que pretenden sacrificarlos para honrar a su dios (se podría ser mucho más explícito y adjuntar más detalles pero ahí es donde reside el encanto del filme, en la serie de desastrosos acontecimientos que a raíz de tan indeseado encuentro sufren los, por decirlo de algún modo, el conjunto de provincianos).

En plena época de eternos retornos donde la evolución de los géneros parece transitar por la revisión y actualización de sus formas pretéritas pareciendo que ya no queda nada por exprimir del fantástico la fiebre reivindicadora de las películas de caníbales había pasado por alto hasta que el hombre que diera forma al concepto de “torture porn” ha decidido que deje de ser así, que ya era hora de que el espectador vuelva a sentir la añorada náusea que provocaron títulos como Caníbal feroz de Umberto Lanzi, de recuperar una determinada tradición de la violencia cinematográfica extremando aquello que se muestra en pantalla (la labor desempeñada por Greg Nicotero y su equipo en el apartado de efectos de maquillaje es excepcional) sin obviar la pulcritud de aspectos políticamente incorrectos (el propio desenlace deja patente la opinión del director de que si se pudiera comprender el canibalismo se resolvería el problema del hambre en el mundo, frase textualmente pronunciada por el mismo que no hace sino demostrar que la sociedad no parece importarle en exceso, pues de suceder lo que menciona la población no solo decrecería en picado sino que la convivencia se complicaría más si cabe); aunque la banda sonora bien merezca la pena plantearse adquirirla en formato físico (a excepción de la penosa versión latina de “Corre” del grupo musical Jesse y Joy todos y cada uno de los temas penetran profundamente merced a la contundencia con la que suenan y la pertinencia que guardan con las escenas en las que son introducidos), la visceralidad de algunos compases alcance cotas creídas imposibles (el menú culinario que se propone hace remover las tripas) y, en resumidas cuentas, la gratitud que despierta encontrarse con una cinta de semejante índole, el hecho de que sea argumentalmente inconsistente (se plasman secuencias de auténtico horror visual escasamente justificado) resta gran parte del mérito (y el divertimento) que podía (y debiera) haber contraído, traduciéndose todo más allá del exceso en nada menos que un intento de feroz sátira no a la civilización sino específicamente a aquellos que se consideran cívicos y al peligro de la sobreexplotación irracional, temas tremendamente trascendentales que son tratados de forma irrespetuosa sucediéndose un sinfín de burlas (escatológicas, machistas, políticas, religiosas... absolutamente de todo tipo), lo cual tampoco ayuda a mantener la tensión que, en determinados compases, es mayúscula.

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Con The green inferno el autor ha logrado (al menos parcialmente) lo que pretendía, rendir un sentido tributo a sus títulos preferidos del género de los setenta (indudablemente el máximo exponente es Holocausto caníbal) sin mencionar en ninguna de las entrevistas que ha concedido el filme homónimo de Antonio Climat datado de mil novecientos ochenta y ocho  en la que una expedición formada por cuatro amigos se adentraba en una recóndita zona de la selva amazónica para buscar a un profesor desaparecido que parece estar viviendo con una legendaria tribu de nativos custodiando un tesoro de incalculable valor, argumento un tanto distante al de la película presente pero sin duda directamente relacionable con ella, mas según ha ido explicando el mismo realizador a través de las redes sociales el rodaje se llevó a cabo en un remoto lugar del Amazonas en calamitosas condiciones sin electricidad ni agua corriente en aras de recrear de la manera más fiel posible la esencia de tales clásicos, lo cual se debe añadir al largo listado de esfuerzos por emular dichos clásicos; sea como fuere, y admirables implicaciones a parte (con el castigo interpretativo que éstas implican al no permitir actuar con la tranquilidad que un buen entorno proporciona), la acogida ha sido tan formidable (en especial por parte de la prensa especializada, llegando a sentenciar algunos medios que se trata de una obra de culto en toda regla) que la confirmación de manera oficial de una secuela no se ha hecho esperar (el productor de la presente, Nicolás López, es el mejor postulado para la probable segunda entrega), hecho cuanto menos curioso al no haber comprobado fehacientemente cómo los jueces supremos, los espectadores de a pie, la reciben, aunque no parece atrevido predecir un elevado porcentaje de críticas positivas frente a algunas (siempre las hay y en este caso con más motivos aún por las contrariedades citadas anteriormente) negativas, entrando en juego precisamente la subjetividad sustentada en los gustos personales de cada uno aunque, si a imparcialidad se refiere, lo cierto es que se esperaba bastante más (no tanto en cuanto a ferocidad como a coherencia narrativa) de tan prometedora propuesta aun sin llegar a defraudar enormemente al poder disfrutarse más que aceptablemente.



Daniel Espinosa




 
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