The battery 21-10-2017 17:43 (UTC)
   
 

The battery
(Jeremy Gardner, 2012)


The Battery




Ficha técnica


Título original:
The battery
Año:
2012
Nacionalidad:
EEUU
Duración:
97 min.
Género:
Drama, Terror
Director:
Jeremy Gardner
Guión:
Jeremy Gardner
Reparto:
Jeremy Gardner, Adam Cronheim, Niels Bolle, Alana O’Brien, Jamie Pantanella, Larry Fessenden, Kelly McQuade, Eric Simon, Sarah Allen, Nichole Kinnett, Lyles Williams, Elise Stella y Matt Bacco


Sinopsis


Dos ex jugadores de béisbol deberán atravesar las carreteras de Nueva Inglaterra para evitar ser atrapados por los cientos de muertos vivientes.



Crítica


Ha quedado más que demostrado a lo largo de la historia del séptimo arte que con pocos recursos pueden conseguir elaborarse grandes obras (de hecho el estar limitado en cuanto a medios magnifica en el autor en cuestión, si lo posee, el potencial imaginativo), pero The battery no es el caso, y es que el predominante aburrimiento (los largos silencios son insoportables y las conversaciones al más puro estilo Quentin Tarantino no profundas sino banales) ensombrece por completo los  aciertos (escasos pero lo hay, por supuesto) de Jeremy Gardner tras las cámaras, quien ha errado estrepitosamente su planteamiento desarrollando equivocadamente un argumento que de tan primitivo podría haber resultado cuanto menos curioso (muchos comentarios son, en efecto, muy sugerentes aun no suponiendo más que chistosas suposiciones como la que sostiene que la fuente de la infección de la pandemia que se ha extendido mundialmente son unos olorosos calcetines); comparar los lamentos de los no muertos con la lluvia que cae sobre el tejado de una casa y afirmar que ambos sonidos son igual de relajantes es una opinión tan subjetivamente válida (la convicción que adopta quien profiere tal símil en la trama es enorme) como la cámara que recoge la (poca) acción en todo momento (una que convierte la tercera persona en primera cuando no conviene), elección fílmica que desentona con el meticuloso minimalismo que prima en una historia en la que las situaciones que los espacios reducidos pudieran ofrecer no se exprimen para nada (el mejor ejemplo de ello es el encierro en un coche que ocupa prácticamente el cuarto final del metraje en el que no se suceden más que propuestas de distracciones tan recurrentes como desesperantes que culminan con el acuerdo de morir al día siguiente, pacto que surge de la embriaguez propia de una fiesta celebrada por dos amigos, inapropiado jolgorio que de hecho se extiende al resto de la película quedando la sensación de haber presenciado una despedida de soltero y no una mortífera invasión), aconteciendo el resto en decorados que solamente han precisado ser desalojados para emplearse como apocalípticos (insuficiente estrategia al no suponer sumatorio alguno).

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Escenas muy próximas al ridículo más denunciable como la danza con una botella de whisky en una mano y una pistola en la otra y las interminables secuencias de hasta siete minutos sin pausa ni pronunciación de palabras (llegando a comprender un cuarto de hora y un desenlace tan trágico como abierto), junto con el minuciosa aunque fatalmente humor negro seleccionado (puede llegar a considerarse muy poco respetuoso en determinados compases debido a la fuerte e injustificable carga crítica que posee), hacen de la propuesta un ejercicio de superación por parte del espectador a fin de no abandonar el visionado antes de su término (lo cual tampoco sería un error al poder dedicar ese tiempo a cualquier otra labor sin duda más provechosa), y es que todo se resume en dos buenas actuaciones (que flojean en aquellos instantes más exigentes) sobre un frondoso telón de fondo a plena luz del día (oscurecido por el interior de un vehículo posteriormente); una correcta edición en la que los cortes abundan y una clásica grabación que muestra claramente lo que sucede sin demasiado criterio no son motivaciones suficientes para disfrutar de una especie de concierto local (que la excelente banda sonora sea más frecuente que los diálogos curiosamente se agradece pero no es lo pertinente) en el que el controlado desenfreno se contradice a sí mismo al igual que lo hacen los dos supervivientes de la trama al tratar de sobrevivir en un mundo al borde de su más dramática extinción sin descuidar aquellos detalles en los que nadie prestaría atención en dicha tesitura (como sería la higiene personal menos general, pues en uno de los asaltos domésticos que efectúan confiscan un par de cepillos de dientes en lugar de provisiones) por más que se trate de justificar todo ello mediante el alegato de haber dispuesto de una escasa suma dineraria como presupuesto, ya que una producción de zombies en la que la lucha contra los mismos (por muy defectuosa que sea) se reduce a la habitualidad más esporádica no puede considerarse celebrable si en lugar de ello no tiene lugar otra vertiente medianamente lograda (precisa y tristemente es lo que sucede).

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Dos ex jugadores de béisbol (antigua afición de ambos que cobra especial relevancia en aquellos compases en los que un bate de dicho deporte se emplea como mero entretenimiento e incluso contundente arma de defensa, y es que de hecho el estudio de campo ante el desconocimiento previo revela que el título hace referencia a la colaboración entre el lanzador y el receptor del mismo y no a una pieza automovilística) que han entablado recientemente una amistad obligados por las circunstancias, Ben (Jeremy Gardner, irregular al cumplir portando un bandolera y en su interior un revólver cargado cual vaquero del viejo oeste pero no simulando soportar fuertes olores sin apenas inmutarse) y Mickey (Adam Cronheim, al igual que el anterior impreciso), emprenden un camino sin rumbo fijo a través de las zonas más típicamente rurales (paisajes de veras hipnóticos que engrandecen la naturaleza) de una desolada zona inglés refugiándose en los recovecos que presentan los caminos y la frondosidad de los bosques que les rodean para mantenerse al margen de los cuerpos tambaleantes (es decir, como se diría en el argot de The walking dead, los caminantes) que patrullan las antaño bulliciosas ciudades y hasta hace bien poco acogedores pueblos; para sobrevivir deben superar las marcadas diferencias de personalidades que albergan cada uno de ellos, chocando continuamente al adoptar un estilo de vida cada vez más salvaje el primero (el afán por subsistir pescando llega a ser repetitiva) y un rechazo de aceptación de la dura realidad del nuevo mundo que le hace añorar las comodidades que una vez dio por sentadas el segundo (algunos de sus pasatiempos son los de rascar billetes de lotería que nunca podría cobrar en caso de resultar premiados, escuchar música que recuerda a épocas mejores a través de unos llamativos auriculares y husmear entre la ropa interior de la mujer a la que amaba en su propio dormitorio).

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El realismo de Ben (el pesimismo inunda su mente no sin motivaciones a tenor de lo que contemplar diariamente) y el romanticismo de Mickey (así denominan ellos mismos su comportamiento tildándolo de racional aun mostrando claras patologías sexuales como masturbarse al contemplar cómo una no muerta se frota contra la ventanilla al tratar de entrar al bólido en el que reposa éste) pasan a ser secundarios cuando interceptan una transmisión de radio emitida desde una aparentemente próspera comunidad protegida que envía cada cierto tiempo a una de sus integrantes, Annie (Alana O’Brien, incalificable al no aparecer físicamente más de dos minutos en pantalla reduciéndose su aportación a la sonoridad radiofónica), a investigar los alrededores; apelando al movimiento como única máxima en su forma de vida (exactamente igual que en la reciente Guerra mundial Z), los dos tratarán de tener un encuentro con la misteriosa representante de tan idílica agrupación de supervivientes para que les acepten en ella, pero descubrirán que las advertencias que recibían por parte de la misma acerca de no insistir en contactar con ellos al no ser bienvenidos no eran amenazadoras sino advertidoras (el desenlace es tan precipitado que tampoco se pueden extraer grandes conclusiones acerca del mismo, solamente que la raza humana ha sido, es y seguirá siendo la más peligrosa de la Tierra).

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El director se amostró reacio desde un principio a afrontar retos que se le escaparan de sus posibilidades y, así, afirmó en unas declaraciones concedidas a un medio de comunicación que con The battery no pretendía más sumarse a la sinfín retahíla de metrajes (no por ello menos agradecibles) que se traducían instantáneamente en bocanadas de aire fresco (algo forzadas) de las que disponía en varias ocasiones cada temporada un subgénero que precisa de semejantes aportaciones para seguir causando el enorme furor que en los últimos años no ha hecho más que crecer sin cesar hasta situar la temática en un plano tan efectivo (y de hecho recurrido) como cualquier otra, con la gran diferencia de que las posibilidades que en ésta se pueden englobar abarcan un número considerablemente mayor al de prácticamente la totalidad del resto, y es que un pequeño matiz, un inapreciable cambio en el desarrollo de la historia consigue que las piezas cobren tintes completamente diferentes y por ende el resultado se perciba incomparable, desde la comicidad absoluta (sirva de ejemplo Zombies party) hasta la visceralidad total (véase 28 días después), pero el gran problema es que el presente filme no se englobaría en tal grupo sino en el de los más prescindibles, pues no contiene nada que pueda salvarla; la fuerte apuesta que muchos sectores están realizando en beneficio del cine de calidad llevado a cabo con pocos recursos (mal denominado de bajo coste, pues ello suele llevar al equívoco de creer con firmeza que la laboriosidad pueda ser mínima cuando es precisamente lo contrario al primar el carácter artesanal) encuentra su representante más irrisorio en ésta cinta, la cual merma de manera involuntaria la futura acogida de emergentes propuestas que gozan de especial importancia en los nuevos mercados del séptimo arte que se están proyectando el movimiento como una tendencia que abre circuitos y descubre talentos como es el caso de Jeremy Gardner (no por demostrar su validez sino por circunscribirse en esta novedosa ayuda), quien no solamente debuta como director sino que además se atreve a coprotagonizar la película (como ya hiciera en los trabajos The robert cake brett y The bags kay) y ejerce de productor, lo que vendría siendo una multitarea fácilmente resumible en una asunción insuperable de cargos que no fructifican lo más mínimo, pudiéndose catalogar su (arduo, evidentemente) cometido global de poco menos que deleznable.



Daniel Espinosa




 
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