The babadook 22-06-2017 16:39 (UTC)
   
 

The babadook
(Jennifer Kent, 2014)







Ficha técnica


Título original:
The babadook
Año:
2014
Nacionalidad:
Australia
Duración:
91 min.
Género:
Drama, Terror
Director:
Jennifer Kent
Guión:
Jennifer Kent
Reparto:
Essie Davis, Noah Wiseman, Hayley Elhinney, Daniel Henshall, Barbara West, Benjamin Winspear, Cathy Adamek, Adam Morgan, Peta Shannon, Tiffany Lyndall, Tim Purcell, Benjamin Winspear, Carmel Johnson, Craig Behenna, Michelle Nightingale y Stephen Sheehan


Sinopsis


Siete años después de la violenta muerte de su marido, Amelia continúa intentando educar a su hijo Samuel, que vive aterrorizado por un monstruo que se le aparece en sueños y amenaza con matar a toda su familia.



Crítica


Que nadie trate de buscar la filmografía cinéfila de Jennifer Kent, pues The babadook es, por mucho que cueste de creer juzgando el magnífico manejo de la técnica direccional de la que hace gala en la presente producción (sin duda han contribuido a tan soberbia conducción las aportaciones que hasta la fecha había firmado, curiosamente el mismo año dos mil cinco, una televisiva y otra de corta duración, Two twisted y Monster, respectivamente), una flamante ópera prima de terror doméstico que aprovecha el concepto artesanal para lograr que las inquietudes (pre)digitales, sobrecogedoras más que asustadoras, sirvan de sustrato primigenio prevaleciendo (en cuanto a relevancia  e incisión) por encima de cualquier otro elemento (de hecho el mínimo empleo del ordenador no aporta más que negativismo); despertando sentimientos de auténtico pavor, la autora se atreve a tratar temas tan trascendentales como la pérdida, el dolor y otros demonios que no pueden ser vencidos tan fácilmente como los corporales (insinuándose mucho y mostrándose poco, como no podía ser de otra manera), componiendo una elegante obra tan completa como entendiblemente incomprendida (al menos como debiera ser), ya que las calificaciones a nivel internacional han sido muy positivas pero no por dicha congregación de asuntos sino por la tétrica atmósfera recreada, indudablemente conseguida pero subjetivamente sobrevalorada (impresión que se acentúa al observarse argumentos mucho más sólidos para alabar el trabajo que el clásico contenido genérico), y es que la tendencia a proceder de tal manera es la común.

The Babadook  The Babadook
Merecida ganadora del Premio Especial en el Sitges Film Festival 2014, la película de origen australiano plantea con estilo y personalidad, partiendo de algo tan sencillo como las aprensiones infantiles (en el abanico más amplio que éstas puedan llegar a traducirse), la diversidad de perspectivas existente entre generaciones en relación a una figura demoníaca procedente (al menos previsiblemente) de las perjudicadas por todas las vivencias que han experimentado mentes de los protagonistas, quienes comprueban en cuestión de días (la historia abarca apenas dos semanas) cómo una fuerza oscura trata de destruir la unidad familiar arrasando los pocos cimientos sólidos que la mantienen articulada; así, la actriz convertida en debutante realizadora, tiene la inusual habilidad de exponer una fábula desplegable cual evento predicho, protagonizado por el mítico “Hombre del Saco” (“Boogeyman” para los anglosajones, tomando dicha nomenclatura como título la medianamente aceptable obra de Stephen Kay de, se vuelve a repetir el número mágico, que cada cual juzgue si casual o causalmente, dos mil cinco), un monstruo de procedencia incierta que se oculta en recónditos espacios habitacionales para que, cuando se cierna la noche en la intimidad del hogar (y más concretamente en el dormitorio que ha decidido ocupar) la víctima no concilie el descanso sino la perdición, revelándose entre la vigilia y el sueño, tal vez para que se le encasille en el plano irreal y así operar sin tanta oposición, como si de un potente y consciente catalizador de falsas esperanzas de buen fortunio se tratase.

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Han pasado siete años desde que Amelia (Essie Davis, demasiado irregular en su en cualquier caso complicada interpretación), una antaño aclamada escritora de artículos para revistas actualmente reconvertida en sacrificada trabajadora del centro de cuidados a ancianos local, perdiera en un fatídico accidente automovilístico a su esposo (el mismo va recreándose mínimamente durante la trama a modo de pesadillescas evocaciones que no dejan de ser fieles representaciones de los mayores temores que alberga el personaje femenino) y asumiera desde entonces la obligada tutela de Samuel (Noah Wiseman, quien de lunático aborrece aunque de atormentado convence), su agresivo, conflictivo, desobediente, rebelde y travieso único hijo (al que dio a luz precisamente instantes después de tan trágico percance conyugal) que la exige tanto (tanto física como mentalmente) que ha terminado por acaparar cada segundo su vida (tal es así que incluso interrumpe sus búsquedas nocturnas de placer orgásmico en la negrura de su alcoba) y, por consiguiente, convertirla en un desdichado intento de agobiada, amargada, deprimida, estresada y triste progenitora ejemplar; las constantes estrategias por parte del pequeño para llamar la atención (más que por la no asunción de la muerte de la mencionada figura paternal, presumiblemente superada al citar “mi papá está en el cementerio” con total naturalidad, por defenderse de incomprensiones externas atribuidas a elementos externos) de cuantos le rodean han provocado más de un aviso escolar (la asignación de un supervisor permanente la es anunciada en vísperas del aniversario del mismo) y un sinfín de accidentes domésticos (la enseñanza de que los monstruos pueden ser destruidos mediante la lectura de clásicos como “Los tres cerditos” y “La cenicienta” ha sido tergiversada hasta el punto de fabricarse un arma para tal propósito), por lo que la creencia de que un monstruo exista (concretamente el protagonista de “M
íster Babadook”, un ejemplar que ha aparecido misteriosamente en el estante de su habitación) es inmediatamente recusable y atribuirle a su imaginación.
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“Si está en una palabra o en una mirada no puedes deshacerte de él”, “si eres realmente inteligente y sabes ver entonces podemos compartir un amigo, su nombre es Bababook y éste es su libro” son algunas de las frases que contienen sus escuetas e indestructibles
(ni con fuego) cuatro páginas a doble cara (en la versión original las mismas se suceden con ingeniosos juegos de palabras pero al aplicarse la traducción española se pierde el sentido de la mayoría de ellos), así como amenazas entre las mismas (“encuéntralo en tu habitación por la noche y no podrás conciliar el sueño”, “ten en cuenta lo que has leído”, “pronto me quitaré mi gracioso disfraz y cuando veas lo que hay debajo desearás haber estado muerto”, “mientras más lo niegues más fuerte me haré”...) y, cual castigador presagio, el detallado proceder de la criatura que se anuncia (“un sonido retumba y luego tres golpes definidos, ba ba ba ¡dook dook dook!, será entonces cuando sepas que está cerca y lo podrás percibir”); la siniestra presencia no cesa en su empeño de ocasionar los mayores destrozos posibles, especialmente morales (el ambiente sonoro cobra en estos compases tintes épicos, siendo más expresivo que algún que otro secundario, una especie de homenaje al cine mudo de gran valor), y maneja a su antojo la percepción de la realidad (en cuanto a ella la causa alucinaciones que entran en una espiral fura de control y en lo referente a él una convulsión febril por el alto nivel de ansiedad que padece), contrayendo ambos una obsesión tan enfermiza como impredecible...
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Psicológica y meritoria como pocas, The babadook progresa a un ritmo tan magnífico que la angustia se apodera del espectador sin percatarse (puede que alguno halle cierta sintomatología de ficción en determinadas dosis de surrealismo, pero éstas son imprescindibles para la breve pero críptica reflexión que subyace tras una serie de tesituras que la inmensa mayoría reconocerán inmediatamente), y lo logra sin abusar de efectismos carentes de sentido para turbar la tranquilidad del mismo, alejándose por tanto de la burbuja colectiva y sobredimensionada que una infinidad de cintas de semejante índole han ido consumando (generalizar siempre es atrevido pero la gran cantidad de metrajes mediocres directamente relacionables con éste, los cuales han obviado la mínima innovación en virtud de la revitalización más penosa, así lo permite); citar El exorcista, El resplandor, Expediente Warren: The conjuring o, Scream,  Pesadilla en Elm Street como referentes del filme (sin olvidar el impagable homenaje que cierto vídeo de magia y varias licencias brindan a Georges Méliès) no permite sino guiar sinceramente acerca de lo que uno encontrará en éste, un congregado de ideas que reflejan la enorme laboriosidad del guión (sin olvidar la fotografía de Radek Ladcuk y la selección musical de Jed Kurzel, en total sintonía global) pero que, irremediablemente, genera muchas dudas acerca de su
perfección, en cuanto a originalidad (sin ir más lejos y por mantener la línea de igualdad argumental, Intruders incorporaba, sin pretender infravalorar o criticar gratuitamente la presente, mecanismos de absorción de la atención mucho más complejos que los que aquí se dan), acierto de la elección del reparto (la dupla principal, una ligeramente mejor que el otro, se muestra falta de carisma suficiente, mientras que el resto del elenco no se desarrolla en absoluto y cuesta justificar su presencia) y tratamiento de las dos necesidades fisiológicas que subyacen en la intríngulis narrativa (específicamente el descanso y la alimentación), siendo no obstante altamente recomendable (el ambiguo último tercio, una delicia fílmica muy próxima al nunca excesivo género de culto, razona tal encomienda, aun existiendo muchas otras mociones).


Daniel Espinosa




 
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