Star Trek: En la oscuridad 11-12-2017 20:51 (UTC)
   
 

Star Trek: En la oscuridad
(J.J.Abrams, 2013)


Star Trek: En la oscuridad




Ficha técnica


Título original:
Star Trek: Into the darkness
Año:
2013
Nacionalidad:
EEUU
Duración:
130 min.
Género:
Acción, Ciencia ficción
Director:
J.J.Abrams
Guión:
Alex Kurtzman, Damon Lindelof, Gene Rodden y Roberto Orci
Reparto:
Chris Pine, Zachary Quinto, Benedict Cumberbatch, Zoe Saldana, Alice Eve, Karl Urban, John Cho, Anton Yelchin, Simon Pegg, Bruce Greenwood, Peter Weller, Tom Archdeacon, Kraisit Agnew, Kasia Kowalczyk, Beau Billingslea, Leonard Nimoy y Christopher Doohan


Sinopsis


Tras vencer al malvado Nero, la tripulación de la nave Enterprise es sorprendida por una fuerza que ha conseguido destruir la flota y todo lo que ésta significa, poniendo al mundo entero en peligro; con el capitán Kirk como líder, el deber de la nave es intentar atrapar al responsable.



Crítica


Consolidado como uno de los directores (por no sentenciar el máximo exponente ateniendo a la enorme repercusión que tienen los célebres hermanos Wachowski) más referenciales y presupuestarios (en esta ocasión la cifra invertida asciende a nada menos que dos cientos millones de dólares) de la última década dentro del tan explotado género de acción (habitualmente entremezclado con la ciencia ficción, llegando a primer esta segunda sobre la primera), J.J.Abrams regresa con más efectividad que fuerza retomando una de las franquicias televisivas más laureadas de todos los tiempos (la creada por Gene Roddenberry compuesta por tres temporadas emitidas del ocho de septiembre del sesenta y seis hasta el dos del mismo mes del sesenta y nueve); como si de un episodio extendido de aquella primera etapa se tratase (posteriormente vieron la luz un sinfín más situando los hechos en un momento anterior a ésta traduciéndose en intentos en mayor o menor medida acertados de precuela), la película presenta una estructura tan formal, heroica y respetuosa que incluso la mítica frase pronunciada por William Shatner en los créditos iniciales de cada episodio a modo de introducción para establecer el propósito primordial de los protagonistas es recogida al término del metraje (“el espacio, la última frontera, estos son los viajes de la nave estelar Enterprise, en una misión que durará cinco años dedicada a la exploración de mundos desconocidos, al descubrimiento de nuevas vidas y nuevas civilizaciones hasta alcanzar lugares donde nadie ha podido llegar”), claro ejemplo de la seriedad con la que ha sido tratada esta reconversión tanto para bien como para mal (las particularidades de cada personaje rememoran una época inolvidable pero la historia misma no está exenta de trivial futilidad).

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En el trayecto de vuelta a casa tras haber emprendido un largo viaje al futuro para vencer al malvado Nero (Eric Bana, el cual no aparece en ningún momento al tratarse de lo sucedido en el anterior capítulo), la tripulación de la nave Enterprise es sorprendida por una fuerza que ha conseguido destruir la flota y todo lo que ésta significa, poniendo al mundo entero en peligro, siendo el deber del capitán Kirk (Chris Pine, irregular aunque mayormente aceptable en su cometido) como líder intentar atrapar al responsable y restablecer la paz y el equilibrio; para lograr tal quimera contará con la inestimable ayuda del impávido robot Dpock (Zachary Quinto, soberbio en su interpretación aun viéndose presionado en determinados instantes por las enormes exigencias del papel que le es atribuido), el responsable general Hikaru (John Cho, alejado por completo del divertimento en el que suelen traducirse sus participaciones), el antipático médico Bones (Karl Urban, crecientemente sobrante a lo largo de la cinta), el profesional comunicativo (Simon Pegg, desternillante aun sin pretenderlo), la bella comandante (Zoe Saldana, a la que la popularidad no parece haberla afectado negativamente) y la añadida doctora Carol (Alice Eve, ciertamente incomprensible resulta su integración) aunque nada será como en un principio pareciera, sencillo y rápido de realizar y conseguir.

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La tripulación se dirige hacia un planeta en guerra para capturar a Harrison (Benedict Cumberbatch, quien sin llegar ni mucho menos al nivel del tristemente fallecido Heath Ledger en El caballero oscuro ni al de Javier Bardem en Skyfall encarna decentemente al oportuno antagonista), un arma devastadora a medio camino entre lo maquiavélico y lo escalofriante, entre lo atractivo y lo terrorífico, que aniquila todo lo que encuentra a su paso, viéndose inmersos en una batalla en la que tendrán que luchar por su vida, una batalla en la que la amistad y el amor se verán puestos en entredicho y en la que el deberán realizar auténticos esfuerzos por salvar la unión de su única familia, la tripulación de la nave Enterprise; la tarea se tornará más dificultosa si cabe cuando descubran el contenido de los proyectiles que el propio villano se encarga de perder premeditadamente para que los transporte el equipo, un factor que no habían tenido en cuenta y trastocará por completo sus objetivos y prioridades al generarse una descomunal incertidumbre acerca del propósito final de la imperiosa necesidad de confiar a unos extraños tan valiosas pertenencias con tanto desasosiego y a la vez gran confianza.

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Bruce Greenwood
(brillante) y Anton Yelchin (cargante) se unen a los ya mencionados integrantes principales del reparto (todos ellos perfectamente ecualizados) para conformar un equipo actoral tan coral como solvente en otra entrega de la que parece convertirse en una saga inacabable (siempre y cuando la trama se limite a narrar una aventura de la intrépida tripulación no podrá ser de otra manera, ya que los daños son mínimos para los mismos y las bajas inexistentes) que cada vez se asemeja más a la legendaria La guerra de las galaxias (salvando las distancias, pues aquello situado en la excelencia no puede tan siquiera compararse con aquello otro apenas atractivo más allá de la simpatía que despiertan las figuras); la metafísica que envuelve el apasionante mundo poblado por razas extraterrestres acostumbradas a discutir sobre la moralidad de sus actos y los desarrollos y aplicaciones de la ciencia (la inevitable atracción estética de las mismas viene dada por la correcta conjunción entre lo espectacular, lo dramático y los mecanismos sugestivos en su vertiente espacial) se aprovecha levemente para dotar de especial importancia al concatenado de secuencias de acción transfiguradas en un flujo constante de emociones enloquecidamente interconectadas superpuestas unas a otras, una orgía de referencias cruzadas puestas al servicio del mejor entretenimiento que uno pueda imaginar pero al mismo tiempo éstas se convierten en un auténtico sinsentido general, únicamente empleado para entusiasmar a aquellos que se consideren acérrimos seguidores y agradar (sin más) al resto.
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Siendo categórico se podría asegurar sin pensar que existe lugar alguno al equívoco que Star Trek: En la oscuridad es para el presente año lo que supuso Los Vengadores para el pasado, un espectáculo audiovisual que parece no conocer límites y donde los elementos fantásticos literalmente dinamitan las posibilidades de la narración clásica en aras a construir un producto final abrumador, consiguiendo ese complejo híbrido resultante de la simbiosis entre el generalmente despersonalizada comercialidad y la fascinante mitología del material de base transfigurando su código genético al somatizar los fenómenos de culto de una minoría selecta (los lectores de cómics de superhéroes) para convertirlo en una productiva máquina generadora de millones de dólares; a pesar de lo expuesto, construir una imagen total, magnética y embelesadora, épica y trágica, que consiga convertir en veraz toda la imaginería propia de una fábula no es en absoluto tarea sencilla, y este es precisamente el aspecto más decepcionante del presente filme, pues la integración de los poderes emergentes de los efectos digitales (recurridos hasta decir basta) y la siempre útil tridimensionalidad no se exprimen tan siquiera una cuarta parte de lo que pudieran (llegar a tal porcentaje se debe al análisis del aprovechamiento de las situaciones plasmadas) al estar al completo servicio de la cinética narrativa (la intensidad aplicada a las imágenes reluce pero el resto de matices se dilapidan), más como mera excusa para disfrazarla que para acabar por rendir tributo a todos esos fabricantes del fantástico que han dedicado su vida a la recreación de lo concebido como imposible en la gran pantalla.



Daniel Espinosa




 
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