La por 23-06-2017 15:29 (UTC)
   
 

La por
(Jordi Cadena, 2013)


La por




Ficha técnica


Título original:
El miedo
Año:
2013
Nacionalidad:
España
Duración:
73 min.
Género:
Drama, Suspense
Director:
Jordi Cadena
Guión:
Jordi Cadena y Núria Villazán
Reparto:
Igor Szpakowski, Ramón Madaula, Roser Camí y Alicia Falcó


Sinopsis


Manel, un chico de diecisiete años, nunca habla con nadie de su familia, del miedo que él, su madre y su hermana pequeña sienten cuando su padre está en casa, por eso le gusta tanto ir al instituto d
ía a día.


Crítica


Tras sendas exitosas presentaciones en la Seminci de Valladolid 2013 y en el BFI London Film Festival 2013 llega a las carteleras españolas, de la mano de la distribuidora Splendor Films (la producción corre a cargo de Oberon Cinematogràfica con la colaboración del ICEC, TVC y MEDIA), el filme catalán (no en cuanto a nacionalidad oficial pero sí en lo referente al idioma original de grabación y procedencia del reparto) dirigido por Jordi Cadena (en cuyo currículum destaca su anterior obra, Elisa K, con la que participó en más de quince certámenes especializados y por la que obtuvo numerosos galardones como el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cine de San Sebastián y el Premio Nacional de Cinematografía de la Generalitat de Catalunya, así como cinco nominaciones a los Premios Gaudí, una nominación al Goya al Mejor Guión Adaptado y el Premio Sant Jordi de la Crítica a la Mejor Actriz) basado en la novela de Lolita Bosch “M” La por, título que pocas veces ha resultado tan definitorio; se trata de un cruento relato de permanente actualidad a través del cual el responsable pretende, como mucha fundamentación pero poco acierto haciendo alusión al temor cotidiano (el que produce saber que se convive con el enemigo) en lugar del imaginario (a que pueda producirse algo que no se comprende lidiando con la paranoia que provoca la convivencia con un peligro incipiente que, pese a estar ausente durante buena parte del trabajo, es prácticamente un fantasma, alguien de quien se habla en voz baja como si mencionarle pudiese conjurar su figura maligna y, también como un espectro, deja sentir su presencia en cada rincón, siendo la gratuidad de las escenas desagradables tan sucesivas como oportunas (en un infierno como el que se retrata el sentido aséptico, discretito y mínimamente escandaloso que suele darse normalmente no tiene ninguna cabida).

La por  La por
Como si de una película muda se tratase, ni una sola palabra se pronuncia durante los primeros minutos (empleados para establecer a víctimas, verdugo y todo lo existente entre ellos) en el que priman los silencios incómodos(tónica habitual del metraje) hasta que una expresión malsonante se escucha, vaticinadora de la violencia (no tanto verbal como psicológica) que les depara a los sufridores protagonistas, un clan en manos del control absoluto del cabeza de familia (su propósito no es autoritario sino impositivo) que sirve como prisma de una realidad que, por desgracia, es muy habitual y en la que el disimulo aparentando normalidad es creída por quienes la padecen la conducta a adoptar a fin de no sentirse constantemente frustrados, traduciéndose sin embargo en una imposibilidad detectora fuera del propio desestructurado seno familiar, que observa con impotencia cómo los malos hábitos (tales como fumar para aliviar las penas o poner música a todo volumen para desahogarse sin ser detectado y omitir el griterío de una acalorada, así como desigual, riña) se adueñan paulatinamente de ellos al ser una vía de escape tan desaconsejable como recurrida en aras de poder empezar a desprenderse de una aprensión tan fuerte que les paraliza sin remedio.

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El suicidio suele barajarse como la solución más inmediatamente efectiva ante la imposibilidad de huir de tan pesadillesca situación pero, el relato que propone el autor va más allá, plasma la doble vertiente del percal, el distanciamiento (ya sea por falta de consciencia o con premeditación) de todo lo relacionado con el insufrible percal y el temor a que el código genético transfiera aquello menos deseado de los progenitores, posicionamientos encarnados por Alicia Falcó e Igor Szpakowski como los hijos de siete y quince años respectivamente (la primera excesivamente fría en su muestra de rebeldía y el segundo desfasado en su rol de adolescente) y, es más, una tercera tesitura puramente conyugal ( el supuesto matrimonio formado por Roser Camí y Ramón Madaula merece todo tipo de elogios al ofrecer ambos una labor inconmensurable) que facilita la comprensión del gran problema subyacente, el miedo estrictamente explícito ante la irreversibilidad.

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Existen cuantiosas formas de agresividad y una de ellas, precisamente la que se trata de magnificar repetitivamente en el filme pareciendo hacer creer que es la única, es la de herir (normalmente sin voluntad de ello) por comportamientos indebidamente irracionales a terceros (en este aspecto cabe señalar que algunas subtramas no son resueltas debidamente, en concreto la estrecha amistad que une al adolescente con su compañera de instituto), y aunque esto se recoge perfectamente en La por, cuando la sensibilidad argumental se confunde con la parsimonia narrativa el resultado no puede considerarse correcto, como tampoco lo son los actores, un elenco tan dispar como insolvente en su conjunto (a excepción del citado matrimonio) a causa de su nula transmisión emotiva y retracción interpretativa, incapaces de hacer llegar como es debido el tormento que sus personajes sufren, en especial en cuanto a angustia se refiere (ésta se percibe más como una enfermiza simulación mal traída).

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La película parece estar financiada por el ministerio de igualdad y el defensor feminista más acérrimo, siendo poco más que el enésimo discípulo fílmico de Sólo mía al tratar y manipular el tema central sobre el que pivota la historia (es decir, el del maltrato ya no del hombre a la mujer sino del mismo a cualquiera) lucrándose de la violencia de género, pues ésta mueve cientos de millones de euros al año de dinero público y, por lo tanto, muchos intereses no siendo, a pesar de ello, un verdadero y mayoritario perfil el del agresor (la corrección política y la xenogamia extremista lo impiden) y darse una vuelta de tuerca más en la utilización del cine como propaganda de adoctrinamiento y criminalización potencial del sexo masculino, tratando adoctrinar y no aportar, siendo lo único verdaderamente reseñable (el resto no es que se pueda tildar de desastroso pero transita entre el aceptable convencionalismo y la mera corrección) el desenlace, una conclusión dramáticamente atroz que remueve tanto la conciencia como el estómago al estar consumida por determinados componentes, tan macabros como tristemente creíbles.



Daniel Espinosa




 
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