Grand piano 20-10-2017 08:39 (UTC)
   
 

Grand piano
(Eugenio Mira, 2013)


Grand piano




Ficha técnica


Título original:
Grand piano
Año:
2013
Nacionalidad:
España
Duración:
90 min.
Género:
Drama, Suspense
Director:
Eugenio Mira
Guión:
Damien Chazelle y Peter Morgan
Reparto:
Elijah Wood, John Cusack, Kerry Bishe, Tamsin Egerton, Jack Tylor, Allen Leech, Alex Winter, Dee Wallace, Don McManus y Don Kress


Sinopsis


Un pianista se sienta delante del piano y se encuentra una nota amenazadora en la que se le conmina a tocar el mejor de los conciertos.



Crítica


La nueva película de los creadores de la aclamada Buried (Enterrado), Rodrigo Cortés y Adrián Guerra, quienes vuelven a ejercer de productores para la ocasión, al fin aterrizó en el Sitges Film Festival 2013 para inaugurarlo y lo hizo, como ya sucediera en el Fantastic Fest 2013 celebrado un mes antes en Austin (evento que se tradujo en el estreno mundial de la cinta), con una respuesta por parte del público inmejorable, concediendo una sonora ovación al trepidante thriller psicológico que propone Eugenio Mira (su talento directivo es incuestionable teniendo en cuenta su currículum pero ahora ya se consagra como un referente a seguir) en la coproducción de Atresmedia Cine y Telefónica Producciones con la colaboración de Antena 3 y Televisió de Catalunya (se antoja oportuno citar todo ello a fin de clarificar el acento catalán de tan atractiva propuesta a pesar de constar como nacionalidad oficial la americana, siendo ésta distribuida por Paramount Pictures Spain); el tercer largometraje del autor (también compositor tanto en Los Totenwackers como en The Birthday e incluso actor en Luces rojas) sirve para consolidarlo en la envidiable posición de reconocimiento global que se labró seis años atrás con Agnosia, y es que gracias a la disparidad de lugares empleados para el rodaje (la Ciudad de la Luz de Alicante, el Parc Audiovisual de Terrassa y varios emplazamientos de Chicago) y el instintivo don actoral que demuestran los intérpretes el visionado no es recomendable sino obligatorio para evitar perderse uno de los acontecimientos cinéfilos más destacados, sino el que más, de la presente temporada, una versión renovada (que no mejorada, pues ello sería complicado y en cualquier caso subjetivo) de la clásica fórmula patentada antaño por el incomparable Alfred Hitchcock.

Grand piano  Grand piano
Tom Selznick (Elijah Wood, igual de formidable ejerciendo de héroe en El señor de los anillos como de obseso en Maniac y ahora de forzada pieza de un sádico juego aunque muestre cierta sobreactuación en los instantes requeridores de mayor dramatismo), el mejor pianista de su generación, vuelve tras haber permanecido cinco años retirado de los escenarios sin dar un solo concierto en dicho espacio temporal debido a los nervios que padece con frecuencia cuando se enfrenta al siempre dictador público (los presentimientos negativos le invaden hasta el punto de tornarse con posterioridad en realidad al influirle severamente), siendo su última comparecencia la más aciaga de su carrera al ser prácticamente imposible tocar la partitura que interpretaba excelentemente y exigirse demasiado tratando de no errar ningún  compás; a pesar de ello, reaparece ante el respetable con el propósito de enmendar el bochornoso espectáculo que ofreció antaño, siendo “falla una sola nota y morirás” el mensaje que encuentra escrito en referencia a los cuatro últimos pasos de la pieza imposible, más concretamente “La cinquette”, obra compuesta por su difunto mentor Patrick Godureaux (Jack Tylor, exclusivamente presente a través de un poster promocional del evento que protagonizará su mejor discípulo) en su dosier musical ya en plena función, viéndose obligado a tocarlos a la perfección si desea salvar su vida y la de sus seres queridos, una insufrible presión que aumenta a medida que conoce las reglas (en constante evolución).

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Las normas, impuestas por un (al principio) misterioso desconocido (John Cusack, quien se resarce de insufribles papeles como el que asumió en la nefasta El enigma del cuervo retomando la senda de encomiables encarnaciones como la de la estupenda Identidad) dictaminan que no debe tratar de comunicar el percal en el que está inmerso a nadie, ya que si sale del escenario lo verá, si pide ayuda lo sabrá, si hace cualquiera de las dos cosas anteriores su mujer (Kerry Bishe, tan adorable como correcta en su labor de estrella del cante) morirá y si incumple el requisito primordial de llevar a cabo la pieza de inmaculada manera será él quien fallezca previo disparo en su sien proferido por la potente arma con mirilla telescópica de la que está dotado; el verdadero pánico escénico se apoderará del pobre artista, que se verá envuelto en una conspirativa acumulación se sucesos contra su persona en la que nadie es quien aparenta y las intenciones distan mucho de lo que dicen quienes las aseguran en el clásico juego del gato y el ratón, con la particularidad que el primero (el francotirador anónimo) tiene el control absoluto de la situación y el segundo (el sometido amenazado) apenas conoce algo hasta que empieza a emplear su audacia para desenmascararlo y conocer las motivaciones que le impulsan a atormentarlo (como es obvio la respuesta se remontará a un instante concreto sucedido tiempo atrás en el que ambos no coincidieron pero sí compartieron al protagonista absoluto de la trama, el piano, con resultados contrarios para uno y otro), propiciando que las tornas cambien (de forma imprevisible e inmediatamente) a su pleno favor.

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Grand piano
es, ante todo, un reto cinematográfico que únicamente quien recuerde el clímax de El hombre que sabía demasiado del ya citado Alfred Hitchcock podrá calibrar, pues el desafío de mantener una tensión equiparable a lo largo de hora y media (a excepción del primer cuarto de hora, posiblemente soporífero para los más jóvenes e impacientes y sin duda algo tedioso pero necesario para sustentar la intríngulis de la historia) partiendo de un rodaje que tuvo lugar a lo largo de cuarenta y cuatro días en Barcelona, Chicago y Las Palmas de Gran Canaria, una amplia diversidad de ciudades para un largometraje que transcurre en su mayoría en el interior de un teatro, hecho que encuentra su explicación fundamental en la logística, ya que tiene cerca de quinientos planos con efectos visuales y en el caso de haberse realizado en un coliseo real con toda la figuración ocupando sus localidades a lo largo de ese tiempo el presupuesto se habría visto incrementado exponencialmente hasta lo inabordable, por lo que se optó por construir una parte del mismo como decorado y el resto se desarrolló digitalmente, habiendo sido incrustado por ordenador el noventa por ciento del público (puede que esto no sea observable a primera vista al prestar más atención a otros aspectos, pero estos pormenores resultan sumamente relevantes a la hora de calificar como es debido un filme); un plató barcelonés acogió la construcción del escenario, las primeras seis filas de butacas y dos palcos, creando así un decorado inmenso mientras que, por su parte, las tomas de los asistentes se rodaron en las territorio canario y luego se realizó un trabajo de multiplicación digital que crea la ilusión de un abarrotamiento de cuatro mil personas, una proeza artística que no hace sino ensalzar el enorme trabajo que tras la producción han tenido que asumir los responsables, entrega que se ve recompensada con un producto final digno de ser incluido en la lista de mejores propuestas no del año sino de todos los tiempos, siendo realmente sólida en cuanto a guión (puede que el desenlace se antoje un tanto incorrecto, que no precipitado, al estar más próximo al contenido de una fábula fantástica que al de una ficción creíble), el apartado más temido.

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Aunque gran parte del acierto del filme reside en el esplendoroso escrito desarrollado (Peter Morgan es quien lo ha urdido a partir de un escrito de Damien Chazelle, el cual lo plasmó en folios sin que nadie sin desarrollarlo como encargo sino con la esperanza de que alguien lo comprase para llevarlo a cabo y, aunque la mayoría de ellos acaban como nacieron, en la nada, en este caso generó suficiente interés para que diversas productoras entrasen en puja y fue la Nostromo Pictures quien acabó haciéndose con él), es obvio que la forma en la que el director español ha sabido exprimir al máximo una idea tan poco original y a la vez sorprendente es admirable, pues nunca antes se había empleado con tanta majestuosidad la música y la elegancia que tras ella puede residir; la desenfrenada cinta se traduce en un festín visual (e incluso palomitero, y es que la combinación de suma personalización con mera comercialidad se da sin apenas erratas) y un ejercicio de tensión sostenida que hace que una simple velada en un auditorio sea tan emocionante como una persecución de coches, siendo el autor tan eficiente en su narración como inventivo en su elegante ejecución (algunos críticos la han definido como una Speed de bar, afirmación que no dista de la realidad con la matización de no suceder la historia en un antro sino en una sala capacitada para que cientos de aficionados se reúnan, con la imponente imagen de grandiosidad que ello conlleva).



Daniel Espinosa




 
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