El Hobbit: La desolación de Smaug 20-10-2017 08:38 (UTC)
   
 

El Hobbit: La desolación de Smaug
(Peter Jackson, 2013)







Ficha técnica


Título original:
The Hobbit: The desolation of Smaug
Año:
2013
Nacionalidad:
EEUU
Duración:
161 min.
Género:
Aventuras, Fantástico
Director:
Peter Jackson
Guión:
John Tolkien, Guillermo del Toro, Martin Freeman y Peter Jackson
Reparto:
Martin Freeman, Richard Armitage, Ian McKellen, Cate Blanchett, Orlando Bloom, Evangeline Lilly, Aidan Turner, Christopher Lee, Luke Evans, Hugo Weaving, Lee Pace, Manu Bennett, Billy Connolly, Graham Tavish, Stephen Fry, Ian Holm, Dean Gorman y James Nesbitt


Sinopsis


Tras sobrevivir al inicio de su inesperado viaje, el hobbit Bilbo y el grupo de enanos que lo han contratado continúan su trayecto hacia la Montaña Solitaria; una vez allí, se enfrentarán al mayor peligro de todos, Smaug...


Crítica


Peter Jackson
se vuelve a adentrar (recreándola, que nadie crea que se ha lanzado a la interpretación) en la Tierra Media para adaptar la segunda parte del tríptico de John Ronald Reuel Tolkien (más conocido bajo la abreviatura de J.R.R.Tolkien) dotándola de un carácter más festivo (es decir, banal) y fantástico (o lo que es lo mismo, insustancial), haciendo constantes alusiones a la mitología legendaria (explicada vagamente en no poco impases, propiciando que el público no lector de la novela inspirativa se encuentre intermitentemente en un estado de perdición temporal) y rodando, como ya hiciera con el anterior capítulo, con el modelo de cámaras Epic, la evolución de las cámaras Red que permiten tomas de cuarenta y ocho imágenes por segundo y que tantas crueles críticas airearon tras los diez minutos proyectados en CinemaCon 2012 celebrado de Las Vegas en abril del año pasado; tal vez las sátiras fueran un tanto exageradas, pero la comparación que varios medios allí presentes hicieron respecto a una telenovela o un telefilme, a pesar de no amedrentar al responsable, no se alejaban mucho de la realidad, pues el ligero tiempo al que aludía el mismo para perfeccionar la técnica no consigue su cometido de convicción sino el de repulsión, y es que el texto invita a soñar con heroicidades varias pero la formación física del mismo es una cómica caricatura, casi burlesca, de una época propicia para realizar todo tipo de hazañas (el aprovechamiento de las mismas en el título conclusivo es una incógnita).
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El inquebrantable acuerdo contractual entre Bilbo Bolsón (Martin Freeman, quien parece confundir tierna fragilidad con tediosa incapacidad) y (Richard Armitage, de no ser por él el sinsentido del pacto entre razas no sería asumible), firmado tiempo atrás tras una convincente mediación por parte de Gandalf (Ian McKellen, nada sería igual sin su rostro dando luz de vez en cuando, qué duda cabe), a partir del cual el primero debe fidelidad al segundo en su propósito de recuperar el poder hereditario que le fue arrebatado a sus antepasados, uniendo por ello fuerzas el hobbit con los enanos a partir de la siempre presente (aunque no con regularidad) figura del mago; de este modo, tras sobrevivir al inicio de su inesperado viaje, la compañía sigue hacia el este doblemente precavidos encontrándose a su paso con innumerables enemigos a lo largo de su recorrido por el tenebroso Bosque Mirkwood (desde cambiadores de piel hasta enjambres de arañas gigantes), aunque su mayor contratiempo será la persecución de unos indeseables moradores, los elfos Galadriel (Cate Blanchett, hermosa como pocas pero reemplazable como tantas) y Legolas (Orlando Bloom, su reaparición tras ejercer de pirata en el paradisíaco Caribe se suponía más solvente y menos robótica), quienes los capturarán y retendrán.

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Afrontando las distintas tesituras con tenacidad e impulsividad o astucia e ingenio según la ocasión lo requiera y, en último término, empleando el anillo que brinda invisibilidad a quien lo porte, el grupo escapa del emplazamiento para proseguir su marcha por el asentamiento humano de Ciudad del Lago hasta llegar a la Montaña Solitaria, donde se verán obligados, después de encontrar la puerta de acceso al tesoro que oculta tan majestuosa edificación, Smaug (Benedict Cumberbatch, vocalmente causa tanto respeto como corpóreamente), una terrorífica criatura que pondrá a prueba no solo lo profundo de su valentía sino también los límites de su amistad y la sabiduría del viaje, lo cual hará que compartan dudas y coraje para, sin titubear a la hora de enfrentarse al dragón, sobreponerse una vez más; todos sus esfuerzos, no obstante, están a punto de desencadenar terribles consecuencias en el ámbito más cercano para los habitantes de la zona próxima al emplazamiento irrumpido y a escala global para todo ser vivo residente en cualquier zona del globo terráqueo, y es que la bestia a la que han increpado para proseguir en la consumación de su éxito planea una venganza de catastróficas y épicas dimensiones (cuanto menos eso se desprende, y de hecho se conoce, a juzgar por el desenlace y el escrito original).

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Cuando uno se genera por inercia grandes expectativas normalmente la desilusión es mayúscula, pero es que no puede ser de otra manera ante tal autor, todo un referente en el séptimo arte (no contemporáneo sino histórico) que lejos de pulir los matices que en la primera entrega se percibían más pobres ha incidido en ellos sin la menor concienciación de descalabro, no plasmando en la gran pantalla más que un predecible relato de aventuras más infantiloide (si cabe) que su predecesor que, además, no parece concluir nunca (si bien es cierto que el último cuarto es absorbente) y, es más, termina por no hacerlo (de acuerdo que se trate del capítulo intermedio de una trilogía prematuramente oficializada, pero no resolver ninguno de los percales que se han ido desarrollando es inconcebible); qué decir acerca de la versión en tres dimensiones que se anuncia como imperdible, que resulta otra gran decepción a sumar a la larga lista de cintas que han tratado de venderse como concebidas para profundizar más que el formato clásico al aprovecharse de la tecnología que determinadas pantallas de cine pueden ofrecer aludiendo a colores vibrantes e hiperrealismo en los detalles no alejándose de la calidad común y, por ende, no se antoja una opción a aconsejar al suponer un mayor gasto en la adquisición de la entrada para asistir a un visionado para nada lo suficientemente recompensable a tenor de lo
exhibido.
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Abandonando los aspectos meramente técnicos y más allá del interminable reparto actoral que conforma la ficha de la producción (normalmente se trata de reducir los nombres a los esenciales para hacer más amena la lectura de dicho apartado pero se ha tratado de citar a un gran y simbólico número para la ocasión a modo de reconocimiento coral), el único punto de reflexión medianamente reseñable se halla en los primeros destellos visuales del enemigo por excelencia de la franquicia inevitable y directamente ligada a la aclamada trilogía de El señor de los anillos, el todopoderoso Sauruman (Christopher Lee presta, como ya hiciera en la citada franquicia, su imponente e inigualable voz a tan poco visible y sin embargo tremendamente importante personaje); así, se echa enormemente en falta tanto la aportación de Frodo Bolsón como la de Gollum (el primero apareció fugazmente en El Hobbit: Un viaje inesperado y el segundo hizo lo propio en dicha película acaparando una buena parte de los mejores momentos de la misma), incomprensibles ausencias que se esperan con ansia sin obtener otra satisfacción que la de observar cómo sendas presencias han sido sustituidas por las de otras personalidades más trascendentales desde el punto de vista argumental pero no desde el cinéfilamente placentero, siendo éste último mucho más relevante, según el parecer del público, que el anterior y estando aquí indubitablemente desatendido, siendo éste un claro ejemplo del despropósito global (dentro de los requisitos que semejante pieza debe cumplir para considerarse lograda) que convierte El Hobbit: La desolación de Smaug en una obra carente de sentido para exhibirse mundialmente cual exquisitez fílmica aun presentando unos paisajes y unas texturas dignas de menci
ón propias de un genio de lo audiovisual.


Daniel Espinosa




 
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