Curse of Chucky 11-12-2017 20:43 (UTC)
   
 

Curse of Chucky
(Don Mancini, 2013)


Curse of Chucky




Ficha técnica


Título original:
Curse of Chucky
Año:
2013
Nacionalidad:
EEUU
Duración:
97 min.
Género:
Comedia, Terror
Director:
Don Mancini
Guión:
Don Mancini
Reparto:
Brad Dourif, Danielle Bisutti, Fiona Dourif, Brennan Elliott, Chantal Quesnelle, Maitland McConnell, Kally Berard, Kyle Nobess, Will Woytowich, Kevin Anderson, Summer Howell, Jennifer Tilly y Adam Hurtig


Sinopsis


Nica está destrozada tras el terrible suicidio de su madre, por lo que su hermana mayor Barb regresa a casa para ayudarla en este duro trance, trayéndose con ella a su hija pequeña, quien posee un muñeco parlante llamado Chucky que llegó misteriosamente por correo; a medida que una serie de brutales asesinatos comienzan a aterrorizar a la familia Nica sospecha que Chucky puede ser la clave del derramamiento de sangre, pero desconoce que realmente lo que se propone es terminar un trabajo que comenzó hace más de veinte años, y está decidido a hacerlo.



Crítica


Suscita gran curiosidad saber de qué manera o bajo qué excusa regresan los grandes iconos del slasher a su rutinaria vida de cortar y trocear una vez tras otra, y es que es bastante habitual que el asesino psicópata de turno muera al final de la película o incluso acabe destrozado, convertido en cenizas o enterrado diez metros bajo tierra, ya sea llamándose Jason (Viernes 13), Freddy (Pesadilla en Elm Street), Michael (Halloween) o teniendo las diferentes partes de su diminuto cuerpo de plástico remachadas por visibles costuras para asegurarse un regreso triunfal y feliz, pero lo cierto es que lo hacen con irrespetuoso regocijo para beneplácito de sus seguidores y lamentación de las víctimas que se cobrarán a lo largo de la nueva historia que protagonizarán (no cabe perder la noción de la cantidad anterior aunque sea la enésima vez porque todas ellas contendrán con certeza algún instante destacable); esta es ni más ni menos la sexta ocasión en la que Charles Lee Ray (nombre compuesto por algunos de los más destacados asesinos en serie del siglo veintiuno como Charles Milles Manson, Lee Harvey Oswald y James Earl Ray) regresará bajo la apariencia del presuntamente inocente muñeco de plástico llamado Chucky, el personaje ficticio poseído por medio de magia vudú por tan peligroso demente cuando éste estaba herido de muerte y acorralado por la policía (el sentido místico cobraba así relativa importancia al traspasar su alma al juguete de moda del momento, un Good Guy) creado por Don Mancini a finales de los noventa que, desde entonces, ha ido compareciendo de manera más o menos regular por las salas de cines y los comedores domésticos (en el caso de ésta última directamente por el segundo, pues su lanzamiento en formato físico imposibilitará verlo en la gran pantalla salvo en eventos especiales como el Sitges Film Festival 2013, certamen que ha reservado en una de sus secciones un lugar privilegiado para tan icónico psicópata, algo ilógico al ser la compañía distribuidora la todopoderosa Universal y permitir que decenas de producciones con mucha menor calidad que esta sean proyectadas en cines, lo cual debería hacer reflexionar acerca del criterio comerciante de la misma).

Curse of Chucky  Curse of Chucky
Los capítulos que conforman la extensa saga han ido viendo la luz en intervalos de tiempo desiguales (mil novecientos ochenta y ocho, noventa, noventa y uno, noventa y ocho y dos mil cuatro respectivamente, amén de la presente en el bien sabido dos mil trece), como dispares han sido los géneros principales de los mismos, pues mientras que las tres primeras partes se centraban en infundir terror (Child’s party o El muñeco diabólico acompañado del respectivo dígito según se resida en Latinoamérica o España) las dos siguientes únicamente servían para pasar un rato medianamente divertido (La novia de Chucky y La semilla de Chucky), habiendo sido el guionista, productor y director de cine estadounidense el responsable de escribir todas las películas de la franquicia y de hecho también de filmarlas (a excepción de la quinta, que la firmó Ronny Yu); sorprende (muy gratamente) que Curse of Chucky sea una secuela directa de la tercera (es decir, la cuarta en la cronología de la franquicia) y se hayan ignorando completamente las dos últimas, algo que se traduce en el (necesario) alejamiento del tono casi paródico iniciado por aquellas para retomar la faceta más oscura y cruel de tan sanguinario justiciero (cabe recordar que lo que le incita a consumar su sádicas fechorías es la sed de venganza en detrimento de aquellos que causaron la muerte del hombre que reside en su interior) y suponer, a su vez, el regreso del autor estadounidense (felicitaciones para él, pues el pasado cinco de enero cumplió la redonda cifra de cincuentena años de edad) tras las cámaras una vez transcurridos nueve años de permanencia en la inactividad más absoluta, quien vuelve a ofrecer un producto tremendamente grato que mantiene al público en tensión desde el inicio (un tanto pausado) hasta el desenlace (despiadado y muy en sintonía con el resto de la trama pone el magnífico broche de oro a una sucesión de muertes que inunda los escenarios de sangre hasta el punto de poderse llenar una piscina olímpica con toda ella de ser recogida, por no mencionar la agradecible aunque fugaz aportación de Jennifer Tilly).

Curse of Chucky  Curse of Chucky
A la casa de Nica (Fiona Dourif, postrada en su silla de ruedas vendría a ser una especie de Shakira del séptimo arte al guardar un enorme parecido físico con la diva de la música teniendo ambas un don en sus respectivos terrenos profesionales, la actriz por no mermarle lo más mínimo la limitación artificial que contrae y la cantante por la desorbitada venta de discos de la que puede presumir haber protagonizado a lo largo de su dilatada carrera) y su madre Sarah (Chantal Quesnelle, cómo catalogar a alguien que apenas alcanza los cinco minutos de presencia es una verdadera incógnita) llega un misterioso paquete procedente del depósito de pruebas; en interior alberga un intrigante muñeco pelirrojo parlante que dice llamarse Chucky (objeto de erratas sin explicación como poder abrir la puerta de un coche para sentarse en el asiento del conductor y pisar el acelerador a fondo con su tamaño cuya voz se corresponde con la de Brad Dourif, quien de forma muy tenebrosamente temible hace lo propio desde la primera parte limitándose su presencia física a escasos minutos en aquella y algunos más en ésta a través de unas antiguas grabaciones domésticas en las que aparece en segundo plano) pensando ambas, inocentemente, que será del agrado y disfrute de la pequeña Alice (Summer Howell, augurarle un futuro exitoso no es descabellado a juzgar por la enorme labor que desempeña) pero, unos gritos nocturnos alertan a la joven parapléjica que algo no marcha bien, y así es, pues su progenitora yace en el suelo del salón muerta (el reflejo que produce la sangre que ha derramado es realmente espeluznante).

Curse of Chucky  Curse of Chucky
A pesar de ello, al no relacionar el fatídico suceso con el recién llegado, la antigua estudiante del departamento de psicología que no terminó de cursar sus estudios por sufrir un severo trastorno de la ansiedad provocado por su discapacidad (de hecho una considerable ventaja ante la que se la avecina para al menos permanecer con vida algo más de tiempo) decide entregarle el juguete a la niña, que acude con sus padres Barbie e Ian (Maitland McConnell y Brennan Elliott respectivamente, la una con un ridículo nombre como lo es su sobreactuada interpretación  y el otro prescindible como lo es el resto de secundarios, en especial el cura que les acompaña a todos ellos, pero sino pocas cabezas rodarían) y con su niñera personal Jill (Danielle Bisuti, deseosa de ser asesinada desde que de la observa), cuidadora que parece compartir algo más que aficiones con el anterior a pesar de mantener un lésbico romance secreto con la señora esposa del mismo, amén de ser una experta forzadora de cerraduras como demuestra a los quince minutos de metraje; alegando que Nica se extralimita constantemente al sufrir problemas de corazón y necesita internarse en un centro en el que la cuiden a todas horas, el propósito de Barbie (por si no ha quedado lo suficientemente claro su hermana mayor) no es comparecerse del reciente fallecimiento materno y hacerla compañía sino convencerla de que debe vender la morada y repartir las grandes ganancias que ello supondría, pues es la mejor solución a su complejo percal existencial, y es que la relación de hermandad siempre ha presentado claros síntomas de resentimiento por ambas partes al envidiarse por motivos varios a raíz del ahogamiento de su padre, diferencias que deberán dejar aparcadas cuando descubran que la misión del ser de plástico es acabar con todos los miembros de las familias implicadas en su asesinato, un viejo amigo del clan que lleva nada menos que veinticinco años (dato significativo al ubicar la historia en el momento temporal correspondiente) tratando de consumar su venganza totalmente de una vez por todas despu
és de tanto tiempo.
Curse of Chucky  Curse of Chucky
La inmediatez con la que acontecen los traviesos juegos causando extrañas e inesperadas muertes presumiéndose en un principio accidentales (a pesar de los recortes que el director ha tenido que sufrir lo cierto es que torna esa impuesta restricción, tanto en libertinaje fílmico como en disponibilidad presupuestaria, en otras maneras de crear suspense, tales como verter veneno para ratas en un plato de sopa al azar para rotar con la cámara alrededor de la mesa como si de una ruleta del infortunio se tratase y exprimir al máximo las posibilidades del lugar en el que transcurre prácticamente la totalidad de la cinta) es el mejor preludio de la estupenda especie de revelación a modo de introducción para recién iniciados (a pesar de ello la destrucción que se plasma gratificará a viejos seguidores, ya que el salvajismo se recoge en numerosas ocasiones como en la que un ojo es extraído de su órbita para posteriormente rodar escaleras abajo) con un diseño completamente diferente al que tenía acostumbrado pero incluso más terrorífico (la expresividad cobra tintes sumamente realistas y, sobre todo, este cambio tiene una razón de ser extremadamente importante al ocultar una verdad impensable en un principio), complementando dicha novedad un trabajo de efectos especiales y títeres sorprendentemente talentoso (algunos movimientos resultan un tanto ortopédicos pero la exigencia de un virtuosismo articulatorio no tiene cabida); el extremo cuidado que se le ha dado a la película hace que entretenga sobremanera y los sobresaltos se produzcan casi por inercia sintiéndose muy cercanos a los del clásico salvando las obvias distancias, y es que los defectos no son tan abrumadores como podrían presumirse (la falta de gore es preocupante pero teniendo en cuenta el mencionado escaso margen de maniobra dispuesto es más que suficiente, como también el modelo autorreferencial puede llegar a ser considerado exagerado pero es una bella carta de amor sincero a los fans que ata muchos de los clavos sueltos hasta entonces), por lo que la más que posible continuación de la franquicia en los próximos años (incluso puede que en apariencia humana, así lo hace pensar el desenlace, más concretamente la escena de los créditos finales que para nada se percibe como despedida definitiva) hace salivar mucho y agradecer una vez más que se retomen, siempre y cuando se haga con escrupuloso respeto como en el caso que ocupa, clásicos antiguos para reconvertirlos debidamente y que puedan ser apreciados como merecen por parte de las nuevas generaciones.



Daniel Espinosa




 
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