Contracted 23-06-2017 03:18 (UTC)
   
 

Contracted
(Eric England, 2013)


Contracted




Ficha técnica


Título original:
Contracted
Año:
2013
Nacionalidad:
EEUU
Duración:
80 min.
Género:
Drama, Terror
Director:
Eric England
Guión:
Eric England
Reparto:
Najarra Townsend, Simon Barret, Caroline Williams, Alice Donald, Katie Stegeman, Dave Holmes, Chris Candy y Charley Koontz


Sinopsis


Después de un encuentro sexual con un desconocido, Samantha experimenta síntomas extraños; el médico carece de respuestas claras y su madre, su pareja y sus amigos comienzan a preocuparse por ella.



Crítica


A medio camino entre el drama personal y el terror, Contrated muestra la evolución tanto física como psíquica de una protagonista bien válida para aceptarse como fiel reflejo de una generación que ansía más el desinhibido disfrute que el apreciado aprendizaje del saber, una idea posiblemente precaria en cuanto a novedad pero mayúscula en lo referente a la atracción que despierta que se presenta y concluye notablemente pero resulta tediosa en su formulación, y es que el deseable buen ritmo se limita al inicio y al desenlace con una introducción lenta en demasía que merma las posibles esperanzas depositadas en la propuesta, pese a que el resultado final merezca la pena ser visionado; el responsable de la meritoria Madison County dos años atrás y participante activo de la irregular antología sensitiva Chilling visions: 5 senses of fear esta misma temporada, Eric England, asume la doble vertiente de dirección y guión (la tónica habitual en estos casos es precisamente la que aquí se da, la de un conjunto insuficiente con destellos de gran talento) denotando un muy correcto progreso profesional al mejorar con creces la labor de sus anteriores incursiones cinematográficas, hasta el momento (como dictan los cánones), en exclusiva tras las cámaras, insistiendo en desmesura en la importancia de los preservativos (para nada es banal mencionarlo tempranamente).

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Dos son los puntos positivos más inmediatamente destacables (de hecho están estrechamente ligados entre sí), una creíble en todo momento Najarra Townsend que logra de veras transmitir cada matiz del personaje principal al que da vida y el excelente maquillaje (obra de Kathryn Fernández) que plasma peregrinamente la transformación de la anterior a medida que avanza la trama, el resto de apartados reafirman que la cinta no es aconsejable para todo el mundo, ni siquiera para la comunidad de fans del cine de terror en su totalidad, pero se eleva (leve pero muy plausiblemente) por encima de la media de calidad de este tan castigado por aberraciones varias género; es de aplaudir el esfuerzo asumido por el realizador por construir, con lo que a la vista está que han sido modestos recursos económicos, una alegoría sobre muchos de los males de la sociedad actual, tales como el egocentrismo, la superficialidad, el consumismo (que se ha extendido a las relaciones personales), la dependencia de la mirada ajena para erigir la propia autoestima y lo vulnerables que las personas se han hecho al rechazo y a la falta de lazos interpersonales sólidos, un cúmulo de existenciales asuntos que, más allá de los diversos reproches que se puedan verter sobre la película, son de agradecer al ser conceptos diferenciadores.

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La cultivadora de exóticas flores azuladas (el símil entre éstas y la paulatina permuta que experimentará la propulsora es tan intencional como formidable) con las que labrarse una reputación y sueldo envidiables Samantha (Najarra Townsend, versátil y convincente como pocos intérpretes) acude a una fiesta con el propósito de desconectar con la dependencia tóxica que siente respecto a su actual pareja (recientemente se ha declarado homosexual, lo cual desentona bastante con los incesantes e irrespetuosos comentarios feministas y las múltiples alusiones religiosas defensoras de la pureza virginal), para lo cual no la basta con alcoholizarse sino que también mantiene un contacto íntimo parcialmente no deseado (cuando está sucediendo trata de interrumpirlo a toda costa) con Brett Jaffe (Simon Barret, cuya borrosa presencia es tan relevante como la de la anterior) en el coche de éste, un peligroso pedófilo buscado policialmente (las noticias de las jornadas siguientes así lo anuncian) del que solo se desvela que trabaja en un depósito de cadáveres (es la primera escena que se observa); el presumiblemente (no se aclara si es así) paciente cero de una misteriosa epidemia provoca que la chica padezca sucesiva (para ser más concretos la narración abarca tres días debidamente señalados e identificables) y crecientemente un cambio radical tanto interior como exteriormente a medida que afloran en ella preocupantes síntomas, dejando de ser la persona afable, positiva y comunicativa que era para convertirse en un auténtico monstruo, alcanzando el desconcierto su punto más álgido cuando el médico al que acude para tratar de paliar su percal la asegura que el único remedio es no permanecer en contacto con nadie, ante lo cual decide recurrir a las drogas duras como método curativo conocido (cabe señalar que era drogadicta), pero los males que sufre no hacen sino incrementar sus lastimosos e insufribles efectos sobre ella...

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La pequeña fábula, con fuertes componentes simbólicos (el desconocido que infecta a la joven nunca es mostrado claramente y la virulenta inoculación que sufre la misma es tan plástica en sus manifestaciones somáticas como expresamente alusiva al sida), ofrece varios subgéneros en uno, entre ellos el pavor médico sobre misteriosos contagios sin aparente cura, el horror tipo gore (con gusanos vaginales, piezas dentales sueltas, latidos cardíacos inusualmente lentos, pérdida repentina del cabello, conjuntivitis aguda, uñas apenas sujetas a los dedos y demás tópicos siempre impactantes) y, en lo más profundo, la aprensión siempre latente en todos de perder la vida, la cordura y todo lo que da sentido a la existencia misma, pero también a sentirse incomprendido, a que nadie vea ni quiera ver lo que está a ojos vistas; no hay peor ciego que el que no quiere ver y aquí la pobre desgraciada sobre la cual gira la sintomatología plasmada (el origen de tan indeseable contaminación se desdibuja constantemente) se muestra pertinaz en negar lo evidente, una buena personificación de los defectos y fallos que cualquiera puede tener en una cultura que da más importancia a una apariencia pulcra, aséptica y triunfante sobre cualquier tipo de adversidad que a la honestidad de quien reconoce que no se encuentra bien y que necesita ayuda, donde la autosuficiencia y el eterno optimismo priman (en este sentido no es casualidad que se haya elegido la ciudad de Los Ángeles como escenario de la historia al tratarse del lugar icónico por excelencia de la belleza exigida, la frivolidad encubierta y la diversión a toda costa).

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Errando desde la propia sinopsis oficial determinados detalles (el supuesto encuentro sexual no es tal sino una violación en toda regla, pues la chica está drogada y además se reitera varias veces durante el acto en su negativa de practicarlo), el progreso del metraje se antoja bastante poco coherente a partir de la exposición del problema (sobre todo cierto estrangulamiento sin el visible empleo de fuerza alguna, delictivo y patético a partes iguales como el repentino frenesí caníbal que sucede a tan atroz acto), sucediéndose comportamientos poco menos que absurdos que no reflejan las motivaciones de quienes los adoptan y no destinando el suficiente tiempo a las circunstancias primordiales que desencadenan otros conflictos (teniendo en cuenta que se trata de una producción extremadamente corta no hubiera estado de más invertir algunos minutos más en ello), amén de no recogerse la truculencia que se prometía en el avance y el cartel promocionales; a pesar de todo, Contracted se traduce en un buen intento (aunque no del todo certero) de proporcionar al ya curtido espectador una mirada distinta a la transición de persona a no muerto con un presupuesto limitado, caras poco conocidas y un objetivo simple pero bien desarrollado, un filme para entretenerse en una noche fría sin grandes pretensiones (no conviene pedir más de lo que puede dar) que, aun dejando la sensación de no resolverse como es debido (en especial la cabida que tienen ciertos secundarios y la moción por la cual han sido introducidos en una historia falta de carisma, por no mencionar la vengativa resolución que convierte las entregas de Kill Bill en una inocente broma), sirve para sumar otra metáfora (en esta ocasión la de las enfermedades de transmisión carnal) a una lista que cada vez es más extensa y que hace temer que, por una razón u otra, el tan temido holocausto zombie seguro que acontecerá...



Daniel Espinosa




 
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