Bad Milo! 27-07-2017 16:53 (UTC)
   
 

Bad Milo!
(Jacob Vaughan, 2013)


Bad Milo




Ficha técnica


Título original:
Bad Milo!
Año:
2013
Nacionalidad:
EEUU
Duración:
84 min.
Género:
Comedia, Terror
Director:
Jacob Vaughan
Guión:
Benjamin Hayes y Jacob Vaughan
Reparto:
Ken Marino, Gillian Jacobs, Peter Stormare, Patrick Warburton, Stephen Root, Mary Place, Jonathan Brown, Kumail Nanjiani y Toby Huss


Sinopsis


La vida de Duncan es un verdadero suplicio, atormentado por un jefe manipulador y retorcido, una madre que le regaña a todas horas, un padre perezoso y una dulce pero irritante esposa, el estrés diario acaba provocándole una reacción gastrointestinal insufrible; sin saber qué hacer y al límite de sus fuerzas, busca la ayuda de un terapeuta, que le ayuda a descubrir la raíz de su inusual dolor, un demonio vive en su intestino...



Crítica


No hay duda alguna al respecto, Bad Milo! (anteriormente conocida como Milo) estaba llamada desde su propia concepción a convertirse en la comedia gore (con mayúsculas) de la última edición del Sitges Film Festival al tener como único objetivo que cientos de aficionados se agolparan a las puertas de una sesión (finalmente la Midnight X-Treme) predispuestos a pasárselo en grande con las desventuras de un pobre desgraciado al que le crece un demonio en el intestino (lo peor de todo no es que resida en el interior de sus entrañas sino que lo realmente preocupante es que busque una vía de escape por la que desprenderse del cuerpo de su involuntario casero para vengarse de todos aquellos que incordian a éste siendo él quien sufra las consecuencias), y es que el enorme atractivo del filme (es sencillo deducir por qué recuerda, salvando las distancias, a aquella joya del séptimo arte titulada Basket case del gran Frank Henenlotter en la que un chico llegaba a tierras neoyorquinas transportando en una cesta a su deforme hermano siamés) empezó a cobrar tintes de obra imperdible cuando gran parte de la crítica la describió en sus reseñas como un cruce entre Gremlins y Attack the block pero con calificación para mayores de edad (lo cual se adecúa perfectamente), con todo el atractivo que ello gratamente conlleva; es, en efecto, una muy divertida comedia negra que mezcla sabiamente el humor con el terror a partir de un guión muy bien hilvanado (Benjamin Hayes y el propio director han sido los encargados del mismo) introduciendo con un buen ritmo interesantes apuestas dentro de la típica retahíla de enredos, a lo que contribuyen unos excelentes gags que, ya sea en su contra o a su favor (dependerá de los ojos con los que se visione la propuesta), destilan un cierto aire a serie b que la hace deliciosa, atractiva y original desdiciendo la clásica creencia del que mucho abarca poco aprieta, algo a lo que sin duda la efectista fotografía de James Laxton ayuda enormemente al ser un complemento genial.

Bad Milo  Bad Milo
Sea como fuere, lo que realmente se antoja admirable del largometraje es que logre provocar sinceras carcajadas hasta en el más impasible (no son abundantes los momentos puramente cómicos pero los que se dan funcionan a las mil maravillas, quedando patente la armonía entre los integrantes del equipo actoral en las tomas falsas que acompañan a los créditos finales), afirmación que cobra total confianza al ser vertida por aquellos privilegiados que ya la han disfrutado y que nada tienen que ver con la (supuesta) formalidad de la que deben disfrazarse las palabras de los profesionales dedicados a difundir sus opiniones a través de sus críticas, siendo el debut (en efecto, nadie podría imaginarlo al ver cómo se desenvuelve detrás de las cámaras) del experimentado montador de películas como Black rock Jacob Vaughn protagonizado por un actor televisivo (esto para nada suele traducirse en acierto sino en todo lo contrario pero en esta ocasión es fructífera su labor al interiorizar con naturalidad el rol que le toca asumir); el filme se estrenó sin merecimiento (lo más correcto hubiese sido que pasase por las salas comerciales aunque fuera de manera restringida) el pasado veintinueve de agosto en el territorio estadounidense en el formato vídeo bajo demanda (hay que ver cómo son las cosas, traspasar el charco cuesta tanto que en el país patrio solamente se han confirmado contadas proyecciones en certámenes especializados, algo que por otro lado sirve para crear más expectación si cabe al deber de acudir a dichos eventos para poder visionarla si se rechazan métodos menos ortodoxos como la oportuna búsqueda por internet de una copia decente la cual, por desgracia para el negocio subyacente, existe) con un abrumador sumatorio de buenas opiniones (cuesta de creer que haya sido así al haberse confabulado determinadas corrientes para desbancar la cinta del lugar que se merece ocupar asegurando que no satisface, lo cual es no discutible sino falso).

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Al gentil y humilde Duncan Hayslip (Ken Marino, su labor es, contrariamente de lo que pudiera imaginarse en un principio, más que notable) le han detectado un pólipo con forma extraña en su vientre originado por el mal manejo del estrés (cabe tener en cuenta que la primera secuencia se sitúa ciento veintitrés horas después de la propia historia), algo que en su vida diaria abunda, mas si su manipulador y retorcido jefe Phil (Patrick Warburton, quien realmente despierta deseos de que muera, por lo que borda su papel) le encomienda un cambio de labores profesionales para que se encargue del departamento de despidos en un despacho compartido ubicado en un baño cuya situación higiénica no es la idónea y sufre la incesante increpación de su más joven que él padrastro (Kumail Nanjiani, profundamente odioso) al sostener que no deja embarazada a su mujer porque presenta una prolongada disfunción eréctil no es de extrañar que perciba su existencia como un verdadero suplicio (la insufrible reacción gastrointestinal que le sitúa al límite de sus fuerzas es la exteriorización de tan gigantesco agobio); cuando experimenta extraños sucesos decide comenzar a asistir, por recomendación conyugal de Sarah (Gilliam Jacobs, desigualmente dulce e irritante), a las terapias impartidas por el afamado psicólogo Highsmith (Peter Stormare, aunque más comedido que de costumbre siempre es un placer para los paladares cinéfilos contar con su presencia), cuyo único propósito es el de acceder a su subconsciente a través de la hipnosis, deseo al que termina sucumbiendo en aras de solucionar el problema gastrointestinal derivado en un percal mucho más delicado a raíz de verse directamente vinculado con unos atroces asesinatos (en la mayoría de casos por pérdidas masivas de sangre) con la esperanza de que chasquee los dedos y despierte de esa pesadilla.

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Sin embargo, el terapeuta en cuestión le desvela que lo que padece está relacionado con un mito que se remonta a los orígenes de la humanidad que versa sobre la existencia de un extraterrestre anal (no se hace de rogar, pues tarda dieciocho minutos en aparecer en pantalla mediante una apoteósica vista subjetiva y veintisiete en mostrarse en toda su plenitud), la personalización del lado más oscuro de quien lo alberga que vive en sus intestinos y sale cuando su involuntario amo alcanza niveles muy elevados de ansiedad (por todos es sabido que el ser humano guarda en su interior un demonio, la particularidad es que en este caso físicamente así sucede) y que la única manera de convivir con ello es comunicarse con él y aprender a relajarse para tratar de controlarlo, pues de erradicarlo sería como practicarse él mismo una lobotomía y por ende esta solución hay que descartarla; tras varias indagaciones llegarán a la conclusión que todo guarda un nexo enraizado con su perezoso padre Roger (Stephen Root, muy adecuado e incluso familiar), el cual le abandonó junto a su madre cuando tan siquiera había alcanzado los diez años de edad para alejarse de la metrópolis aficionándose a la meditación en su vertiente más sustancialmente ilegal (es decir, a base de consumir drogas) negándose a asumir lo sucedido en el pasado para limitarse a vivir el presente, un misterioso rechazo de responsabilidades cuyo fundamento reside en la herencia de una maldición estomacal, y es que él también porta un monstruo similar en aspecto y pretensiones a Milo (así es como decide llamarlo el protagonista para entablar la forzada relación de cercanía con un ser que a veces incluso resulta irritante debido al ininteligible y elegido idioma en el que habla entendiéndosele solo la palabra padre, siendo todo un descuido directivo que salga sin provocar agujero alguno en los pantalones cuando debiera desgarrarlos hasta convertirlos en dos mitades independientes por completo)...

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Bad Milo!
es más que una sarcástica tragicomedia, es la irreverente locura que muchos esperaban de ella (posiblemente la forma de concebirla será muy diferente a la creída al contener menos elementos impactantes de los supuestos) aunque puede que algo menos escatológica de lo que debiera (sin ir más lejos, la primera visita del pequeño monstruo es todo un homenaje a aquellos que alguna vez hayan sufrido de estreñimiento sin necesidad de primeros planos ni lindezas varias) y menos explotada de lo que pudiera (ni la visceralidad ni el humor terminan de abarcar los minutos que debieran prolongarse a pesar de recogerse penes arrancados, cruentos descuartizamientos y salvajes asesinatos) aun siendo un verdadero gozo a nivel visual (la, por decirlo de alguna manera no empleada hasta ahora, mascota está dotada de más alma y expresividad que muchos intérpretes de carne y hueso, lo cual se ha conseguido al prescindir de efectos digitales) y la justa dosis de gore proporcionada (algunos se lamentarán por no poder ver de manera explícita las entradas y salidas debiendo conformarse con la cara de estreñido del sufridor objeto de tan indeseable acto); se trata de un producto más simpático que hilarante, de acuerdo, pero la simple aparición de la especie de E.T. (o Alph, por qué no) de tamaño reducido es una delicia al despertar ternura y empatía a raudales aun primando una respetuosa timidez a la hora de mostrar sus casquerías (si de algo debiera presumir un producto como éste es precisamente de la que contrariamente termina siendo su única carencia, aunque es ahí donde reside la diferenciación entre la exigencia grotesca y el disfrute del buen gusto), quedándose el vanguardismo propiamente dicho del trabajo de Jacob Vaughn en su planteamiento al optar por un considerable recorte del desinhibido espectáculo de vísceras que se presuponía en virtud de una reiteración de situaciones que sorprenden (al fin y al cabo éste es uno de los objetivos de toda película que se precie) al contener más melodrama que humor gamberro, el cual muchos erróneamente vaticinaban e igualmente (si de veras saben apreciar la alternativa) agradecerán al desarrollarse de forma elocuente y muy dinámica.


Daniel Espinosa




 
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