A glimpse inside the mind of Charles Swan 20-10-2017 08:42 (UTC)
   
 

A glimpse inside the mind of Charles Swan III
(Roman Coppola, 2012)


A glimpse inside the mind of Charles Swan III




Ficha técnica


Título original:
A glimpse inside the mind of Charles Swan III
Año:
2012
Nacionalidad:
EEUU
Duración:
83 min.
Género:
Comedia, Drama
Director:
Roman Coppola
Guión:
Roman Coppola
Reparto:
Carlos Estévez, Jason Schwartzman, Bill Murray, Patricia Arquette, Katherine Winnick, Aubrey Plaza, Maxine Bahns y James Para


Sinopsis


A Charles Swan, un exitoso diseñador gráfico, un buen día lo abandona su novia; a partir de entonces, su vida empieza a desmoronarse.



Crítica


Pocos actores (por no sentenciar ninguno amén de éste) pueden presumir (o atormentarse) de despertar tanta simpatía como odio entre la audiencia (aunque ha realizado sus incursiones en la gran pantalla en filmes tan trascendentales como Platoon e incluso desinhibidos como Scary movie 3 por todos es sabido que es mundialmente conocido por su excelente labor en la longeva serie televisiva Dos hombres y medio, a la cual accedió a participar en una nueva temporada previo requerimiento de la desorbitada cifra presupuestaria de dos millones de dólares por episodio, suma dineraria que vio cumplida al generar su imprescindible presencia unos ingresos todavía mayores) como Carlos Estévez (muchos se sorprenderán al descubrir su verdadero nombre, y es que la primera vez que lo va a utilizar profesionalmente será el año próximo en Machete Kills, la esperada secuela de la franquicia abanderada por el siempre imponente Danny Trejo), y es que más allá de que su don actoral se haya visto entorpecido en varias ocasiones por su adicción a las drogas (dependencia que ha confesado sin ruborizarse multitud de veces) el supuesto talento que alberga es considerado por muchos un nefasto intento de emular a grandes estrellas consagradas, poco menos que una lacra social (la animadversión ha llegado a trascender al plano personal, hecho propiciado por su afán por mezclar continuamente la vida real con la ficticia para tratar de asumir mejor los roles que le son asignados, en cualquier caso repetitivos y, por lo tanto, cada vez más prescindibles si desde un primer momento no lo eran).

A glimpse inside the mind of Charles Swan III  A glimpse inside the mind of Charles Swan III
Hijo menor de un intérprete de origen español e irlandés (Martin Sheen, para más señas), Charlie Sheen (una vez desvelada su auténtica identidad es hora de emplear la que le ha encumbrado en el más efímero éxito) se encarna (otra vez más) a sí mismo en una película que podría tildarse más de garabato que de idea completamente formada aunque no por ello menos disfrutable para quienes no buscan nada más que una historia indisciplinada donde todo vale (se podría afirmar sin temor a equivocarse que ésa era precisamente la intención del autor, la de justificar cualquier locura mediante el consentido sinsentido), una bobada moderadamente divertida que encuentra su atractivo y a la vez su rechazo en el propio actor, cuya misoginia subyacente deja un sabor amargo de principio a fin; Roman Coppola (solamente reconocible en la tipografía de las letras anunciadoras del elenco actoral instantes antes de iniciarse la trama) se ha esforzado en magnificar un personaje que ya comienza a resultar aborrecible hasta para aquel seguidor más acérrimo al no desviarse lo más mínimo en ninguna de las circunstancias presentadas (tan variadas como reminiscentes) de una concepción desfasada e inmadura (sin desear ser descortés esos serían los dos adjetivos que mejor se adecuarían a la más inmediata y escueta descripción del producto final) de un hombre desquiciado cuyo único objetivo es el de creerse el payaso de un circo, pero el único que podría ser no es otro que el triste, aquel que no termina de llegar al público para arrebatarles más sincero aplauso que el que tiene lugar una vez concluida la función al poder volver a la rutina diaria, aquella que tanto reniegan y que
tras el visionado del metraje se percibe más llevable, una curiosa virtud fílmica.
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El exitoso y particularmente encantador diseñador gráfico Charles Swan (Carlos Estévez, más conocido por su pseudónimo artístico Charlie Sheen, copador de toda escena que acontece pero insoportable) goza de una vida perfecta en la que muchos de sus sueños de triunfar en todo tipos de escenarios se han cumplido hasta que Ivana (Katherine Winnick, prescindible como el metraje mismo), su hasta entonces pareja, le abandona tras encontrar un cajón lleno de fotografías con las distintas y numerosas amantes de éste, motivo por el cual decide irse con otro hombre sin tan siquiera intención de mantener una relación cordial con él, detonante que da inicio a su tortura (y por consiguiente la del público); desmoronándose cada vez más al descubrir que todo aquello que creía seguro se le escapa sin remedio, solamente encontrará consuelo en su inseparable amigo Kirby (Jason Schwartzman, como cantante podría ser válido pero interpretativamente para nada), quien tratará de hacerle ver que muchas de las cosas que poseía eran prescindibles y que lo único que necesita para volver a ser feliz es embarcarse en un incierto viaje al volante de su coche (el mismo lleva grabados en el flanco izquierdo dos huevos fritos y en el derecho sendas lonchas de beicon) y olvidar lo que el propio afectado denomina una crisis de mediana edad, siendo esa situación al borde de la ruina total la propicia para retomar el contacto con su hermana Isabelle (Patricia Arquette, delicada en cuanto a imagen e inservible en lo referente al personaje que la ha sido atribuido) y admitir de una vez por todas que no es más que un romántico empedernido (la frase “no quiero no amarte” se antoja grandiosa) sin posesión alguna de raciocinio medianamente catalogable de admisible.

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Confesándose, afeitándose, limpiando, lamentándose, estrellándose, muriendo, levitando, bailando, cantando, fantaseando, recordando, filosofando, medicándose, reposando, agradeciendo, riendo, corriendo, bañándose, peleándose, cabalgando, corriendo, consolando, dibujando, discutiendo, fumando, disculpándose, bebiendo, duchándose, acicalándose, espiando y conversando, esto último tanto en portugués como en español e inglés, en ese preciso orden, son algunas de las guisas en las que se desenvuelve torpemente un figurante cuya envoltura en un minimalismo nada elegante y muy decadente (el desenlace, en el cual empieza a aparecer todo aquel que ha formado parte de tan bochornoso trabajo, es el mejor ejemplo de ello) es exclusivamente salvable cuando comparte planos con Bill Murray, cuyas pequeñas aportaciones (entre ellas destaca la de vaquero salvador en un oeste dominado por atractivas nativas) logran al menos dibujar una sonrisa, y no tanto por la labor que desempeña en ellas sino por las reminiscencias que despierta en cuanto a la inolvidable Los Cazafantasmas, uno de los indiscutibles clásicos del séptimo arte (más concretamente del género de la ciencia ficción) tan lejano en el tiempo como el humor que se implora.

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Surrealista y extraña, al carácter sorprendente de A glimpse inside the mind of Charles Swan III (el intento de citar tan extenso título solamente una vez a lo largo de la crónica ha sido mayúsculo a fin de evitar ocupar espacio escritural banalmente) y el éxito (vaya si lo tiene, la afluencia a las salas de cine para este tipo de películas en el territorio americano es incomprensiblemente alta) que lleva aparejado el cúmulo de burradas que contrae tan curiosa mezcla explosiva de percales es, en cuanto a comprensión, inversamente proporcional al hecho que una propuesta de semejante índole tenga cabida en un certamen de tanto prestigio como es el Sitges Film Festival 2013, pues si bien lo primero denota personalidad en cuanto a aceptación de obras se refiere (pudiendo ser fuertemente criticada tal acogida) lo segundo no se corresponde con la minuciosa selección que se le supone a los encargados de escoger las proyecciones que tendrán lugar a lo largo de las jornadas que engloba tan ansiado por cientos de amantes del séptimo arte evento más allá del afán por componer una oferta tan amplia como variada; por todo lo expuesto, es evidente (por si no lo fuera ahora se alerta explícitamente) que la recomendación de la producción se limita a aquellos que todavía sigan gozando de las absurdeces más ridículas sin contenido alguno (la época dorada de Benny Hill ya pasó y recuperar algunas de sus peripecias se antoja un ejercicio inoportuno como inútil) y, especialmente, para quienes deseen ver un perfecto retrato del ser humano que nunca querrían llegar a ser por muchos fajos de billetes que pudieran observar entre sus manos, pues hay determinados sonrojos que ni una riqueza podría compensar.



Daniel Espinosa




 
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